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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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24: La Jaula de Oro

En cuanto cruzaron el umbral de la casa, Ricardo cerró la puerta principal con un estruendo que hizo que los cuadros de las paredes vibraran. Se giró hacia ella, con los ojos inyectados en sangre.

—¿En qué estás pensando? —rugió, acortando el espacio entre ellos—. Te vi la cara, Anaís. Estabas buscando algo en los ojos de ese muerto de hambre.

Anaís dejó las bolsas de compras en el suelo de mármol con una elegancia insultante. Se quitó las gafas de sol y lo miró con una chispa de malicia que lo desarmó.

—Buscaba la verdad, Ricardo. Algo que tú no sabes darme —respondió ella, caminando hacia él hasta que sus pechos rozaron su chaqueta—. Me dijiste que eras mi esposo, pero omitiste el detalle de que yo quería huir de ti con alguien que, al parecer, me amaba de verdad.

Ricardo la tomó por los brazos, sacudiéndola apenas un centímetro. Su posesividad estaba alcanzando niveles tóxicos.

—¡Él no podía darte nada! —escupió él—. Era un niño jugando a ser hombre. Yo te di un imperio, te di protección, ¡te di una vida que tus propios padres te negaron!

—Me diste una jaula de oro, Ricardo. Y ahora que sé que había alguien esperándome afuera, esta jaula se siente mucho más estrecha —Anaís soltó una risa provocadora y pasó sus manos por el cuello de él, jugando con el nudo de su corbata—. ¿Tienes miedo? ¿Tienes miedo de que, aunque mi mente no lo recuerde, mi cuerpo prefiera los besos de un hombre que no tuvo que comprarme?

Ese fue el golpe final. Ricardo la cargó en vilo, ignorando sus risas desafiantes, y la llevó hacia el sofá de cuero del salón. La lanzó sobre los cojines y se situó sobre ella, atrapándola con su peso. No era el amante desesperado de la noche anterior; era el dueño reclamando lo que consideraba suyo por derecho de contrato.

—Nadie más va a tocarte —masculló él, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, dejando marcas que el collar de esmeraldas no podría tapar—. Puedes quedarte con el papel, puedes quedarte con el dinero, pero tu piel me pertenece a mí.

Anaís, lejos de asustarse, enredó sus piernas alrededor de su cintura y lo atrajo más. Su nueva personalidad se alimentaba de ese caos. Sabía que mientras más lo provocara con su pasado, más desesperado estaría él por retenerla en el presente.

—Pruébalo —susurró ella, desafiante—. Pruébame que eres mejor que ese recuerdo que está tratando de volver a mi cabeza. Hazme olvidar a Julián, si es que puedes.

El encuentro fue una tormenta de rabia y deseo. Ricardo la poseyó con una urgencia casi violenta, tratando de marcar su territorio, mientras Anaís le respondía con una audacia que le recordaba que ella ya no era su prisionera, sino su igual en este juego perverso. Cada gemido de ella sonaba a victoria, y cada embestida de él, a una súplica disfrazada de mando.

Cuando el silencio regresó, Anaís se quedó mirando el techo, con el collar de esmeraldas apretado en su puño. Ricardo estaba derrumbado a su lado, respirando con dificultad.

—Él dijo que tenía cartas —soltó Anaís de repente, rompiendo la tregua—. Mañana iré a buscarlas. Y si intentas detenerme, Ricardo, te juro que la próxima vez que despierte, será para no volver a verte nunca más.

Ricardo cerró los puños. Sabía que la había recuperado de la muerte, pero que estaba perdiéndola en vida.

—¿Cartas? —repitió Ricardo, soltando una risa amarga—. Si quieres leer cuentos de hadas sobre una vida que nunca habría funcionado, adelante. Pero recuerda que las cartas no pagan las cuentas del hospital, Anaís. Ni detienen las balas.

Se acercó a la chimenea y, con un movimiento rápido, encendió el fuego. El resplandor naranja bailó en sus ojos oscuros mientras se giraba hacia ella.

—¿Sabes por qué tus padres te vendieron? —preguntó él, su voz era ahora un susurro cortante—. No fue solo por dinero. Fue porque Julián, ese gran amor tuyo, no tuvo el valor de enfrentarse a las deudas de tu familia. Él huyó cuando las cosas se pusieron feas. Yo fui el único que se quedó a recoger tus pedazos.

Anaís se sentó, ajustándose la bata de seda negra. Sus ojos brillaron con una duda momentánea, pero su nueva personalidad —esa que nació del golpe y el olvido— no se dejó quebrar.

—Eso me lo dices tú. Pero las palabras de un comprador siempre están manchadas de interés —ella se puso de pie y caminó hacia él, deteniéndose justo antes de que el calor del fuego tocara su piel—. Mañana iré a ver a Julián. No porque lo ame... sino porque necesito ver si el hombre que era antes de conocerte me gustaría más que el monstruo que tengo delante.

Ricardo la tomó por el mentón, obligándola a sostenerle la mirada.

—Si cruzas esa puerta para buscarlo, Anaís, estarás rompiendo el único trato que me importa: nuestra lealtad. Y te advierto una cosa... —él se inclinó, su boca rozando la de ella—, no soy un hombre que comparta sus tesoros. Si él intenta recuperarte, no solo lo destruiré a él. Destruiré cada recuerdo que tengas de tu vida anterior hasta que no quede nada más que yo.

Anaís no parpadeó. En lugar de eso, subió su mano y acarició la mejilla que ella misma había golpeado horas antes.

—Entonces asegúrate de que lo que me das aquí —ella señaló su corazón y luego bajó la mano hacia su vientre— sea lo suficientemente fuerte para que no quiera volver a mirar atrás. Porque ahora mismo, Ricardo, eres solo un hombre con mucho dinero y un contrato amarillento.

Se dio la vuelta y subió las escaleras con una lentitud calculada, dejando a Ricardo solo con el crujido de las llamas. Él sabía que ella hablaba en serio. Había despertado a una mujer que no conocía el miedo, una mujer que usaba su propia belleza y amnesia como un arma de doble filo.

Arriba, en su habitación, Anaís cerró la puerta con llave y sacó el contrato de su escote. Lo miró fijamente y luego miró el collar de esmeraldas que Ricardo le había comprado. Un pensamiento cruzó su mente, uno que no le confesaría a nadie: no sabía si amaba a Julián o si amaba a Ricardo, pero lo que sí sabía era que amaba el poder de ver al hombre más peligroso de la ciudad temblando de miedo ante la idea de perderla.

El juego acababa de subir de nivel. Ya no era un trato por una deuda familiar; era una apuesta por el alma de una mujer que prefería arder antes que volver a ser una muñeca de porcelana.

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Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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