un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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XI. el ovillo de la noche
El silencio en la terraza era tan denso que podía oír el siseo de la sangre bombeando en mis oídos. La visión de Balerion, el Terror Negro, oculto temblando entre los árboles del Bosque Susurrante, rompió algo en mi mente. La lógica de la Academia, los mapas, las advertencias de Grog... todo se disolvió ante la cruda e imposible realidad.
No lo pensé. No medí las consecuencias. La adrenalina anuló cualquier rastro de autopreservación. Ignorando los gritos de Kaelthoryn a mis espaldas, que probablemente intentaba seguirme con la nariz sangrando y el orgullo hecho jirones, salté por encima de la barandilla de piedra de la terraza.
La seda azul de mi vestido se enganchó en los rosales trepadores, rasgándose con un sonido seco, pero no me detuve. Caí al suelo del jardín con un golpe que me robó el aliento, rodé y me puse de pie de un salto, corriendo hacia la linde del bosque.
—¡¡TÚ!! ¡¡Oye, TÚ!! —grité a pleno pulmón, mi voz quebrandose por el esfuerzo y el terror puro—. ¡¡No te muevas!! ¡¡Te estoy hablando a ti, maldita montaña de escamas!!
Crucé el patio de armas a toda velocidad, pasando junto a un Vharok herido y aterrorizado que ni siquiera intentó seguirme. Me adentré en la oscuridad del bosque, las ramas bajas azotándome la cara, el kohl de mis ojos corriendo por las lágrimas de la carrera.
Cuando llegué al claro donde Grog nos había hablado de las "Cosas", me detuve. La presencia de Balerion era abrumadora. El aire estaba saturado de un calor antiguo y un olor a azufre que me quemaba la garganta.
Lo busqué con la mirada entre la penumbra. Y lo que vi fue tan absurdo, tan cómico en su inmensidad, que por un segundo me olvidé de respirar.
El Terror Negro, el ser que había derretido castillos y devorado ejércitos, había reaccionado a mis gritos de la forma más inesperada posible. Al verme llegar, despeinada, con el vestido roto y gritando como una lunática, la masiva montaña de escamas obsidianas se estremeció.
Balerion hizo un "intento" desesperado de hacerse un ovillo. Sus patas colosales intentaron rodear su cuerpo abismal, su larga cola se enroscó torpemente alrededor de su cuello, y su cabeza, del tamaño de un carruaje real, se hundió entre sus hombros. Los árboles milenarios que lo rodeaban crujieron y se doblaron bajo el peso de su "discreción", incapaces de ocultar ni una décima parte de su volumen.
Y lo peor: dejó de respirar. Literalmente. El enorme fuelle de su pecho se detuvo en seco. Sus ojos dorados, esos pozos de fuego líquido que antes me miraban con temor, ahora estaban fijos en mí con una expresión de pánico absoluto, como si pensara: *"Si no me muevo, si no respiro, esta pequeña criatura ruidosa y violenta no me verá y se irá"*.
Se quedó allí, una estatua de obsidiana temblando imperceptiblemente —un temblor que hacía vibrar el suelo bajo mis botas—, aguantando la respiración con una torpeza monumental. Era como ver a una montaña intentar esconderse detrás de una brizna de hierba.
—¿En serio? —musité, jadeando, con las manos en las caderas, mi vestido azul ondeando con la brisa helada—. ¿Balerion, el Terror Negro, el Annihilator de Valyria... está intentando jugar al escondite conmigo?
Una risa histérica y ronca escapó de mi garganta. Estaba frente a la criatura más peligrosa del planeta, y mi primer instinto no era huir, sino abofetearlo por idiota.
Me quedé allí, en el límite del claro, con la risa histérica muriendo en mi garganta para ser reemplazada por una audacia fría y calculadora. El suelo aún vibraba por el "silencio" que Balerion intentaba imponer a su propia mole. Era una escena ridícula, sí, pero también era la oportunidad más grande que jamás tendría.
Si el Terror Negro me tenía miedo, si estaba herido y buscando refugio, yo no iba a desperdiciar ese poder. No iba a ser la princesa asustada que corría a esconderse tras los muros de la Academia.
—Vaya, vaya... —dije, elevando la voz, dejando que un tono de falsa confusión tiñera mis palabras—. Juraría que escuché un rugido que hizo temblar hasta los cimientos del castillo. Juraría que vi dos ojos como soles dorados entre las ramas. Pero ahora... ahora no veo nada. Absolutamente nada.
Comencé a caminar hacia la masiva y temblorosa montaña de escamas obsidianas. Mis botas hacían crujir las hojas secas con una deliberación lenta, cada paso un desafío al sentido común.
Balerion, hecho un ovillo imposible entre los árboles que crujían bajo su peso, no se movió. No respiró. Sus ojos dorados seguían fijos en mí, dilatados por un pánico que resultaba casi doloroso de ver en una criatura de su magnitud. Podía sentir el calor emanando de su cuerpo a metros de distancia, un horno antiguo que intentaba apagarse por pura fuerza de voluntad.
—¿Dónde se habrá metido ese gran dragón temible del que hablan las historias? —continué, fingiendo buscar con la mirada, pasando de largo por su hocico colosal que estaba a la altura de mi pecho—. Quizás solo fue mi imaginación. Quizás el vino de la gala me hizo ver cosas que no existen.
Llegué justo al lado de su costado. Su flanco era una pared de escamas del tamaño de escudos de batalla, negras como el abismo y ásperas como la roca volcánica. Con una lentitud exasperante, extendí mi mano derecha.
—No hay nada por aquí... —murmuré, y **posé mis dedos sutilmente sobre una de sus escamas**.
El contacto fue eléctrico. Esperaba que la escama estuviera fría como la piedra, pero estaba ardiente, pulsando con una vida vieja y poderosa. Mis dedos trazaron el borde afilado de la placa, sintiendo la vibración del terror que sacudía su cuerpo. Era como tocar una montaña que intentaba desesperadamente no desmoronarse.
—Nada por allá... —deslicé mi palma hacia arriba, acariciando la textura rugosa de su piel, avanzando hacia su cuello—. Definitivamente, este bosque está vacío.
Sentí cómo un espasmo recorría su musculatura colosal bajo mi mano. Un gemido bajo, casi inaudible, como el trueno lejano de una tormenta que se niega a estallar, escapó de su garganta sellada. Estaba aguantando la respiración con una agonía monumental, y mi toque sutil era una tortura de incertidumbre para él.
Estaba jugando con el fin del mundo, acariciando a la bestia que podía incinerar mi reino en un suspiro, y por primera vez en toda la noche, sentí que yo tenía el control absoluto. El Terror Negro estaba a mi merced, y yo no pensaba soltarlo hasta saber exactamente de qué estaba huyendo.
Me alejé de su costado con una lentitud teatral, deslizando mi palma por la última escama áspera de su cuello.
—Bueno —dije, elevando la voz para que resonara en el claro silencioso, fingiendo un bostezo exagerado—, supongo que todo esto ha sido producto de mi imaginación cansada. No hay ningún dragón legendario aquí, solo árboles y sombras. Mejor me vuelvo a la gala, a ver si Dravenkael ya ha dejado de sangrar por la nariz.
Me di la vuelta y caminé con paso firme hacia el sendero que llevaba de vuelta a la Academia. Mis botas hacían crujir las hojas secas con estruendo deliberado, marcando mi supuesta retirada. Pero al llegar al primer recodo del camino, donde la oscuridad era más densa, me desvié bruscamente.
Con un movimiento fluido que rasgó aún más la seda azul de mi vestido, me deslicé detrás del tronco colosal de un roble milenario. Me pegué a la corteza rugosa, conteniendo la respiración, con el corazón martilleando contra mis costillas no de miedo, sino de una expectación salvaje. Desde mi escondite, tenía una vista perfecta del claro a través de un hueco entre las ramas bajas.
Esperé. Un segundo. Dos. Tres.
**¡FGGGGHHHHHUUUUUOOOOOOSSHHH!**
El sonido que siguió fue cataclísmico. No fue un rugido, fue el sonido de un colapso pulmonar inverso a escala monumental. Balerion soltó el aire que había estado conteniendo con una violencia tal que una ráfaga de viento huracanado azotó el claro. Las hojas secas salieron disparadas en un torbellino, las ramas de los árboles crujieron peligrosamente y el suelo vibró bajo mis pies como si un terremoto estuviera ocurriendo.
El Terror Negro comenzó a respirar con una desesperación agónica, grandes bocanadas de aire sibilante entrando y saliendo de su garganta colosal. Parecía que no hubiera respirado en siglos, no solo en unos minutos. Su pecho, del tamaño de una casa, subía y bajaba con espasmos violentos, expandiéndose y contrayéndose con un estruendo rítmico.
Poco a poco, el ovillo imposible de escamas obsidianas comenzó a deshacerse. Sus patas colosales se estiraron, su cola se desenroscó y su cabeza masiva se elevó pesadamente entre los hombros.
Pero no atacó. No rugió de triunfo.
En su lugar, el dragón legendario comenzó a mover su cabeza de un lado a otro con una rapidez nerviosa que resultaba cómica en una criatura de su tamaño. Sus ojos dorados, esos pozos de fuego líquido que habían aterrorizado a generaciones, escaneaban el bosque con una paranoia palpable. Miraba hacia el sendero por donde yo me había "ido", luego hacia el claro vacío, luego hacia las sombras más profundas.
Podía jurar que estaba pensando, su masiva mente reptiliana procesando la situación con una torpeza casi humana: *"¿Ya se fue? ¿Esa criatura ruidosa y violenta de azul ya no está? Miro por aquí... no está. Miro por allá... tampoco. Sí, sí... Se fue. ¡Por fin se fue!"*.
Soltó un bufido final, una mezcla de alivio y agotamiento que levantó una nube de polvo y ceniza. Se dejó caer pesadamente contra el tronco de un árbol que gimió bajo su peso, cerrando los ojos con una expresión de pura fatiga. Estaba solo de nuevo, o eso creía él.
Desde mi escondite, sonreí con una malicia fría y triunfal. El Terror Negro estaba a mi merced, y yo no pensaba soltarlo hasta saber exactamente de qué estaba huyendo. Y ahora, sabía exactamente cómo controlarlo.
Me tomé un momento para recomponer la seda rasgada de mi vestido azul, alisándola sobre mis muslos con una parsimonia deliberada que contrastaba salvajemente con el caos que acababa de presenciar. No había miedo en mí; solo una curiosidad científica y una audacia que bordeaba la locura. Salí de detrás del roble milenario con una calma divertida, mis botas haciendo crujir las hojas secas con un ritmo juguetón que resonó en el claro repentinamente silencioso.
Balerion, que acababa de cerrar los ojos con un suspiro de alivio sibilante, los abrió de golpe. Sus pozos dorados se fijaron en mí, y la masiva montaña de escamas obsidianas pareció congelarse. Vi el pánico puro encenderse en sus pupilas.
—¡Vaya, vaya! —exclamé, elevando la voz con un tono de falsa sorpresa, mientras caminaba directamente hacia su hocico colosal—. Veo que el "bosque vacío" ha decidido reaparecer de la nada. Y respirando, nada menos. ¡Qué milagro de la naturaleza!
El Terror Negro reaccionó con una torpeza monumental. Su instinto de "escondite" volvió a activarse, pero esta vez fue un fracaso catastrófico. Intentó retroceder, sus garras del tamaño de troncos arando la tierra y derribando dos árboles jóvenes con un estruendo ensordecedor. Su masiva cabeza se agitó violentamente, buscando desesperadamente un lugar donde ocultar sus toneladas de carne y escamas.
—¡¡NO!! ¡¡NI LO PIENSES!! —grité, plantándome justo delante de su ojo izquierdo, agitando las manos como si estuviera espantando a un Wyvern recién nacido—. ¡¡Maldita sea, Balerion!! ¡¡Quieto!! ¡¡Te estoy hablando a ti, montaña de estupidez mitológica!! ¡¡Mírame!! ¡¡MÍRAME A MÍ, NO A LOS ÁRBOLES QUE ESTÁS DERRIBANDO!!
Mis gritos, agudos y llenos de una autoridad derrotada, parecieron detener el tiempo. El masivo dragón se quedó paralizado en mitad de su torpe retirada. Su ojo dorado, del tamaño de mi torso, me miraba con una expresión de pura consternación y humillación reptiliana. Había intentado huir, había intentado esconderse, y esta pequeña criatura ruidosa y violenta de azul lo había frenado con un par de gritos histéricos.
La derrota fue total en su mente milenaria.
Con un quejido bajo y tembloroso, como el trueno que se rinde ante la tormenta, Balerion comenzó a colapsar sobre sí mismo una vez más. Fue un movimiento doloroso de ver en una criatura de su magnitud. Sus patas colosales se replegaron torpemente bajo su cuerpo, su larga cola se enroscó con una fuerza desesperada alrededor de su cuello, y su cabeza masiva se hundió entre sus hombros con una agonía monumental.
Se volvió a esconder en su ovillo imposible de escamas obsidianas, pero esta vez, el temblor que sacudía su cuerpo era mucho peor. No era el temblor de la contención; era el temblor del pánico puro y absoluto. El Terror Negro estaba hecho una bola temblorosa en medio del Bosque Susurrante, su cuerpo vibrando con una intensidad que hacía caer las hojas de los árboles a metros de distancia. Sus ojos dorados estaban fijos en mí, dilatados por un miedo que desafiaba la lógica, mientras esperaba el próximo movimiento de la criatura que lo había derrotado con solo gritos.
—Así me gusta —susurré, con una sonrisa maliciosa y triunfal, mientras me acercaba a su hocico tembloroso y posaba mi mano sobre una de sus escamas ardientes—. Quieto. Ahora, vas a contarme de qué estás huyendo. Y no me hagas gritar otra vez, o te juro que será mucho peor que un simple codazo.
El Terror Negro soltó un bufido final, una mezcla de alivio y agotamiento que levantó una nube de polvo y ceniza. Se dejó caer pesadamente contra el tronco de un árbol que gimió bajo su peso, cerrando los ojos con una expresión de pura fatiga. Estaba solo de nuevo, o eso creía él.
Desde mi escondite, sonreí con una malicia fría y triunfal. El Terror Negro estaba a mi merced, y yo no pensaba soltarlo hasta saber exactamente de qué estaba huyendo. Y ahora, sabía exactamente cómo controlarlo.