"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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CAPÍTULO 2: ESPINAS EN EL PATIO DE RECREO
El tiempo pasaba, pero el guion de mi vida parecía no tener fin. A los diez años, mi mundo se dividía en dos campos de batalla: las noches de gritos en casa y los días de burlas en la escuela.
—Oye, Luna, ¿hoy tu mamá no tuvo tiempo de coserte la camisa? —se burló Jordan Popó.
Sí, ese era su apellido. Yo me reía por dentro cada vez que lo escuchaba, pero nunca me atrevía a soltar la carcajada frente a él. Jordan era el pequeño tirano del salón, un niño con la maldad ya tatuada en los gestos. Me miré la manga; tenía un pequeño agujero, una marca de la pobreza y el caos que reinaba en mi hogar, pero decidí ignorarlo y caminar hacia mi pupitre.
—Buenos días, niños. Saquen sus cuadernos de matemáticas —anunció la maestra.
Esa era mi única zona de paz. Yo era buena estudiante, muy buena. Mis notas eran el único regalo que podía darle a mi madre, la única forma de ver un brillo real de orgullo en sus ojos cansados. Pero la campana del recreo siempre llegaba para recordarme que el mundo exterior era cruel.
En el patio, mi amiga Hanna era mi único refugio.
—¡Luna, si te toco quedas paralizada! —gritaba ella, corriendo tras de mí.
Éramos dos niñas intentando ser felices, hasta que Popó aparecía. Siempre lo llamaba así, solo por su apellido, aunque él creyera que yo lo hacía con respeto.
—¿Qué haces en mi área? —me espetó Jordan, bloqueando mi paso—. Te dije que no te quería ver jugando aquí, niña fea.
Antes de que pudiera reaccionar, me empujó con fuerza. Caí al suelo, sintiendo el raspón en mis palmas.
—¡Oye, déjala quieta, basura! —saltó Hanna en mi defensa.
—¿Cómo me llamaste? —rugió Jordan, intentando empujarla a ella también.
Pero Jordan cometió un error: no sabía que Hanna practicaba karate. Con un movimiento rápido, le hizo una llave y lo dejó privado en el piso, humillado frente a todos. Él salió corriendo y gritando hacia la maestra, pero eso no lo detuvo por mucho tiempo.
Al llegar a casa, el orgullo me inflaba el pecho. Había pasado un examen de lenguaje separando sílabas, algo que se me daba de maravilla.
—¡Mamá, mira mi nota! —exclamé.
Ella, con esa sonrisa que intentaba ocultar la tristeza, pegó el examen en la puerta de la nevera.
—Mi Lunita... hoy te mereces tu sopa de verduras favorita.
—Gracias, mami. Por cierto, se me rompió la camisa, ¿me la coses?
—Claro que sí, princesa. Ve a bañarte y haz tus tareas.
Fui una niña obediente, una estudiante ejemplar, pero la crueldad de Jordan no hacía más que crecer. Al día siguiente, me esperaba en la entrada con su grupo de patanes.
—Hola, niña fea. Mejor te cambio el apodo —dijo con una sonrisa torcida—. Ahora eres la "piojosa".
—No tengo piojos, Jordan. Déjame en paz.
—Te diré piojosa si quiero, ¿algún problema?
Me volvió a empujar, y esta vez sus amigos se unieron. Me jalaron los pelos con tanta rabia que deshicieron las trenzas que mamá me había hecho con tanto esmero esa mañana. Entré a clase espelucada y me senté en la última silla, intentando desaparecer.
Hanna se sentó conmigo atrás.
—¿Fue Jordan, verdad? Le voy a romper la cara —dijo ella, apretando los puños.
—No importa, Hanna. Quédate adelante para que veas bien la clase.
—Ni loca. Me quedo aquí contigo.
Hanna fue mi escudo durante toda la primaria y secundaria. Pero la maldad de Jordan evolucionó; él también se metió a karate solo para poder pelear con ella. Mi vida escolar se convirtió en un ciclo de cuadernos escondidos, tirones de pelo y moretones que yo aprendí a ocultar bajo suéteres largos.
Llegaba a casa marcada, pero me escondía de mamá. No quería darle otra preocupación más de las que ya le daba el monstruo que dormía en nuestra casa. A los trece años, ya no era solo una niña traviesa; era una niña que sabía guardar secretos dolorosos, una niña que estaba aprendiendo que la única forma de dejar de ser la presa... era convirtiéndose en el cazador.