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FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

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capitulo 6

La biblioteca había sido un ejercicio de hipocresía magistral. Caminar entre las estanterías de madera de roble, rodeada del olor a papel viejo y silencio sepulcral, se sintió como una farsa. Julián caminaba a mi lado, cargando los pesados volúmenes de literatura clásica con una naturalidad que me enfurecía. Cada vez que nuestras manos se rozaban al alcanzar un libro, el aire se cargaba de una estática que amenazaba con hacer arder las páginas. Sus ojos, tras las gafas de ver que se había puesto para leer las fichas, no me miraban como a una estudiante; me miraban como si fuera el plano de una estructura que estaba deseando demoler para construir algo nuevo encima.

Al volver a casa, la lluvia había amainado, dejando tras de sí un frío húmedo que se filtraba hasta los huesos. La cena con los Martínez fue un suplicio de normalidad. Sofía hablaba de su entrenamiento, su madre planeaba el menú de la semana y su padre comentaba las noticias. Yo estaba allí, sentada frente a Julián, sintiendo el calor de su mirada quemándome la frente mientras yo intentaba desesperadamente tragar un bocado de lasaña que sabía a cartón.

—Elena está muy callada hoy —observó la señora Martínez con esa dulzura maternal que me hacía querer llorar de culpa—. ¿Te encuentras bien, cielo? ¿Ha sido demasiado lo del abogado y la biblioteca?

—Solo estoy cansada, Ana. Ha sido un día largo —mentí, bajando la vista al plato.

Julián intervino con una voz peligrosamente calmada.

—Es normal. El peso de todo lo que ha pasado empieza a pasar factura ahora que el ruido del funeral ha cesado. Necesita descansar.

Sus palabras tenían una doble lectura que me hizo apretar los cubiertos. Él sabía que mi "cansancio" era en realidad un agotamiento emocional provocado por él, por nosotros, por ese beso en el coche que todavía sentía vibrar en mis labios.

Cuando finalmente pude escapar a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé en ella, dejando que la oscuridad me envolviera. Pero la oscuridad no trajo paz. Trajo el silencio, y el silencio trajo el recuerdo.

Me senté en el suelo, junto a la cama, y de repente me golpeó. No fue un pensamiento, fue una sensación física: el vacío. La comprensión absoluta de que no volvería a oír la risa de mi madre por teléfono, ni vería a mi padre arreglando el jardín los domingos. El peso del luto, que Julián había logrado eclipsar con su fuego, cayó sobre mí como una losa de granito. Empecé a llorar. No fue un llanto silencioso y estético; fue un sollozo desgarrador, de esos que te doblan el cuerpo y te dejan sin aire.

Me abracé a las rodillas, hundiendo la cara en la tela de mi jersey, intentando ahogar los sonidos para que nadie en la casa me oyera. Me sentía pequeña, rota y terriblemente sola en medio de una casa que no era la mía.

Entonces, oí el sonido.

Tres golpes suaves en la pared. Toc, toc, toc.

Me quedé helada, conteniendo el aliento. Julián me estaba escuchando. Al otro lado de esa delgada barrera de ladrillo y yeso, él estaba allí, atento a mi dolor. No respondí. No podía. Me sentía demasiado expuesta, demasiado miserable para que él me viera así.

Un minuto después, oí el pomo de mi puerta girar. Había olvidado echar el pestillo.

La silueta de Julián se recortó contra la luz tenue del pasillo. Entró sin pedir permiso y cerró la puerta tras de sí, sumiéndonos de nuevo en la penumbra. Se acercó a mí con pasos lentos y se sentó en el suelo, a mi lado, sin decir una palabra. No intentó besarme, ni me soltó uno de sus comentarios atrevidos. Simplemente pasó su brazo por mis hombros y me atrajo hacia su pecho.

—Suéltalo, Elen —murmuró contra mi cabello—. No tienes que ser fuerte conmigo.

Me derrumbé. Me aferré a su camiseta, mojándola con mis lágrimas, y lloré todo lo que había estado guardando desde el accidente. Lloré por la casa vacía, por el futuro que se había esfumado y por la culpa de desearlo a él mientras mis padres se convertían en recuerdo. Julián no se movió. Se limitó a mecerme suavemente, acariciando mi espalda con una mano firme que me anclaba a la realidad. Su calor era lo único que impedía que me disolviera en mi propia tristeza.

Pasaron los minutos, quizás horas. El llanto se convirtió en hipo y luego en un silencio pesado, solo roto por nuestras respiraciones acompasadas. Me sentía vacía, pero era un vacío limpio, drenado.

—Lo siento —susurré finalmente, todavía apoyada en él. Su olor, esa mezcla de sándalo y hombre, me rodeaba como una armadura—. No quería que me vieras así.

Julián me obligó a levantar la cabeza, sujetándome por la barbilla. Sus ojos estaban serenos, cargados de una ternura que me asustaba más que su lujuria.

—Te voy a ver de todas las formas posibles, Elena. Triste, alegre, enfadada... y desnuda. No trates de ocultarme ninguna parte de ti. Especialmente esta.

Su pulgar recorrió mi labio inferior, que todavía temblaba ligeramente. La atmósfera cambió en un parpadeo. El protector dio paso al hombre que no sabía cómo mantener las distancias. Su mirada bajó a mi cuello y luego volvió a mis ojos, con una intensidad que hizo que mi corazón recuperara su ritmo salvaje.

—El luto es una carga pesada —continuó él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco—. Pero el deseo... el deseo es lo que nos recuerda que seguimos aquí. Que tus pulmones todavía necesitan aire y que tu piel todavía necesita ser tocada.

Se inclinó y me dio un beso corto en la frente, luego otro en la punta de la nariz, y finalmente se detuvo a milímetros de mis labios. Podía sentir el calor de su aliento.

—Julián, no... —intenté protestar, pero mi cuerpo ya se estaba inclinando hacia él, buscando el contacto.

—Shh —me calló, rozando sus labios con los míos sin llegar a sellar el beso—. No pienses. Solo siente. Siente que estás viva.

Me besó con una lentitud tortuosa. No fue el beso desesperado del coche; fue un beso de reconocimiento, una exploración de mi vulnerabilidad. Sus manos bajaron por mis costados, apretando mi cintura, y me subió a su regazo. Mis piernas se envolvieron alrededor de sus caderas de forma instintiva. La seda de mi ropa interior rozó sus vaqueros duros, y un chispazo de electricidad me recorrió la columna, quemando los restos de mis lágrimas.

En ese momento, la fantasía dejó de ser algo mental para convertirse en una necesidad biológica. Julián era mi droga, mi escape de una realidad que me dolía demasiado. Sus manos se colaron por debajo de mi jersey, buscando el contacto directo con mi piel. Tenía las palmas calientes, un poco ásperas, y su tacto me hizo soltar un gemido que se perdió en su boca.

—Eres tan hermosa cuando dejas de luchar —gruñó él contra mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes que me hacían arquear la espalda—. Llevo años imaginando cómo sería tenerte así, en mi habitación, bajo mi cuerpo.

—Estamos en mi habitación —logré decir, mi voz sonando extraña a mis propios oídos.

—Da igual. Mientras estemos bajo este techo, cada rincón es nuestro —respondió él, su mano subiendo por mi muslo, deteniéndose justo en el límite de lo prohibido.

Se separó un poco para mirarme. Estaba despeinado, con los labios rojos y la mirada cargada de una posesividad absoluta. En ese instante, comprendí que Julián no era solo un refugio; era una fuerza de la naturaleza que iba a reclamar cada centímetro de mi ser. El peso del luto seguía ahí, pero bajo su cuerpo, bajo su mirada, se sentía como algo que podía sobrellevar.

—Vete a la cama, Elen —dijo él, aunque sus manos no me soltaban—. Mañana será otro día. Y mañana, te prometo que te haré olvidar por qué estabas llorando esta noche.

Me ayudó a levantarme y me depositó en la cama con una delicadeza casi reverente. Me arropó, me dio un último beso en la sien y salió de la habitación tan silenciosamente como había entrado.

Me quedé mirando la puerta cerrada, con el corazón martilleando contra mis costillas. Podía oírlo caminar de vuelta a su cuarto, oí el clic de su puerta y luego, el silencio absoluto. Me toqué el vientre, donde todavía sentía el calor de su proximidad.

La fantasía era real. Y por primera vez, me di cuenta de que no había vuelta atrás. Había dejado que Julián entrara en mi dolor, y ahora, él se había adueñado de él. El luto seguía pesando, sí, pero el deseo de Julián era la única fuerza capaz de equilibrar la balanza.

Cerré los ojos y, por primera vez en días, no soñé con accidentes ni con funerales. Soñé con manos grandes, con voces profundas y con una pared que estaba a punto de derrumbarse.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
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