El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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SOBREVIVIR.
...Reino de Norvak...
En la ciudad de Esmira… la noche había caído y tambien la nieve.
Erian supone que estaban en Norvak por esta razon, ahí el invierno llegaba antes. Y el verano duraba demasiado poco.
Dentro de la carreta, Erian notó primero el olor. Después, notó que uno de los esclavos ya no se movía.
Lo empujó con la punta del pie, con cuidado de que los captores no notaran lo que pretendía hacer.
No se movió.
Otra vez.
Otro muerto, pensó.
Con el corazón golpeándole el pecho, se inclinó y comenzó a quitarle la capa al cadáver, intentando que las cadenas no se escucharan. Era andrajosa, áspera y apestaba a sudor rancio… pero serviría para tapar a Kael del frío.
Un hombre del fondo lo vio y frunció el ceño.
—Esa capa me sirve a mí también —gruñó, arrastrándose hacia ellos—. No tienes derecho.
Erian alzó la vista, agotado pero firme.
—Déjala —advirtió en voz baja. Si peleaban y los captores se daban cuenta, les quitarían todo.
El otro hombre no se detuvo. Le arrebató la capa y tironeó de ella con desesperación. Erian lo empujó con un hombro, apenas lo suficiente para mantenerlo lejos.
—Si quieres algo… —murmuró, sin levantar la voz— quédate con las botas.
El esclavo lo miró, confundido. Erian señaló los pies del muerto: aún llevaba botas gastadas, pero enteras.
Sabía que con la llegada de la nieve el hombre necesita oraría zapatos.
—Tú vas descalzo —continuó—. Si se enteran de que peleamos, nos dejan sin nada. Tú quédate con las botas y vete.
El hombre se quedó callado un momento… luego cedió.
Soltó la capa y se lanzó sobre los tobillos del muerto, arrancándole las botas con la rapidez que le permitían las cadenas, tan rápido que hacía moviemientos torpes.
Erian escondió la capa entre sus propios brazos justo antes de que los captores se acercaran.
Un momento después, los hombres volvieron a subir a la mujer de antes a la carreta, la pelirroja bonita. La aventaron dentro, sin cuidado. Ella cayó y soltó un gemido ahogado.
Fue entonces cuando los captores notaron que el hombre sin capa no se movía. Tenía los ojos abiertos, la mirada fija. Uno de los guardias lo bajó de un brazo y lo dejó tirado en el camino, como si fuera basura que ya no servía.
Cerraron las puertas de la carreta, dejando solo la pequeña ventana superior abierta.
Cuando los pasos se alejaron, Erian sacó la capa y la colocó sobre los hombros de Kael. El niño temblaba.
La mujer de los ojos tristes se había acomodado, estaba a su lado, encogida, temblando también.
Erian se abrió espacio como pudo entre los demás esclavos para hacer que la capa alcanzara a cubrirla a ella también.
La pelirroja levantó la mirada hacia él.
No dijo nada.
Se acurrucó un poco más contra Kael, tratando de absorber algo de calor.
Erian volvió a su lugar, hundido entre cuerpos agotados.
****************
Más soles y más lunas habían pasado. Ya no avanzaban: se habían quedado en la última ciudad. Algunos esclavos fueron vendidos, otros continuaban allí, pero las carretas ya se sentían más desahogadas. Pero había algo en contra, menos personas, más se sentia el frío.
Esa mañana, los rufianes se acercaron para darles algo de comida.
Antes de eso, uno de ellos se aproximó para tomar a una de las mujeres. Sus ojos recorrieron a la pelirroja…
—No, tú ya me aburriste. Mejor la nueva —gruñó, señalando a una chica aproximadamente de la edad de Erian.
La sangre de Erian se heló. Nunca se acostumbraba a la impotencia que sentía cada vez que eso pasaba. Estaba arto.
El otro rufián comenzó a repartirles comida. Todos la tomaban con desesperación.
Era un guiso ralo y tibio, hecho de trozos de carne vieja y raíces blandas, que olía a fermentado. Ninguno tenía un plato en buen estado, pero la porción que le tocó a Kael estaba visiblemente podrida: la carne tenía manchas verdosas y la superficie estaba espesa, casi gelatinosa.
Erian supo al instante que, si Kael comía eso, se enfermaría.
Y también sabía que no le servía de nada quejarse. Una vez lo había hecho y solo les quitaron lo poco que les habían dado.
—Si no lo quieres, entonces no tendrás nada —gruñó el rufián al ver la mueca de Kael.
Erian respiró hondo.
—Toma el mío —le dijo, extendiéndole su porción sin dudar.
Kael lo miró preocupado.
—¿Y tú?
—Estoy bien —lo aseguró Erian—. Soy más grande y más fuerte que tú, ¿recuerdas?
Kael asintió y comenzó a comer con desesperación.
La pelirroja, que estaba a su lado, habló por primera vez desde que la conocían.
—No deberías descuidarte tanto —le dijo a Erian con una voz suave, cansada—. Vas a morir si no comes.
Erian la miró. Ella tenía heridas en los brazos y, a pesar de la suciedad, podía ver que era solo un poco menor que su madre.
—Mi hermano lo necesita más —respondió él.
La mujer se acercó un poco, cuidando de no llamar la atención de los captores. Partió su comida por la mitad y se la extendió.
—Toma —susurró.
—No puedo aceptarlo —dijo Erian, sacudiendo la cabeza.
—Tú me compartes tu capa, ¿no? —replicó ella—. Solo te lo doy para que me sigas dejando cubrirme en las noches.
Erian tragó saliva. Esa mujer había soportado demasiado, y aun así le ofrecía algo.
—Gracias —murmuró finalmente.
Y los dos comieron en silencio, compartiendo esa pequeña miseria.
...****************...
...Reino de Zayon....
En los calabozos del castillo de Zayon, uno de los guardias había llevado comida para Leyanna: pero no fue una comida digna, un pan duro como una roca y un pedazo de comida que pronto estaría echándose a perder.
Cuando Leyanna escuchó la rendija abrirse y luego cerrarse, se apresuró a buscar la bandeja con las manos, palpando a ciegas el suelo húmedo. Tenía que encontrarla antes de que la rata que le hacía compañía se la ganara.
La rata tenía ventaja: ella podía ver.
Después de comer lo poco que pudo, esa misma noche, cuando apenas empezaba a sanar de sus heridas anteriores, escuchó la puerta de hierro abrirse por completo.
Ese sonido solo significaba una cosa.
Y el simple pensamiento la hizo estremecerse.
—P-por favor… no… lo suplico… por favor…
El dolor la atravesó, temblaba ante intento de mantenerse con vida.
Otro golpe.
Y otro.
Y otro.
Leyanna nunca sabía cuánto durarían sus tormentos. Todo dependía de qué tan rápido se cansara el hombre que la golpeaba. A veces se preguntaba cómo era posible que siguiera viva después de tanto castigo, cómo su cuerpo no había cedido ya.
El hombre continuó hasta que finalmente ella se desplomó, perdiendo la conciencia en el suelo.
...****************...
El guardia encargado de castigar a Leyanna se llamaba Darek Volstern.
Un hombre alto, de barba descuidada y ojos opacos. Era él quien cargaba siempre el pequeño frasco metálico donde transportaba el Elixir.
Darek abrió la puerta del salón donde el rey descansaba tras el banquete. Se inclinó, presentando el frasco con ambas manos.
—Su excelencia —dijo en voz baja—. El Elixir Rehal.
El rey lo tomó sin mirarlo.
—¿Ya le dieron a mi hija su dosis de escarmiento?
—Así es, su excelencia —respondió Darek Volstern — Se azotó a su hija hasta que se desmayó. Muy probablemente se encuentre muerta.
Sorak se irguió de golpe, ante tales palabras.
En un segundo, como un niño al que le habían roto su juguete nuevo, desató su magia contra el ahora General Supremo. Con solo levantar la mano, lo tomó del cuello desde la distancia y lo separó del suelo.
Los ojos del rey estaban inyectados.
—¿No había dejado claro —escupió con los dientes apretados. — que debía seguir viva?
Darek forcejeó en el aire, pataleando como un animal atrapado.
—Majestad… fueron los mismos azotes de siempre. Al parecer estaba más débil que otras veces… r–resistió mucho menos —intentó explicarse entre jadeos.
Sorak lo soltó de golpe. Darek cayó de rodillas, tosiendo.
—Haz que viva —ordenó el rey con voz fría—. Porque si muere… hoy será tu último día.
El hombre se incorporó a duras penas, aún jadeando. Estaba cabreado por el trato recibido, pero ¿qué podía hacer? Sorak Era el rey.
Y tenía magia.
Debía obedecer.
Aunque no entendía por qué demonios Sorak maltrataba tanto a su hija… pero no permitía que muriera.
Darek se dirigió apresurado hacia los calabozos para asegurarse de que la princesa siguiera con vida.
Leyanna tenía el pulso débil. Muy débil.
Se le había pasado la mano.
Chasqueó la lengua, molesto, y tuvo que llamar a los sanadores.
Mientras tanto, el rey permanecía en el salón. Destapó el Elixir y lo bebió lentamente, permitiendo que la mezcla amarga descendiera por su garganta y llenara su ser de poder.