Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 2
Terminé de desayunar sin recordar qué había comido.
No era hambre.
Era ansiedad.
De esa que no te deja descansar aunque estés quieta.
—¿Vas a comprar algo para la despedida? —preguntó mi mamá.
Asentí.
—Sí… quedé con las chicas.
Me dio dinero sin insistir demasiado.
Mi papá también.
Y entendí perfectamente lo que intentaban hacer.
Distraerte.
No pienses.
Finge que todo sigue normal.
—Mejor ya me voy antes de que esto se vuelva incómodo —bromeé.
Pero nadie se rió del todo.
Salí rápido.
Porque hablar de eso…
lo hacía más real.
El autobús avanzaba lento.
Demasiado lento.
Apoyé la frente en la ventana mientras mi cabeza repetía lo mismo una y otra vez.
Despedida.
Viaje.
Robert.
Cerré los ojos un segundo…
y apareció él.
Su voz.
Su mirada.
Su forma de decir cosas que ahora pesaban más.
Abrí los ojos de inmediato.
Como si así pudiera sacarlo de mi cabeza.
No funcionó.
Cuando llegué, ellas ya estaban esperando.
Mis chicas.
Mi lugar seguro.
—¡Por fin! —dijo Dani—. Hoy te vamos a arreglar la vida.
—Eso suena peligroso.
—Exactamente.
Entramos a varias tiendas.
Ropa.
Espejos.
Colores.
Pero nada terminaba de sentirse mío.
—Prueba esto —dijo Dani, poniéndome una blusa encima.
La miré.
—Eso no parece algo que usaría.
—Por eso mismo.
Las tres se miraron entre ellas.
Y entendí que ya tenían un plan.
—¿Qué están tramando?
—Nada…
Mentira.
—Cierra los ojos —dijo Luna.
Suspiré.
—No me gusta cuando dicen eso.
—Confía.
Otra vez esa palabra.
Aun así, obedecí.
Escuché risas, bolsas moviéndose y susurros rápidos.
—Ya —dijo Dani.
Abrí los ojos.
Y me quedé quieta.
La blusa era sencilla.
Pero tenía algo distinto.
Un corazón imperfecto al centro.
Pequeñas estrellas alrededor.
Nada exagerado.
Nada “bonito” de forma obvia.
Pero se sentía… real.
—Es muy tú —dijo Luna.
Me miré otra vez.
Más despacio.
Y entendí lo que quería decir.
No parecía la versión correcta de mí.
Parecía la verdadera.
—Pruébatela —dijo Dani.
Entré al probador.
Y cuando me vi en el espejo…
algo encajó.
No era ropa.
Era reconocimiento.
Salí del probador lentamente.
Ellas me miraron sin decir nada.
Y eso fue peor.
Porque significaba que tenían razón.
—Te ves increíble —dijo Dani.
—No increíble… —corrigió Luna—. Se ve ella.
Volví a mirarme en el espejo.
La blusa.
El pantalón roto con pequeñas estrellas.
No era una versión más bonita de mí.
Era una más honesta.
—Me gusta… —admití al final.
Las dos sonrieron al mismo tiempo.
—Por fin.
—Ya era hora.
Rodé los ojos, pero me reí.
Y por primera vez en días…
dejé de pensar un momento en que me iba.
Solo pensé en mí.
—Bueno —dijo Dani—. siguiente fase.
—¿Qué sigue?
Las dos se miraron otra vez.
Eso ya me estaba preocupando.
—Helado —dijo Luna.
—Y alguien te está esperando.
Fruncí el ceño.
—¿Qué hicieron?
No respondieron.
Solo caminaron más rápido.
Salimos de la tienda y entonces lo vi.
Robert.
Esperando.
Como siempre.
Mi pecho se tensó de inmediato.
—Hola, chicas —saludó él—. ¿Me la prestan?
—No es cosa —respondió Dani.
—Depende de quién la mire —contestó él sin dejar de verme.
Sentí calor en la cara.
—Vayan —dijo Luna—. Pero la regresas viva.
—No prometo nada.
—Idiota —murmuré.
Él sonrió apenas.
—Tu idiota.
Y esta vez…
ya no sonó ligero.
Nos alejamos del grupo caminando despacio.
Sin saber exactamente qué decir.
—Pensé que no vendrías —comentó.
—Siempre llegas antes tú.
Sonrió un poco.
—Sí… pero hoy no era cualquier día.
Bajé la mirada.
Porque tenía razón.
Ya ningún día era normal.
—Te ves diferente —dijo después.
Lo miré.
—¿Bien o mal?
Se tomó un segundo para responder.
—Más tú.
Eso me desarmó más que cualquier cumplido.
—¿Y antes qué era?
—También eras tú.
Pausa.
—Solo más escondida.
No respondí.
Porque dolía escuchar algo tan cierto.
Seguimos caminando.
Más lento ahora.
Como si ninguno quisiera llegar al final de la conversación.
Su mano rozó la mía.
Suave.
Como accidente.
Pero no lo era.
Nunca lo era.
—No hagas eso —murmuré.
—¿Qué cosa?
—Actuar como si todo fuera normal.
Se detuvo.
—¿Y cómo quieres que actúe?
Levanté la mirada.
—Como alguien que sabe que esto se está acabando.
El ambiente cambió al instante.
—No nos estamos acabando —respondió él—. Nos están separando.
Negué lentamente.
—Para el caso es lo mismo.
Dio un paso hacia mí.
—No es lo mismo perder algo… que soltarlo.
Y eso dolió.
Porque entendí exactamente lo que quería decir.
—¿Y tú qué quieres hacer? —preguntó.
Tragué saliva.
Porque sí sabía la respuesta.
Solo no quería decirla.
—No lo sé… —mentí.
Él me sostuvo la mirada.
—Yo sí.
Mi pecho se tensó.
—¿Qué?
No dudó.
—Quedarme contigo hasta el último segundo.
Sentí el golpe directo en el pecho.
—Robert…
—No quiero fingir que no está pasando.
Pausa.
—Quiero vivirlo todo contigo.
Eso daba miedo.
Porque significaba sentirlo todo.
Sin protegernos.
Sin escondernos.
—Eso duele más… —susurré.
—Sí.
No lo negó.
—Pero también vale más.
El silencio entre nosotros cambió.
Ya no era evasión.
Era aceptación.
—Ven —dijo al final.
Esta vez no rozó mi mano.
La tomó directamente.
Y no me aparté.
Porque soltarlo dolía más.
Terminamos en un pequeño parque de diversiones.
Luces encendidas.
Música alta.
Gente riéndose como si nada importara.
Y por unos minutos…
funcionó.
Me distrajo.
—¿En serio aquí? —pregunté.
—Sí —sonrió—. Si te vas a asustar, que sea por algo divertido.
—No me asusto.
Me miró divertido.
—Claro que sí.
—Cállate.
Subimos al juego más alto.
El peor posible.
—Esto es una pésima idea —murmuré mientras aseguraban el cinturón.
—Todavía te puedes bajar.
—No.
—Entonces deja de quejarte.
Rodé los ojos.
—Si me muero, es tu culpa.
Él sonrió apenas.
—Si te mueres… voy contigo.
Lo miré de inmediato.
—No digas eso.
Pero él no parecía estar bromeando.
El juego comenzó a subir lentamente.
Demasiado lento.
Como si quisiera darte tiempo para arrepentirte.
—Robert…
—¿Sí?
—No me sueltes.
Él apretó mi mano más fuerte.
—No pienso hacerlo.
Y le creí.
La caída fue brutal.
Grité sin dignidad.
Cerré los ojos.
Y aun así…
lo único claro era su mano sosteniendo la mía.
Firme.
Presente.
Como si no existiera otra opción.
Cuando terminó…
empecé a reírme.
No porque fuera gracioso.
Sino porque necesitaba sacar algo.
—Estás loca —dijo entre risas.
—Tú me subiste.
—Tú aceptaste.
—Cállate.
Pero seguíamos tomados de la mano.
Subimos a más juegos.
Uno tras otro.
No porque nos encantaran.
Sino porque detenernos significaba pensar.
Y pensar…
siempre nos llevaba al mismo lugar.
En uno de los juegos más tranquilos…
todo cambió otra vez.
No había gritos.
No había música fuerte.
Solo nosotros.
Y la ciudad iluminada debajo.
—¿En qué piensas? —preguntó Robert.
Lo miré unos segundos.
—En que esto no dura.
No intenté suavizarlo.
No tenía sentido.
Él asintió lentamente.
—Yo también pienso eso.
Pausa.
—Pero igual estoy aquí.
Fruncí un poco el ceño.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Porque irme antes sería peor.
Y entendí exactamente a qué se refería.
—No quiero que nuestro último recuerdo se sienta incompleto.
Mi pecho se apretó.
—No lo va a ser.
—Eso espero.
El juego comenzó a bajar lentamente.
Como si quisiera alargar el momento.
—Oye… —dijo de pronto.
—¿Qué?
—¿Te vas a olvidar de esto?
Miré alrededor.
Las luces.
El aire.
La ciudad.
Y luego lo miré a él.
—No.
Lo dije firme.
—No podría.
Él sonrió apenas.
—Qué bueno.
Pausa.
—Porque yo tampoco.
Cuando bajamos…
las chicas ya estaban esperando con helados en la mano.
—¿Sobrevivieron? —preguntó Dani.
—Apenas —respondí.
Todos rieron un poco.
Y por un momento…
todo volvió a sentirse ligero.
Fuimos a un restaurante después.
Estaba lleno.
Demasiado ruido.
Demasiada gente.
Como si el mundo siguiera normal aunque el mío no lo estuviera.
Todos hablaban.
Hacían bromas.
Intentaban mantener el ambiente feliz.
Pero Robert estaba extraño.
Más callado.
Más serio.
—¿Qué tienes? —le pregunté bajito.
—Nada.
Mentira.
—Robert…
Me miró unos segundos.
—Ahorita te digo.
Y eso fue suficiente para preocuparme.
La comida llegó.
Casi no probé nada.
Él tampoco.
Hasta que finalmente habló.
—La penúltima sorpresa… está en tu casa.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué en mi casa?
Levantó la mirada.
Serio.
De verdad.
—Porque tengo que decirte algo.
El aire cambió.
—¿Qué hiciste?
Silencio.
—Hablé con tus papás.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿Qué?
—Les dije que somos novios.
Sentí el golpe directo.
—No tenías derecho.
No grité.
Pero sí dolió.
Él asintió lentamente.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Me sostuvo la mirada.
—Porque no quería seguir escondiéndote.
Pausa.
—No me avergüenzo de nosotros.
Eso me rompió un poco.
Porque entendía lo que quería decir.
Y porque parte de mí…
quería exactamente lo mismo.
—¿Y qué dijeron? —pregunté en voz baja.
—Que no les encanta la idea.
Solté aire.
Eso era esperado.
—Pero aceptaron.
Parpadeé confundida.
—¿Cómo que aceptaron?
—Saben que te vas.
Pausa.
—Eso les da tranquilidad.
La palabra cayó pesado.
Tranquilidad.
Como si lo nuestro fuera más fácil porque tenía fecha de vencimiento.
—También hablé con mis papás —añadió.
Lo miré de inmediato.
—¿También?
Asintió.
—Casi no me dejan venir.
—¿Por mí?
Negó lentamente.
—Por lo que fui.
Silencio.
—Ellos saben todo.
Tragué saliva.
—¿Y cambiaste?
No suavicé la pregunta.
Él tampoco suavizó la respuesta.
—Sí.
Pausa.
—Pero no por mí.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Por ti.
Eso dolió diferente.
Porque era demasiado amor.
Demasiado peso.
Demasiada responsabilidad.
—No debiste hacer todo esto… —susurré.
—Ya lo sé.
—Pero tampoco estoy enojada.
Sus ojos cambiaron apenas.
—¿No?
Negué lentamente.
—No quiero pelear contigo.
Pausa.
—No con el tiempo que nos queda.
Eso bastó.
Robert se acercó y me abrazó fuerte.
Como si necesitara hacerlo.
Como si eso pudiera arreglar algo.
No lo arreglaba.
Pero ayudaba.
—El problema no es que te vayas… —murmuró.
—¿Entonces qué?
Cerré los ojos.
—Que no sé cómo voy a quedarme sin ti.
Y esa fue la verdad más dolorosa de toda la noche.
Cuando llegamos a mi casa…
pensé que ya no podía sorprenderme.
Me equivoqué.
Luces.
Música.
Gente.
Demasiada gente.
La puerta se abrió y el ruido me golpeó de frente.
Era una despedida.
Pero no pequeña.
Era toda mi vida reunida en un solo lugar.
Fotos colgadas.
Pantallas mostrando recuerdos.
Momentos congelados.
Yo con mis amigas.
Yo con él.
Yo antes de que todo cambiara.
Caminé lentamente entre las fotos.
Hasta detenerme en una.
La foto.
La que había cambiado todo entre nosotros.
—Ese día decidí cambiar —dijo Robert detrás de mí.
No me había dado cuenta de que se acercó.
—Ese día fue cuando decidí quererte.
El aire se me quedó atrapado.
Porque no sonó como algo bonito.
Sonó definitivo.
Real.
—Acepté cambiar por una razón —continuó.
Lo miré.
—Tú.
Tragué saliva.
Porque amar así…
ya no era algo ligero.
La música subió.
La gente seguía riendo.
Pero todo empezó a sentirse lejano.
Porque Robert tomó mi mano.
Y no la soltó.
—Baila conmigo.
No fue pregunta.
Y tampoco necesitaba serlo.
Nos movimos despacio entre las luces.
Sin pensar demasiado.
Solo sintiendo el momento.
Su mano en mi cintura.
La mía en su hombro.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Apoyé la cabeza en su pecho.
Su corazón iba rápido.
Igual que el mío.
—Ojalá el tiempo se detuviera aquí… —susurró.
Negué suavemente.
—No lo digas.
—¿Por qué?
Levanté la mirada.
—Porque no va a pasar.
Silencio.
Doloroso.
—Cada canción se siente como la última… —murmuré.
Él me abrazó más fuerte.
—Entonces bailemos todas.
Y eso hicimos.
Seguimos bailando mientras la música cambiaba.
Mientras todos alrededor seguían viviendo el momento.
Pero incluso ahí…
seguía existiendo lo mismo.
El final.
Siempre el final.
—Cris… —dijo bajito.
—¿Sí?
Se quedó callado unos segundos.
Como si reunir valor también doliera.
—No quiero que esto se acabe.
Cerré los ojos.
—Yo tampoco.
Y por primera vez en todo el día…
dejamos de fingir.
La fiesta terminó lentamente.
No hubo grandes discursos.
Ni despedidas perfectas.
Solo abrazos más largos de lo normal.
Miradas que duraban demasiado.
Silencios que decían todo.
Cuando por fin subí a mi cuarto…
la música seguía sonando abajo.
Lejana.
Como si ya no perteneciera ahí.
Me dejé caer en la cama.
Todavía vestida.
Sin fuerzas para pensar.
Pero igual pensé.
Las fotos seguían sobre el escritorio.
Momentos congelados.
Mi vida antes de cambiar para siempre.
Pasé los dedos por una de ellas.
Luego otra.
Como si pudiera quedarme ahí.
Como si eso bastara.
Pero no.
Nunca basta.
—A veces amar también significa irse… —susurré.
Las lágrimas volvieron.
Lentas.
Silenciosas.
Ya no estaba intentando detenerlas.
Porque sabía que era inútil.
Me cubrí el rostro y respiré hondo.
Pero el pecho seguía pesando igual.
Porque entre todo eso…
solo existía una verdad.
Mañana…
esto iba a sentirse todavía más real.
Me giré mirando el techo.
Vacío.
Igual que siempre.
Pero distinto.
—¿Quién voy a ser cuando me vaya?
La pregunta salió sola.
Sin respuesta.
Cerré los ojos.
Y apareció él.
Como siempre.
—Robert…
Entonces lo entendí.
Esto no solo iba a doler por lo que estaba perdiendo.
Iba a doler…
por todo lo que estaba dejando a medias.