1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Trampas de Terciopelo II
Julian asintió, satisfecho. Se levantó y me ofreció la mano.
—Gracias por la cena, Marco. Quédate aquí. Mis guardias te acompañarán a una de las habitaciones de invitados... por tu propia seguridad, por supuesto.
—¡Bianca, ayúdame! —gritó Marco mientras Julian me sacaba del comedor—. ¡No dejes que me haga nada!
Me detuve y lo miré por encima del hombro. El dolor en mi pecho era una herida abierta, pero la frialdad de la verdad empezaba a cauterizarla.
—Tú elegiste este tablero, Marco. Ahora tienes que aprender a perder.
Julian me condujo hacia su oficina privada, una habitación forrada de libros antiguos y equipada con la tecnología de vigilancia más avanzada que había visto jamás. Cerró la puerta y se giró hacia mí. El aire entre nosotros estaba cargado de una tensión que ya no era solo odio.
—Ha sido más fácil de lo que pensaba —dijo, quitándose la corbata con un gesto fluido—. Tu primo es un cobarde.
—Y tú eres un monstruo —respondí, aunque mi voz carecía de la convicción de antes—. Lo has destrozado. Has destruido lo último que quedaba de mi imagen de mi familia.
—He despejado el camino, Bianca. Ahora ya no tienes que fingir que eres la "buena" en un mundo de villanos. Ahora puedes ser lo que realmente eres: una jugadora.
Se acercó a mí, y esta vez no retrocedí. La rabia, la traición de Marco y la adrenalina del momento se mezclaron en mi interior, creando un cóctel explosivo. Me sentía viva de una manera peligrosa.
—¿Y qué soy yo para ti, Julian? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. ¿Un peón? ¿Un trofeo? ¿O simplemente la forma más divertida de torturar a los Moretti?
Él puso sus manos en mi cintura, atrayéndome hacia él. El contacto de sus dedos contra la seda del vestido me hizo soltar un suspiro tembloroso.
—Eres el único desafío que vale la pena en esta ciudad, Bianca. No eres un peón. Eres la reina, y este juego no tiene sentido si no estás en el tablero.
Sus labios buscaron los míos en un beso que fue una declaración de guerra y una confesión al mismo tiempo. Sabía a peligro, a poder y a una necesidad oscura que me aterraba. Por un momento, olvidé la ley, olvidé a Marco, olvidé quién era yo. Solo existía el calor de su cuerpo y la urgencia de su tacto.
Me separé de él, jadeando, mi corazón martilleando contra mis costillas.
—Mañana recuperaremos esos diamantes —dije, intentando recuperar mi compostura—. Pero no lo haré por ti. Lo haré para ver la caída de los Belcastro.
—Como desees, Bianca —dijo él, sus ojos brillando con un triunfo oscuro—. Pero recuerda, en el momento en que pongamos un pie en ese hangar, ya no habrá vuelta atrás. Te convertirás en lo que siempre juraste destruir.
—Ya me he convertido en algo peor, Julian. Me he convertido en tu aliada.
Salí de la oficina, sintiendo el peso de las esmeraldas en mi cuello. El plan estaba en marcha. La trampa de terciopelo se había cerrado, pero no solo sobre mí. Julian Draven creía que me tenía bajo su control, pero lo que él no sabía era que el odio puede ser una motivación tan poderosa como la ambición.
Mientras subía a mi habitación, juré que recuperaría mi alma, aunque tuviera que quemar todo el imperio Draven para hacerlo. Pero por ahora, necesitaba esa alianza. Necesitaba la fuerza de Julian para ejecutar mi propia justicia.
Esa noche, el sueño no llegó. Solo el eco de las palabras de Marco y el sabor del beso de Julian en mis labios. La venganza estaba al alcance de mi mano, y por primera vez en mi vida, no me importaba si el precio era la condenación eterna.
Porque el sabor de la venganza era más dulce de lo que Bianca imaginó.