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Dinastía De Reinas: Aralisse

Dinastía De Reinas: Aralisse

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Mundo de fantasía
Popularitas:543
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.

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La posada: parte II

La habitación permanecía en silencio, apenas iluminada por la tenue luz de una vela que proyectaba sombras sobre las paredes.

Aralisse se arrodilló frente a la ventana, juntando las manos con calma antes de cerrar los ojos.

—Diosa Lyriah… gracias por permitirme llegar hasta aquí a salvo —susurró suavemente—. Por favor, guíame. Dame fuerzas para proteger a mis hermanos y honrar la memoria de mis padres.

Afuera, la ciudad parecía tranquila.

Y por un instante, la princesa logró respirar con algo de calma.

Sus pensamientos flotaban entre recuerdos de Lysirah y la esperanza de regresar algún día.

Entonces, un fuerte golpeteo sobre el tejado interrumpió el silencio.

La lluvia comenzó de golpe.

Primero como un murmullo lejano.

Después como un torrente violento golpeando las ventanas.

Aralisse se sobresaltó inmediatamente.

—No… —susurró abrazándose a sí misma mientras el corazón comenzaba a acelerársele—. No otra vez…

Los truenos retumbaron en la oscuridad.

Y el recuerdo de aquella noche junto a sus padres regresó de inmediato.

La tormenta.

El miedo.

La sangre.

La desesperación.

Todo volvió al mismo tiempo.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente por sus mejillas hasta convertirse en sollozos imposibles de contener.

Helaena despertó sobresaltada por el ruido y el llanto.

Al verla temblando, se levantó rápidamente de la cama y la rodeó con los brazos con una naturalidad que dejaba claro que aquella escena no le resultaba desconocida.

—Shhh… ya estoy aquí, alteza —susurró suavemente—. No está sola.

Aralisse escondió el rostro contra su hombro, permitiéndose llorar por primera vez desde que abandonaron Lysirah.

La tormenta rugía con fuerza al otro lado de la ventana.

Pero, dentro de aquella pequeña habitación, la calidez de Helaena lograba ofrecerle un consuelo que no había sentido en días.

—Míreme —murmuró la joven sosteniendo su rostro con cuidado—. Todo va a estar bien.

Aralisse intentó respirar con calma mientras Helaena apartaba suavemente algunos mechones húmedos de su rostro.

—No está sola...

...****************...

El día amaneció gris y húmedo.

La lluvia de la noche todavía dejaba pequeños charcos sobre las calles de Orvenah cuando el posadero apareció en la habitación llevando una bandeja con desayuno.

Pan recién horneado.

Frutas.

Queso.

Miel.

—Buenos días, mis damas —saludó con amabilidad—. Espero que hayan descansado bien.

Aralisse se incorporó lentamente sobre la cama.

—Gracias por el desayuno —respondió con educación—. También me gustaría bañarme.

El hombre asintió y señaló una puerta al fondo del pasillo.

—Los baños están allí. Hay agua caliente y jabón. Les recomiendo aprovechar antes de que el lugar se llene.

La princesa inclinó ligeramente la cabeza antes de dirigirse hacia los baños.

El agua caliente logró aliviar parte del agotamiento acumulado por el viaje y la tensión de los últimos días.

Por un momento, incluso pudo cerrar los ojos y respirar con tranquilidad.

Cuando regresó a la habitación, Helaena y Selinah la ayudaron a arreglarse.

Aralisse eligió un vestido sencillo y cómodo, adecuado y sin llamar demasiado la atención.

—Listo —murmuró observando su reflejo en el pequeño espejo de la habitación—. Ahora sí puedo desayunar.

Justo cuando estaban por sentarse, alguien llamó suavemente a la puerta.

El consejero Erak entró poco después.

—Su alteza, jóvenes damas —saludó con formalidad—. Lysandre y yo debemos salir a comprar provisiones para continuar el viaje. No tardaremos demasiado, pero necesito que permanezcan aquí hasta nuestro regreso.

Aralisse frunció apenas el ceño, aunque terminó asintiendo.

—Entendido.

Helaena tomó discretamente la mano de Selinah.

—Será mejor obedecer —susurró—. No queremos problemas lejos de Lysirah.

Aralisse volvió la mirada hacia la ventana.

Las calles de Orvenah comenzaban a llenarse de comerciantes, viajeros y soldados.

Y, por primera vez en varios días… el mundo parecía continuar con normalidad.

Cuando terminó el desayuno, se levantó lentamente de la cama.

Había algo inquieto dentro de ella.

Una curiosidad imposible de ignorar.

—Voy a explorar un poco la posada —anunció tomando la bandeja vacía entre las manos—. ¿Quieren venir?

Helaena y Selinah intercambiaron miradas nerviosas.

—No creo que sea buena idea, alteza —admitió Selinah—. Nos dijeron que no debíamos salir.

—Como quieran —respondió Aralisse con cierta firmeza—. No tardaré mucho. Solo quiero ver qué hay aquí… estoy aburrida.

Las muchachas permanecieron dentro de la habitación mientras Aralisse salía discretamente al pasillo.

El lugar olía a pan recién hecho y madera húmeda.

Desde el primer piso llegaban risas, conversaciones y el ruido constante de platos chocando entre sí.

Todo parecía extrañamente normal.

Al doblar una esquina, se encontró con un joven mozo que barría el corredor.

Al verla, el muchacho hizo una pequeña inclinación de cabeza.

—Buenas tardes, señorita —saludó con curiosidad—. No es común ver damas nobles caminando solas por aquí. ¿Necesita algo?

Aralisse observó el pasillo unos segundos antes de responder.

—¿Hay algo interesante cerca de la posada?

El joven sonrió inmediatamente.

—Si busca entretenimiento, hoy se celebra el festival de las flores doradas en la plaza principal. Hay música, comida típica y puestos llenos de artesanías.

Los ojos de Aralisse brillaron apenas.

—¿Podría salir sin llamar demasiado la atención?

El mozo dudó un instante.

—Podría… ¿quiere que llame a sus guardias? —

Aralisse sacó discretamente una pequeña bolsa de monedas y la colocó entre sus manos.

—Necesito su discreción.

El muchacho abrió los ojos sorprendido antes de guardar rápidamente las monedas.

—Por aquí, señorita.

La condujo hacia una salida trasera de la posada, lejos de la recepción principal.

Y cuando la brisa fresca de Orvenah golpeó su rostro al salir…

Aralisse sintió algo que no había sentido desde que abandonó Lysirah.

Libertad.

Aunque fuera solo por unas horas.

La plaza estaba llena de vida.

Puestos de madera cubiertos de frutas, especias, telas coloridas y flores adornaban cada rincón del lugar.

La música resonaba entre la multitud mientras comerciantes y viajeros recorrían las calles hablando animadamente.

Pero lo que realmente capturó la atención de Aralisse fueron las flores doradas.

Guirnaldas enteras decoraban la plaza con un brillo cálido y luminoso.

Y aquel color…

le recordó inmediatamente a su madre.

A su cabello.

A su sonrisa.

Un nudo doloroso se formó en su pecho.

—Mamá… —susurró apenas audible—. Todo esto me recuerda a ti.

La princesa avanzó lentamente entre los puestos observando dulces desconocidos, artesanías brillantes y niños corriendo entre la multitud.

Todo parecía vivo.

Luminoso.

Tan distinto al silencio que había dejado atrás en Lysirah.

Entonces, entre el movimiento de la plaza, un joven apareció frente a ella.

Tenía el cabello oscuro y ojos grises.

En una de sus manos sostenía una rosa dorada.

—Para ti —dijo extendiéndole la flor con una sonrisa tranquila.

Aralisse parpadeó sorprendida.

—¿Yo…? —preguntó con cautela antes de aceptar la rosa—. Gracias.

El joven inclinó ligeramente la cabeza.

—Me llamo Ryd.

Aralisse dudó apenas un instante.

—Gwendolyn —respondió finalmente, ocultando su primer nombre por precaución.

Bajó la mirada hacia la rosa.

—Es hermosa.

Ryd sonrió apenas.

—Es igual a tu cabello.

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