Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo | 6
Camila
A la mañana siguiente, Nicolás estaba distinto.
No era algo evidente, no había reproches ni gestos bruscos, pero lo noté en la forma en que evitaba mirarme, en el silencio prolongado entre un sorbo de café y otro.
—¿Ya te vas a la empresa? —me preguntó sin levantar la vista del reloj.
—No —respondí—. Hoy llegaré un poco más tarde. Tengo algunas cosas que hacer antes.
Asintió apenas. No dijo nada más. Tomó su maletín, las llaves y salió de la casa sin despedirse.
Me quedé sentada unos segundos frente a la mesa vacía, escuchando el eco de la puerta al cerrarse.
Más tarde me arreglé con calma, tomé el auto y en lugar de seguir el camino habitual hacia Luna Holdings, giré en una esquina distinta. Conocía bien esa ruta. La había recorrido muchas veces, aunque siempre fingía que no.
El edificio era discreto, silencioso. Subí por las escaleras, avancé por el pasillo y golpeé la puerta.
—¿Camila? —dijo sorprendida al abrir—. Qué gusto verte, pasa.
—Hola, Keila —respondí, abrazándola.
Sonrió, aunque en su mirada había curiosidad.
—No esperaba verte hoy. ¿Teníamos una cita y no lo recuerdo?
Negué con la cabeza.
—No. Vine porque necesito hablar contigo.
Keila me observó con atención, como si ya supiera la respuesta antes de formular la pregunta.
—¿Necesitas hablar conmigo como tu psicóloga o como tu amiga?
Tragué saliva.
—Si es posible… de las dos maneras.
Guardó silencio unos segundos, evaluándome.
—Es Nicolás, ¿verdad?
Asentí.
—Ven —dijo con suavidad—. Siéntate.
Entramos a su consultorio. Me acomodé en el sillón y ella se sentó frente a mí, con las manos entrelazadas.
—Cuéntame —me pidió—. ¿Es lo mismo de siempre?
No pude responder. Apenas asentí antes de que todo se quebrara.
El llanto salió de mí sin control, como si hubiera estado esperando este momento durante demasiado tiempo.
—Ya no lo soporto, Keila —dije entre sollozos—. No sé por cuánto tiempo más podré seguir sosteniendo esta situación.
Keila dejó su postura profesional. Se levantó, se sentó a mi lado y me rodeó con los brazos.
—Tranquila —susurró—. No te presiones más. Aquí puedes soltarlo todo. Vamos a encontrar una forma de seguir adelante, te lo prometo.
Poco a poco mi respiración se calmó.
—Es que ya no puedo más —dije—. Todo el mundo dice que Nicolás es el esposo ideal, que es un padre perfecto, que somos el matrimonio más envidiado, más exitoso… y no sé cuánto tiempo más voy a poder sostener esa mentira. Porque siento que nada de eso es real.
Keila se separó un poco para mirarme a los ojos.
—¿Nada es real, Camila? ¿De verdad lo crees?
Guardé silencio. Pensé en Nicolás con nuestro hijo en brazos, en su paciencia, en su dedicación. Pensé en su forma de cuidarme, de estar presente, de cumplir cada rol a la perfección.
—No —dije finalmente—. No es un mal padre. Y no es un mal esposo. De hecho… es el esposo que muchas mujeres desearían tener.
Mi voz tembló.
—Pero yo no puedo amarlo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, definitivas.
—No puedo amarlo —repetí—. Porque me es imposible sacar a Alejo de mis pensamientos… y de mi corazón.
Me llevé una mano al pecho.
—Está aquí —dije en un hilo de voz—. Y su presencia no se va. Nunca se va.
El silencio se instaló entre nosotras. Keila no me interrumpió. Me dejó hablar.
—Intenté hacerlo bien —continué—. Intenté convencerme de que el amor podía construirse, de que el tiempo iba a acomodar las cosas. Pero Alejo sigue apareciendo en los lugares más absurdos: en una canción, en una frase, en una sensación. Como si nunca se hubiera ido del todo.
Solté un suspiro largo, cansado.
Keila asintió con calma.
—Lo que te sucede es lógico, Camila —dijo—. No tuviste tiempo de atravesar el duelo. No hubo espacio para sanar la decepción, ni el dolor que te dejó Alejo. Pasaste de una pérdida emocional profunda a un matrimonio que no elegiste desde el deseo.
Bajé la mirada.
—Apenas respiré —murmuré.
—Exacto —continuó—. Y quiero que entiendas algo importante: no eres culpable. No fallaste. Fuiste empujada a ocupar un lugar para el que nunca estuviste preparada, ni tuviste la intención de ocupar.
Tragué saliva.
—Yo nunca quise casarme con Nicolás —admití—. Nunca lo elegí así.
Keila sostuvo mi mirada.
—Pero eso no convierte a Nicolás en el villano de esta historia —añadió—. Él no sabía. No conoce este conflicto interno. Él también es, de alguna manera, una víctima de las decisiones de otros.
Asentí lentamente.
—Lo sé —dije—. Y eso es lo que más me duele. Porque él hace todo bien. Porque no hay nada concreto que reprocharle.
Me pasé una mano por el rostro, agotada.
—Pero no puedo darle algo que no siento —susurré—. Y cada día que pasa, siento que me estoy traicionando a mí misma… y también a él. Y él... no se lo merece, Keila.
Keila apretó suavemente mi mano.
—Reconocerlo no te hace egoísta, Camila —dijo—. Te hace honesta. Y esa honestidad es el primer paso para decidir qué quieres hacer con tu vida, más allá de las apariencias.
Levanté la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, decirlo en voz alta no me rompió. Me dejó temblando, sí… pero también un poco más liviana.
Salí del consultorio de Keila con el pecho apretado y la cabeza llena de pensamientos que no sabía dónde acomodar. No tenía fuerzas para ir a la empresa. Tampoco para regresar a casa.
Conduje sin rumbo durante algunos minutos hasta que me detuve frente a un parque. Apagué el motor y bajé. El aire fresco me golpeó el rostro como una invitación a respirar, a detenerme por un instante.
Caminé despacio por los senderos, rodeada de árboles y de un silencio amable, apenas interrumpido por risas lejanas y el canto de algunos pájaros. Me senté en una banca, cerré los ojos un segundo y dejé que el ruido del mundo se apagara un poco.
Fue entonces cuando vi como una pareja joven caminaba tomada de la mano. Ella reía con esa risa despreocupada que nace del pecho, él la miraba como si nada más existiera alrededor. No parecían tener prisa. No parecían tener miedo.
Y sin quererlo, Alejo apareció.
Recordé su voz prometiéndome que siempre estaría conmigo. Que no permitiría que la rivalidad de nuestras familias nos separe.
Recordé la forma en que me tomaba el rostro entre sus manos, como si yo fuera lo único importante. Recordé lo enamorada que estaba… lo distinta que era.
Yo era luz en esos días. Optimista. Ingenua, quizás. Amaba sin medir, sin calcular, sin protegerme. Sonreía con facilidad. Creía en las promesas. Creía en nosotros.
Con Alejo, todo parecía posible.
Apreté los labios.
Porque también recordé el final. El abandono. La forma en que desapareció, dejándome sola con un amor que no supe dónde poner. No hubo explicaciones. No hubo tiempo para entender. Solo quedó el vacío… y la urgencia de cumplir con algo que no había elegido.
Si Alejo no me hubiera dejado así, no estaría casada con Nicolás.
Esa idea me atravesó como un reproche silencioso.
Su traición me empujó a un lugar que nunca elegí. A una vida que se construyó sobre ruinas que nadie quiso ver. A un matrimonio que nació más de la obligación que del deseo.
Miré nuevamente a la pareja que se alejaba, todavía tomada de la mano, y sentí una punzada en el pecho.
Yo también fui así alguna vez.
Me levanté de la banca y continué caminando, sabiendo que ese recuerdo no era solo nostalgia. Era una herida que seguía marcando cada una de mis decisiones. Y aunque aún no podía nombrarlo del todo, entendí que Alejo no era solo un recuerdo del pasado.
Era el origen de todo.