En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 05
La vida como Anya en el mercado negro era una danza constante entre la precaución y la audacia. Cada día era un equilibrio precario entre pasar desapercibida y escuchar lo suficiente para desentrañar la red de intrigas de Valerius. Mis aliados, Zylos y Zyla, demostraron ser maestros en el arte del susurro y el robo silencioso. Me traían fragmentos de información: nombres de nobles descontentos, rutas de caravanas de impuestos, e incluso planos rudimentarios de las nuevas defensas del palacio. La paranoia de Valerius había alcanzado niveles estratosféricos, y sus "Hombres de Hierro" eran omnipresentes.
Mi objetivo principal era identificar a los traidores que habían apoyado a Valerius y, más importante aún, encontrar a aquellos que aún albergaban lealtad a mi padre o que estaban hartos del nuevo régimen. La corte de Drakthar, antes un hervidero de política y chismes, ahora era un pantano de miedo y silencio. Nadie se atrevía a hablar en voz alta contra el rey, y las viejas alianzas se habían desmoronado como castillos de arena.
Una tarde, mientras vendía unas hierbas raras a un anciano boticario que me había mirado con cierta curiosidad desde el principio, este se inclinó y susurró:
—Dicen que el Lord Commander Atheris está... inquieto. Su lealtad siempre fue a la Corona, no al hombre que se sienta en ella.
Mi corazón dio un vuelco. Atheris había sido el Lord Comandante de la Guardia de mi padre durante décadas, un hombre honorable y un guerrero legendario. ¿Podría ser él un posible aliado? Era un riesgo. Valerius había purgado a muchos de los leales a mi padre.
—¿Y dónde podría uno encontrar a este Atheris? —pregunté, mi voz forzosamente neutral.
El boticario me miró fijamente, una chispa de astucia en sus ojos.
—Los viejos robles siempre crecen cerca de las viejas piedras, niña. Busca en el Jardín de las Memorias. Es un lugar donde los fantasmas se atreven a caminar.
El Jardín de las Memorias era un lugar sagrado para la realeza de Drakthar, un cementerio donde descansaban los reyes y reinas de mi linaje. También era donde mi padre, el Rey Theron, había sido enterrado. La idea de ir allí, tan cerca de su tumba, me llenó de una mezcla de anhelo y terror.
Me arriesgué. Esa misma noche, bajo la tenue luz de la luna, me adentré en el jardín. Cada paso en los senderos cubiertos de grava se sentía como una profanación. Las estatuas de mis ancestros me observaban con ojos vacíos, y el aire era un sudario de recuerdos. Me acerqué a la tumba de mi padre, una losa de obsidiana pulida. Un dolor agudo me atravesó el pecho. La rabia burbujeó en mi interior.
—Lo siento, padre —susurré, las lágrimas amenazando con caer—. No pude protegerte. Pero juro que te vengaré.
Mientras me arrodillaba, sentí una presencia detrás de mí. Mi magia de sombras se activó, envolviéndome en una ligera capa de oscuridad, mi mano se posó en la empuñadura de la daga oculta en mi bota.
—Si eres un fantasma, déjame llorar en paz —dije, mi voz ronca.
—Algunos fantasmas nunca encuentran la paz, niña —dijo una voz grave y familiar.
Me giré lentamente. Un hombre alto y robusto, con cabello gris y una barba bien cuidada, estaba de pie a unos metros de mí. Sus ojos eran una mezcla de tristeza y acero. Era Atheris. Llevaba el uniforme de la Guardia de Drakthar, pero su rostro estaba marcado por una pena profunda.
—Lord Comandante Atheris —dije, mi voz temblaba levemente. Era el primer rostro verdaderamente familiar que veía desde mi exilio. La emoción me golpeó con fuerza.
—¿Quién eres tú, y por qué conoces mi nombre? —preguntó, su mano en la empuñadura de su espada. Sus ojos me escudriñaban, buscando algo en mi disfraz.
Me puse de pie, mis ojos fijos en los suyos. El momento era ahora. Era un riesgo enorme.
—Soy Elowen —dije, retirando suavemente el hechizo de ilusión de mi cicatriz y el tinte de mi cabello, que volvió a su azul oscuro natural. La luz de la luna reveló mi verdadero rostro, aunque más endurecido por el exilio.
Los ojos de Atheris se abrieron de par en par, y por un momento, la incredulidad y la conmoción lo paralizaron.
—¡Princesa Elowen! —susurró, casi un lamento. Bajó la mano de su espada, una mezcla de esperanza y terror en su rostro—. Pero... se le creía muerta. Exiliada.
—Valerius quería que lo creyeran —respondí, la amargura palpable en mi voz—. ¿Por qué sigues sirviendo a un traidor, Atheris? ¿Por qué mi padre y todo lo que representó se pudren mientras tú te quedas de brazos cruzados?
Su rostro se contrajo de dolor.
—No te atrevas a juzgarme, princesa. Sirvo a Drakthar, y en estos tiempos oscuros, mi deber es proteger lo que queda. Valerius tiene a mi familia. A mi esposa y a mis hijos. Si me niego, los matará. Ha matado a muchos otros leales a tu padre.
Mi corazón se encogió. Era la misma razón por la que muchos nobles se habían quedado en silencio. Miedo. Valerius no solo había tomado el trono; había esclavizado a la corte con el terror.
—Entiendo tu miedo, Atheris —dije, mi voz más suave, buscando una conexión, no una confrontación—. Pero Drakthar está muriendo bajo su gobierno. Está usando magia prohibida, magia oscura del Viejo Túnel. ¿Puedes acaso mirar hacia otro lado mientras nuestro reino se consume?
Atheris apretó los puños, su mirada fija en la tumba de mi padre.
—Él me prometió que no cruzaría esa línea. Prometió que no usaría la Vieja Magia.
—Mintió —dije con rotundidad—. Lo vi con mis propios ojos. Sus Hombres de Hierro hablan de polvo de sombra.
El Lord Comandante se puso pálido. La verdad en mi voz debió ser innegable.
—Si esto es cierto... —murmuró, su voz apenas audible—, entonces debo elegir entre mi familia y mi juramento.
—No tienes que elegir, Atheris —respondí, un plan formándose en mi mente—. Ayúdame a derrocar a Valerius. Con él fuera del trono, tu familia estará segura. Y Drakthar podrá respirar de nuevo.
Atheris me miró, una lucha interna librándose en sus ojos. Podía ver el peso de años de lealtad, el dolor de la traición, el miedo por los suyos.
—¿Cómo? Eres solo una niña exiliada, sin ejército, sin apoyo.
—No estoy sola —dije, una sonrisa amarga torciendo mis labios—. El bosque tiene sus propias sombras. Y mis aliados son leales. Necesito información, Atheris. Necesito saber quién está con Valerius de verdad, y quién está con él por miedo. Necesito acceso a los planos del palacio, a los movimientos de sus tropas. Necesito que siembro la semilla de la duda entre los guardias, aquellos que aún tienen honor.
Él suspiró, un sonido de derrota y, a la vez, de una decisión dolorosa.
—No puedo unirme abiertamente a ti, princesa. No todavía. Valerius me vigila de cerca. Pero... puedo ser tus ojos y tus oídos dentro de los muros. Y te advertiré de cualquier peligro.
No era el apoyo que esperaba, pero era un comienzo. Era una fisura en el muro de terror de Valerius.
—Gracias, Atheris —dije, mi gratitud sincera—. Cada pieza de información es vital. Y si Valerius usa la magia prohibida, te prometo que encontraré una forma de proteger a tu familia.
Mientras me alejaba, volviendo a ponerme mi disfraz, Atheris se quedó junto a la tumba de mi padre, su figura sombría bajo la luna. Sabía que había plantado una semilla. Ahora, solo quedaba regarla.
Mi siguiente paso era encontrar a otros. Las viejas alianzas se habían roto, pero quizás nuevas podrían forjarse en la forja de la desesperación. Necesitaba hablar con los comerciantes oprimidos, los magos silenciados, los plebeyos que vivían bajo el yugo del miedo.
A medida que regresaba al laberinto del mercado negro, mis pensamientos se centraron en Lysandra. No había tenido noticias de ella. ¿Seguía siendo la fría cortesana que me había traicionado, o la amiga de la infancia que había compartido mis secretos? Tenía que descubrirlo, aunque la verdad fuera dolorosa. Mi viejo mundo se había derrumbado, pero necesitaba saber qué pedazos podían ser rescatados, y cuáles debían ser quemados hasta los cimientos.
El camino de la venganza era más solitario y peligroso de lo que había imaginado, pero con la promesa de Atheris y la lealtad de mis aliados del bosque, la esperanza brillaba, débil pero persistente, en el corazón de las sombras de Drakthar.