De Rusia a México
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6
El vacío que dejaron los trillizos al irse al jardín de niños fue llenado por una inquietud que ni las cámaras de seguridad más avanzadas podían disipar. Mientras Ivanito y Masha conquistaban el patio de recreo con la fuerza bruta y el carisma heredado, Mikhail —Misha— actuaba de una manera que ponía a prueba la lógica de acero de su padre.
Ivan, desde su despacho, observaba las pantallas de vigilancia. No buscaba amenazas externas; buscaba entender a su hijo. Misha estaba sentado frente a una silla vacía, sosteniendo un pequeño espejo de mano que le había quitado a Luna, moviéndolo para atrapar los débiles reflejos del invierno ruso.
—¿Te gusta el sol de hoy? —susurró el niño a la nada—. Aquí hace frío, pero mi papá dice que los valientes no tiemblan. ¿Tú eres valiente, Camila?
Ivan sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Al entrar en la habitación, su aura oscura no perturbó al pequeño, quien lo miró con una serenidad impropia de su edad.
—¿Con quién hablas, Mikhail? —preguntó Ivan, con esa voz de barítono que solía silenciar a sus enemigos.
—Con ella, papá. Con Camila —respondió Misha—. Dice que hoy lleva un vestido rosa con encaje. ¿Podemos comprarle uno así a Masha? Ella dice que le gustaría vernos.
Ivan se quedó inmóvil. Misha no tenía acceso a revistas de moda ni a mundos fuera de su búnker de cristal. ¿De dónde venía ese nombre? ¿De dónde el detalle del encaje? Esa noche, mientras Luna dormía, el "Oso Ruso" bajó a su santuario de sombras y llamó a Igor.
—Quiero que rastrees un nombre —ordenó Ivan, mientras el humo de su cigarro bailaba en la penumbra—. Camila. Busca niñas de la edad de los trillizos en zonas tropicales. México, España, Sudamérica. Lejos de aquí.
Igor, el hombre de confianza que había visto de todo, guardó un silencio pesado. —Jefe, hay miles de Camilas en el mundo. Es buscar una bala específica en medio de un tiroteo. ¿Por qué ahora?
—Porque mi hijo dice que ella es la razón por la que su pecho ya no le duele —sentenció Ivan, con la mirada fija en un punto inexistente—. Y porque hoy, cuando Misha se rió solo, juraría que escuché un eco de alegría que no era de esta casa.
El gran Iván Petrov, que solo creía en lo que podía someter, comenzó a aceptar que su hijo no estaba loco, sino conectado. Había una niña al otro lado del hilo, un sol naranja que Mikhail necesitaba para no marchitarse en el frío. La cacería más importante de su vida no sería por poder, sino por encontrar el alma que completaba la de su heredero. El imperio Petrov ahora tenía una coordenada desconocida como objetivo: el hogar de Camila.
Poco a poco todo tomaba su camino tal vez un poco lento, pero el encuentro era inminente, una colición sin igual marcada por vidas pasadas que se buscaban desesperada mente en esta nueva vida porque se pertenecían.