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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Como escudo, no como dueño

El trayecto al hospital fue más corto de lo que Valeria hubiera querido y más largo de lo que su corazón soportaba. Iba sentada junto a Damián, con el bolso apretado contra el pecho y la mirada fija en la ventana, aunque no veía realmente la ciudad. Solo veía el rostro de su madre, pálido, cansado, intentando sonreír mientras desconocidos pronunciaban su nombre como si tuvieran derecho a entrar en su dolor. Damián no habló durante los primeros minutos. Tenía una mano cerrada sobre la rodilla y la otra junto al teléfono, pero no lo tocaba. Valeria notó ese esfuerzo. Notó cómo sus dedos se tensaban cada vez que el dispositivo vibraba, cómo su mandíbula se endurecía antes de obligarse a respirar. El hombre que siempre reaccionaba controlando estaba sentado a su lado, intentando no convertir su miedo en una orden. Y eso, en medio de la angustia, le pareció casi insoportable.

—No quiero llegar y encontrar hombres suyos rodeando la habitación de mi madre como si ella estuviera pagando una condena —dijo Valeria, sin mirarlo todavía—. No quiero que Amelia Montenegro, que bastante ha tenido con hospitales, deudas y dolor, despierte sintiendo que el apellido Ortega le cayó encima como una vigilancia. Si va conmigo, Damián, lo hará como me prometió: como escudo, no como dueño. Si alguien pregunta, yo respondo primero. Si alguien cruza el límite, entonces usted actúa. Pero no antes. No me quite también el derecho de defender a mi familia con mi propia voz.

Damián giró el rostro hacia ella. Sus ojos estaban oscuros, pero no fríos. Había rabia, sí, una rabia contenida contra la filtración, contra su madre, contra el mundo que ya empezaba a tocar lo que Valeria amaba. Pero también había algo más difícil de nombrar: cuidado retenido con fuerza, miedo aprendiendo a no mandar. —Entendido. No voy a llenar el hospital de hombres visibles. No voy a entrar delante de usted ni a hablar por encima de su voz. Pero si alguien intenta acercarse a su madre para convertirla en parte de esta exposición, no voy a quedarme quieto por orgullo. Me pidió ser escudo, Valeria. Un escudo no abraza, no pregunta demasiado, no exige gratitud. Solo se interpone cuando el golpe viene de frente.

Valeria lo miró entonces. Le molestó que la frase le diera calma. Le molestó todavía más que esa calma viniera de él. —No haga que suene noble. Usted sigue siendo parte de la razón por la que el golpe viene de frente.

Damián bajó la mirada un segundo. —Lo sé.

El hospital estaba más inquieto de lo normal. No había una multitud, pero sí dos personas cerca de la entrada con teléfonos en la mano y una mujer fingiendo hablar por llamada mientras miraba demasiado hacia los autos que llegaban. Valeria sintió que el cuerpo se le tensaba. Damián también lo notó. Bajó primero, pero no le abrió la puerta como si ella necesitara una escena. Se quedó a un lado, atento, dejando que ella saliera por sí misma. Valeria caminó con la espalda recta, aunque por dentro todo le temblaba. Al entrar, una recepcionista la reconoció y la miró con una mezcla de pena y nerviosismo. Esa mirada fue peor que un insulto. Significaba que la noticia ya había llegado antes que ella.

Tomás apareció al fondo del pasillo. Venía casi corriendo, con el cabello desordenado y los ojos encendidos. Al ver a Damián, se detuvo en seco. Su cuerpo entero se puso rígido, como si hubiera encontrado al enemigo en el lugar equivocado. —¿Qué hace él aquí? —preguntó, mirando a Valeria, no a Damián—. Dijiste que venías, no que traerías al hombre que convirtió nuestra vida en noticia. Mamá está intentando mantenerse tranquila, y ahora él aparece con esa cara de controlarlo todo. ¿Qué sigue? ¿Abogados frente a la puerta? ¿Un comunicado desde la cama de mi madre?

Valeria se acercó a su hermano y le tomó el brazo. Sintió el temblor bajo sus dedos. —Tomás, mírame. Yo le pedí que viniera. No para hablar por mí, no para entrar como dueño, no para ocupar el lugar que es nuestro. Le pedí que viniera porque alguien filtró el nombre del hospital y porque, aunque me duela admitirlo, su mundo tiene dientes que yo sola no sé detener todavía. Pero escúchame bien: sigo siendo yo. No lo estoy defendiendo. Estoy usando el escudo que tengo mientras aprendo a no dejar que ese escudo se convierta en jaula.

Tomás respiró con dificultad. Sus ojos se movieron hacia Damián, llenos de una rabia joven, limpia, protectora. —Si la lastima más, no me importa quién sea. No me importa su dinero, su apellido ni sus hombres esperando afuera. Mi hermana no es una deuda que usted pueda pagar en cuotas de culpa.

Damián recibió las palabras sin levantar la voz. No se acercó. No se defendió. —Tiene razón en desconfiar de mí. No voy a pedirle respeto ni confianza. Solo le digo esto: hoy no vine a llevarme nada. Vine a evitar que alguien más les quite tranquilidad. Y si en algún momento Valeria me pide que salga, salgo.

Tomás pareció sorprendido por no encontrar arrogancia. Eso no le quitó la rabia, pero la dejó sin dónde golpear por un segundo.

Valeria entró a la habitación de Amelia sola. Damián se quedó afuera, tal como había prometido. Amelia estaba despierta, con el rostro cansado y el celular apagado sobre la mesa. Al verla, extendió la mano. Valeria se acercó rápido, se sentó junto a la cama y apoyó la frente en esos dedos frágiles. —Mamá, lo siento. No quería que tuvieras que ver nada de esto. No quería que mi nombre llegara hasta tu habitación en boca de gente que no sabe quiénes somos.

Amelia le acarició el cabello con lentitud. —Hija, el mundo puede decir muchas cosas cuando no tiene que pagar el precio de ninguna. A mí me importa lo que veo. Y te veo cansada, asustada, pero todavía con fuego en los ojos. No dejes que ese fuego se vuelva rabia contra ti misma.

Valeria cerró los ojos. Afuera, escuchó voces elevarse. Tomás. Damián. Otro hombre. Se puso de pie de inmediato y abrió la puerta.

Un reportero había logrado entrar al pasillo con el teléfono levantado.

Damián estaba entre él y la habitación. No lo tocaba. No gritaba. Pero su presencia llenaba el espacio como una pared.

—Baje el teléfono —dijo Damián, con una calma peligrosa—. Está frente a la habitación de una paciente. No frente a una noticia.

El hombre intentó hablar, pero Valeria salió detrás de Damián. Esta vez no se escondió.

—Y escriba bien mi nombre si tanto quiere usarlo —dijo ella, con la voz temblándole apenas—. Soy Valeria Montenegro. No soy una intrusa, no soy un escándalo y mi madre no es parte de su nota. Si quiere hablar de mí, míreme a la cara. Pero a ella la deja en paz.

El reportero bajó el teléfono.

Damián giró apenas hacia Valeria. No dijo nada. No hizo falta.

Por primera vez, ella no estaba detrás de él.

Estaba a su lado.

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