Dos salones, un pasillo y un futuro que está a punto de cambiar.
Valeria es la definición de la perfección académica en el 3º A. Con sus apuntes organizados por colores y la mirada fija en su título profesional, no tiene tiempo para distracciones. Para ella, la Escuela Normal es un peldaño más hacia el éxito, un lugar donde cada minuto debe ser aprovechado.
Al otro lado de la pared, en el 3º B, vive Julián. Él no busca las mejores notas, sino los mejores momentos. Relajado, carismático y con la habilidad de encontrar belleza en el caos, Julián cree que la vida sucede en los descansos, no en los libros.
Cuando un choque accidental en el pasillo cruza sus mundos, se desencadena una reacción en cadena que ninguno de los dos puede controlar. Lo que empieza como una curiosidad incómoda se transforma en una serie de encuentros robados bajo la sombra de los almendros y susurros en la biblioteca. Sin embargo, el camino no será fácil: las expectativas sociales, la presión de la graduación y la
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Capítulo 1: La Intersección de los
Jueves
El reloj de pared sobre la pizarra del 3º A parecía haberse detenido. Valeria ajustó por tercera vez sus lentes y volvió a revisar sus apuntes de Geografía. El silencio en su salón era absoluto, interrumpido únicamente por el roce de los bolígrafos contra el papel y el suspiro ocasional de algún compañero agobiado. Para Valeria, el orden no era una opción, era una necesidad. Sus cuadernos eran un arcoíris organizado de títulos en azul y conceptos subrayados en amarillo. Ella sabía exactamente dónde quería estar en cinco años, y para lograrlo, cada minuto de esa clase contaba.
A pocos metros de distancia, separados apenas por una pared de ladrillos y una puerta de madera, el ambiente en el 3º B era radicalmente distinto.
Julián sostenía su lápiz, pero no estaba escribiendo. Observaba a través de la ventana cómo las hojas de los árboles bailaban con el viento de la tarde. No era un mal estudiante; simplemente creía que la vida no se podía resumir en una boleta de calificaciones. Tenía un promedio aceptable, lo suficiente para no preocupar a sus padres, pero su mente siempre estaba un paso más allá de las ecuaciones de segundo grado. Para él, la escuela era el escenario de las anécdotas, de las risas en el descanso y de esos momentos suspendidos en el tiempo.
El timbre sonó, rompiendo el hechizo. El cambio de clase era el único momento en que los universos del "A" y del "B" colisionaban en el pasillo principal de la Escuela Normal.
Valeria salió de su salón con paso firme, abrazando sus libros contra el pecho como si fueran un escudo. Tenía que llegar a la biblioteca antes de que los mejores cubículos se ocuparan. Sin embargo, el pasillo era un caos de adolescentes corriendo y gritando.
—¡Cuidado! —escuchó una voz masculina.
Antes de que pudiera reaccionar, alguien que venía distraído chocó contra su hombro. No fue un golpe fuerte, pero sí lo suficiente para que su separador de hojas favorito —uno con forma de hoja de roble que ella misma había plastificado— cayera al suelo.
Julián se agachó rápidamente. Sus dedos rozaron el suelo al mismo tiempo que los de ella.
—Lo siento, de verdad. Estaba tratando de esquivar a los de primer año —dijo él, extendiendo la mano con el separador.
Valeria levantó la vista. Se encontró con unos ojos que, a diferencia de los suyos que siempre estaban analizando algo, se veían completamente tranquilos. Julián sonreía de esa manera despreocupada que a ella siempre le había parecido un misterio.
—Es... es delicado —dijo Valeria, recuperando su objeto y limpiándole un polvo inexistente—. Gracias.
—De nada, "Chica de los Apuntes Perfectos" —bromeó Julián, reconociéndola de las ceremonias de honor donde ella siempre subía al estrado.
Valeria frunció el ceño, aunque sintió un extraño calor en las mejillas.
—Me llamo Valeria. Y no son perfectos, solo están organizados.
—Soy Julián —respondió él, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón—. Y para mí, cualquier cosa que use más de dos colores de tinta ya califica como una obra de arte. Yo con suerte encuentro mi lapicero negro cada mañana.
Valeria soltó una pequeña risa que intentó ocultar de inmediato tras una expresión seria. Julián la observó con curiosidad. Había algo en la rigidez de Valeria que le daban ganas de invitarla a simplemente sentarse a ver las nubes, y había algo en la calma de Julián que a Valeria le resultaba irritantemente fascinante.
—Deberías correr, Julián. El profesor Martínez no deja entrar a nadie al 3º B si pasan más de cinco minutos —advirtió ella, señalando el reloj.
—El profesor Martínez y yo tenemos un acuerdo tácito: él finge que me explica y yo finjo que entiendo —dijo él guiñándole un ojo antes de retroceder hacia su salón—. Nos vemos luego, Valeria. No estudies tanto, el mundo no se va a acabar hoy.
Valeria se quedó allí, parada en medio del flujo de estudiantes, viendo cómo la espalda de Julián desaparecía tras la puerta del salón de al lado. Por un segundo, olvidó su misión de ir a la biblioteca. Miró su separador de hojas y, por primera vez en el semestre, el orden de sus planes se sintió un poco menos importante que ese breve encuentro en el pasillo.