Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 16
Él asiente. Los demás murmuran su aprobación. He ganado otro asalto en la liga de los rostros grises. Pero al salir de la sala, el vacío me golpea con más fuerza que nunca. Entro en mi despacho y cierro la puerta. Necesito un momento de silencio que no sea este silencio profesional y aséptico.
Me acerco al ventanal. La ciudad se extiende ante mí, caótica y ruidosa, pero yo solo busco un punto en el horizonte: la zona industrial donde se esconde Anónimos. Es martes. Faltan tres días para el viernes. Setenta y dos horas. Cuatro mil trescientos veinte minutos de fingir que esta vida de expedientes y protocolos es suficiente para mí.
He empezado a notar algo aterrador: ya no busco el club por la peluca roja o por el anonimato. Lo busco por él. Busco su voz, esa frecuencia baja que parece vibrar en mis huesos. Busco su apoyo silencioso. La semana pasada, cuando le confesé que me sentía un fraude, él no intentó consolarme con frases vacías. Simplemente me sujetó la mano con una firmeza que decía: "Yo también, y estoy aquí".
Esa conexión emocional es una grieta que se ensancha cada día más en mi máscara de hierro.
El viernes llega envuelto en una humedad pegajosa que parece adherirse a la piel. La transformación en casa es más rápida de lo habitual; la urgencia me quema los dedos. Al ponerme la peluca carmesí, siento que recupero el pulso. El rojo es mi oxígeno.
Llego a Anónimos y noto que algo ha cambiado. Él ya no me espera dentro de la habitación. Está en el pasillo, apoyado contra la pared, justo al lado de la puerta de la 402. Al verme aparecer al final del corredor, se endereza. No dice nada, pero su lenguaje corporal es un grito de alivio.
Entramos y, antes de que pueda cerrar la puerta, sus manos ya están en mi cintura. Me atrae hacia él con una fuerza que me deja sin aliento. Sus dedos se entierran en la seda de mi vestido, buscando el contacto de mi piel.
—Has estado conmigo toda la semana —susurra contra mi máscara. Su aliento huele a sándalo y a algo intensamente masculino que me hace flaquear las rodillas.
—Y tú en la mía —confieso, rodeando su cuello con mis brazos—. No he podido concentrarme. Veía tu sombra en cada esquina de mi oficina. Escuchaba tu voz en mitad de las reuniones.
Él suelta un gemido bajo y me besa. Es un beso profundo, cargado de una necesidad que ha madurado durante los días de ausencia. Sus manos bajan por mis caderas, apretándome contra él, recordándome la geometría de nuestro deseo. Somos dos piezas de un puzzle que solo encajan en la oscuridad.
Nos dejamos caer en el sofá de terciopelo. Él se sienta y me coloca sobre sus piernas, frente a frente. Sus manos toman las mías y las eleva, besando mis nudillos uno a uno con una devoción que me desarma.
—Dime qué has hecho hoy —me pide, mirándome a través de los agujeros de su máscara de cuero.
—He sido perfecta —respondo con amargura—. He dicho las palabras correctas, he vestido la ropa correcta y he ocultado cada uno de mis pensamientos. He sido la abogada que mi familia espera que sea.
—Y ahora eres mi chica de rojo —dice él, bajando una de sus manos hacia el escote de mi vestido—. La única mujer que no tiene que ser perfecta para ser amada.
Esa palabra, "amada", flota en el aire de la habitación 402 como una mota de polvo bajo la luz de una vela. Ninguno de los dos la atrapa, pero ambos sabemos que está ahí. La sensualidad de la noche se vuelve más densa, más íntima. Sus manos ya no solo buscan el placer inmediato; buscan reconocer cada centímetro de mi vulnerabilidad.
Sus dedos recorren la línea de mi mandíbula, bajando por mi cuello hasta detenerse justo donde late mi corazón. Siente mi pulso errático y una sonrisa lenta se dibuja en sus labios, la única parte de su rostro que puedo ver con claridad.
—Tu corazón me dice la verdad que tu boca a veces calla —murmura.
Me dejo llevar por sus caricias, por ese lenguaje táctil que ha sustituido a cualquier código legal en mi vida. En la penumbra, nuestras confesiones se mezclan con los suspiros. Le cuento que odio el café frío de mi oficina y él me cuenta que a veces se siente observado incluso cuando está solo. Son detalles nimios, pero bajo este techo, son tesoros de identidad robados al mundo exterior.
El sexo es explosivo, como siempre, pero esta vez hay una desesperación nueva. Nos buscamos con una urgencia que roza el dolor, como si estuviéramos intentando fusionar nuestras identidades antes de que el amanecer nos obligue a separarnos. Sus manos sujetan las mías contra el respaldo del sofá, y en ese encierro, me siento más libre que en cualquier otro lugar de la tierra.
Cuando finalmente nos quedamos quietos, abrazados bajo la manta de seda burdeos, me doy cuenta de que el anonimato ha empezado a ser una cárcel. Quiero saber su nombre. Quiero saber si sus ojos son cafés o azules. Quiero saber si se ríe de la misma forma fuera de estas paredes. Pero el miedo es un guardián implacable. ¿Y si al saber quién es él, el hechizo se rompe? ¿Y si él no puede amar a la abogada gris tanto como ama a la mujer de rojo?
Cierro los ojos, aspirando el último rastro de sándalo antes de que el reloj me obligue a volver a mi vida en gris perla.
El miércoles por la tarde, el aire en el bufete se siente tan denso que casi puedo masticarlo. Estoy en mi despacho, rodeada de carpetas con el sello de "Confidencial", pero mi atención está fijada en un pequeño detalle absurdo: el reflejo de la luz en mi anillo de graduación. Oro frío. Éxito prefabricado.
Elena entra sin llamar, cerrando la puerta tras de sí con un clic que me pone los pelos de punta. Se sienta frente a mí y me observa durante un minuto entero sin decir nada.
—Ali, estás desapareciendo —dice finalmente. Su voz no tiene el tono burlón de siempre; suena preocupada.
—No sé de qué hablas, Elena. He cerrado tres acuerdos esta mañana. Mi rendimiento es...