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El Regreso De La Princesa

El Regreso De La Princesa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Matrimonio arreglado / Mitos y leyendas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: vane sánchez

"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris

NovelToon tiene autorización de vane sánchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: La Red Secreta

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. El palacio de Brumhaven, que durante generaciones había sido un lugar de protocolos rígidos y solemnidad, comenzó a transformarse en algo nunca visto.

Un lobo gris de proporciones imponentes recorría sus pasillos con la libertad de quien es dueño del lugar. Los sirvientes se apartaban respetuosamente a su paso, pero ya sin miedo. Los guardias hacían el saludo cuando lo veían pasar. Los cortesanos, al principio escandalizados, habían terminado por aceptar lo inevitable: el príncipe heredero Eryndor Valdris era ahora un Lobo de Luna, y no había decreto ni tradición que pudiera cambiar ese hecho.

Eryndor había aprendido a controlar sus transformaciones con una rapidez que asombraba incluso a su propia loba interior. Podía pasar de niño a lobo y viceversa en cuestión de segundos, aunque después de cada cambio necesitaba descansar un rato. Pero lo que más disfrutaba era esa hora del atardecer en que su hermana pequeña trepaba a su lomo y juntos recorrían los jardines, las murallas, los pasillos, como si el mundo entero fuera suyo.

—¡Más rápido, Eryndor! —reía Lyra, agarrada al espeso pelaje gris de su hermano mientras él trotaba por el patio de armas, haciendo que los soldados en entrenamiento se apartaran con sonrisas nerviosas.

El lobo gris gruñía con alegría, una especie de risa canina, y aceleraba el paso, con la princesa de cinco años en su lomo, el viento revolviendo sus cabellos castaños.

Nadie que los viera así podría imaginar que esa niña pequeña, que reía montada en su hermano lobo, era en realidad la mente maestra detrás de una red que estaba creciendo en las sombras.

---

Porque Lyra, aunque aparentemente solo jugaba y crecía, no había perdido ni un solo día.

Sabía que el tiempo corría en su contra. Sabía que Varen Crain, aunque ahora era solo un joven oficial de la guardia, pronto comenzaría a tejer sus redes de traición. Sabía que su padre, el rey Aldric, tenía los días contados si ella no hacía algo. Sabía que la noche de sangre volvería a repetirse a menos que ella cambiara el curso de la historia.

Y por eso, en secreto, había comenzado a construir su ejército.

No un ejército de soldados. Un ejército de información.

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Todo había comenzado tres meses atrás, cuando Lyra acompañó a su padre a una inspección de las minas de plata del norte. En el camino de regreso, su comitiva se topó con una caravana de esclavistas que transportaban a un grupo de adolescentes capturados en las aldeas fronterizas.

Lyra, con solo cinco años, había visto suficiente muerte en su vida pasada como para tolerar aquello.

—Papá —dijo, tirando de la manga de Aldric—. Esos chicos. Cómpralos.

El rey la miró con sorpresa.

—¿Comprarlos, pequeña? ¿Para qué?

—Para mí —respondió ella con esa voz que a veces sonaba demasiado adulta—. Para que trabajen en palacio. Necesito sirvientes. Los míos. Los que me gusten a mí.

Aldric sonrió con ternura. Era un capricho de niña, pensó. Pero era un capricho inofensivo, y además, rescatar a esos chicos de los esclavistas era lo correcto.

—Está bien —dijo—. Los compraremos.

Lo que Aldric no sabía era que Lyra ya había estado observando a esos adolescentes durante el tiempo que la caravana estuvo detenida. Había visto la inteligencia en los ojos de algunos, la furia contenida en otros, la lealtad que se intuía en sus posturas. Había visto materia prima para lo que necesitaba.

Esa noche, cuando los doce adolescentes, de entre trece y diecisiete años, fueron llevados a palacio, Lyra los reunió en secreto en sus habitaciones.

Ellos esperaban encontrar a una niña caprichosa que quería jugar a tener sirvientes.

Encontraron a una princesa con ojos demasiado viejos que les cambió la vida.

—Sé lo que es ser esclavo —dijo Lyra, sentada en su silla diminuta, mirándolos a todos con una seriedad que helaba la sangre—. No físicamente, pero sí de otras maneras. Sé lo que es que te quiten la libertad. Sé lo que es que decidan por ti. Sé lo que es que te traten como una cosa.

Los adolescentes se miraron entre sí, desconcertados.

—No los he traído aquí para que sean mis sirvientes —continuó Lyra—. Bueno, sí, en apariencia. Por fuera, serán mis sirvientes. Barreran mis habitaciones, servirán mi comida, me acompañarán a mis paseos. Pero por dentro... por dentro serán otra cosa.

Uno de los chicos, el mayor, de unos diecisiete años, dio un paso adelante. Era alto, de pelo oscuro y ojos penetrantes, y en su mirada había desconfianza.

—¿Y qué seremos, princesa? —preguntó con voz recelosa—. ¿Qué clase de juego es este?

Lyra lo miró fijamente.

—¿Cómo te llamas?

—Darian.

—Darian —repitió Lyra—. Dime, Darian, ¿qué harías si pudieras elegir? Si no fueras un esclavo rescatado, si tuvieras libertad de verdad, ¿qué harías?

El chico frunció el ceño.

—No lo sé. Nunca he pensado en eso.

—Piénsalo ahora —ordenó Lyra—. Tienes un minuto.

El silencio se extendió en la habitación. Los otros adolescentes miraban a Darian, esperando. Finalmente, el chico habló.

—Yo... yo siempre he sido bueno escuchando —dijo lentamente—. En el mercado de esclavos, aprendía cosas de los guardias. Quiénes eran sus enemigos, quiénes sus amigos, qué planes tenían. Nadie se fijaba en mí, pero yo lo oía todo.

Lyra sonrió. Era la primera sonrisa auténtica que Darian le veía, y por un instante, la niña de cinco años pareció... vieja. Terriblemente vieja.

—Perfecto —dijo—. Darian, a partir de ahora, tu trabajo será escuchar. Escucharás a los guardias, a los sirvientes, a los cortesanos. Escucharás sus conversaciones, sus secretos, sus miedos. Y me lo contarás todo.

Darian parpadeó.

—¿Para qué?

—Para proteger a mi familia —respondió Lyra con sencillez—. Hay gente que quiere matar a mi padre, a mi hermano y a mí. Gente que aún no ha mostrado su verdadera cara. Gente en la que todo el mundo confía. Necesito saber quiénes son antes de que actúen. Y necesito gente como tú para descubrirlo.

Los adolescentes se miraron entre sí. Lo que decía aquella niña era... imposible. Y sin embargo, había algo en su mirada que hacía que uno quisiera creerle.

Una chica de pelo rojizo, de unos quince años, dio un paso adelante.

—Yo me llamo Mira —dijo—. Mis padres eran comerciantes antes de que los mataran. Sé llevar cuentas, sé organizar, sé mentir si hace falta. ¿Eso sirve?

Lyra asintió.

—Mira, tú serás mi administradora. Llevarás los registros de todo lo que descubramos. Y me ayudarás a organizar a los demás.

Otro chico, más joven, de unos trece años, levantó la mano tímidamente.

—Yo... yo soy Kael. Corro muy rápido. Y sé trepar. Nadie me atrapa si no quiero.

—Mensajero —dijo Lyra—. Perfecto.

Uno a uno, los doce adolescentes fueron encontrando su lugar. Había quien sabía de hierbas y venenos, quien conocía los códigos de los comerciantes, quien tenía oído para los idiomas extranjeros, quien recordaba cada rostro que veía. Lyra los escuchó a todos, y a todos les encontró un propósito.

Cuando terminó, los doce estaban de rodillas frente a ella.

—Princesa —dijo Darian, con una voz que ya no tenía recelo, sino algo parecido a la devoción—. Nos has dado la libertad. Nos has dado un propósito. Nadie nos había mirado como personas hasta hoy. Te juramos lealtad. A ti y a tu familia. Hasta la muerte, si es necesario.

Lyra sintió un nudo en la garganta. En su vida pasada, había muerto sola en un bosque. Ahora, tenía doce personas que la protegerían.

—Arriba —dijo—. No quiero siervos. Quiero aliados. Quiero amigos. Y quiero que sepan una cosa: si esto sale bien, si logramos proteger a mi familia y al reino, no serán sirvientes el resto de su vida. Serán lo que quieran ser. Tendrán tierras, títulos, riquezas. Lo juro por la luna que me escuchó cuando morí.

Los adolescentes no entendieron del todo esas últimas palabras, pero no importaba. El juramento estaba hecho.

Y así nació la Red de la Luna.

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En los meses siguientes, los doce se convirtieron en veinte, y veinte en treinta. Lyra era cuidadosa: solo reclutaba a aquellos que habían sido rescatados de situaciones terribles, a aquellos que le debían la vida, a aquellos cuya lealtad podía estar segura. Los colocaba en posiciones estratégicas por todo el palacio y la ciudad: sirvientes, ayudantes de cocina, mozos de cuadra, aprendices de artesanos, vendedores ambulantes.

Nadie sospechaba de ellos. Nadie miraba dos veces a un sirviente que barre el suelo o a un vendedor que ofrece sus mercancías.

Pero ellos lo veían todo. Lo oían todo. Y cada noche, los informes llegaban a Lyra a través de Kael, el mensajero, que trepaba por los muros del palacio como una lagartija y se deslizaba por la ventana de la princesa con la facilidad de quien ha nacido para eso.

Lyra leía cada informe con atención, memorizando nombres, fechas, lugares. Y en su mente, un mapa de la traición comenzaba a tomar forma.

Varen Crain aún no había hecho nada sospechoso. Pero ella sabía que lo haría. Sabía que había otros, muchos otros, que aún no habían mostrado sus cartas. Y cuando lo hicieran, ella estaría lista.

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Una tarde, mientras Lyra montaba a Eryndor por los jardines, su hermano en forma de lobo se detuvo de repente. A través del vínculo, Lyra sintió su preocupación.

"Lyra", dijo la voz doble de Eryndor en su mente. "Papá quiere hablar con nosotros. Es importante."

Bajó del lomo de su hermano y juntos, niño y lobo, se dirigieron a las estancias del rey.

Aldric los esperaba sentado junto a la chimenea, con el rostro grave. Sobre la mesa, había un pergamino con un sello extranjero.

—Hijos —dijo cuando entraron—. Tenemos que hablar.

Eryndor, que había vuelto a su forma humana (Lyra ya se había acostumbrado a verlo desnudo después de las transformaciones, aunque él siempre se apresuraba a cubrirse con una túnica), se sentó junto a su padre.

—¿Qué pasa, papá?

Aldric suspiró profundamente.

—Ha llegado una carta del reino de Aurelia. Su emperador, Valerius Corvax, propone una alianza. Y para sellarla... ofrece a su hermana, la princesa Isolda, como esposa para mí.

El silencio se hizo en la habitación.

Lyra sintió que el mundo se detenía. Isolda de Aurelia. En su vida pasada, su padre había contraído matrimonio con ella cuando Lyra tenía siete años. Recordaba vagamente a una mujer hermosa pero distante, que apenas convivía con ella y Eryndor. Recordaba que había dado a luz a un hijo, Rafael, un niño tranquilo y silencioso que siempre permanecía fuera de su vista. Su padre siempre había asegurado el puesto de Eryndor como heredero, y nunca mostró preferencia por su segundo hijo. Lyra apenas recordaba haber visto a Rafael más de un puñado de veces en todos aquellos años.

Pero ahora, al oír el nombre de Aurelia, algo más resonó en su memoria.

El emperador Valerius Corvax. En su vida pasada, había sido un aliado lejano, un nombre que apenas significaba nada. Pero ahora, con la información que había recopilado en los informes de su red, sabía más.

Aurelia era un reino poderoso, con un ejército temible y riquezas incalculables. Una alianza con ellos podría significar la diferencia entre la vida y la muerte cuando llegara el momento de la traición.

Pero también sabía algo más. Algo que solo los informes más recientes le habían revelado.

El emperador Valerius no venía solo. Traía consigo a su hijo, el príncipe Adrian Corvax, un muchacho de la misma edad que Eryndor. Y según los rumores que había escuchado Mira en el mercado, Adrian era algo más que un simple príncipe.

Era un estratega. Un niño prodigio que, a sus diez años, ya había demostrado una inteligencia y una habilidad para la política que asombraba a toda la corte de Aurelia.

Lyra sintió un escalofrío. Un aliado así, con esa inteligencia, podría ser invaluable. O podría ser un peligro, dependiendo de dónde cayeran sus lealtades.

—¿Y qué vas a hacer, papá? —preguntó Eryndor, con el ceño fruncido.

Aldric miró a sus hijos con una mezcla de amor y preocupación.

—No tengo elección, hijo. Una alianza con Aurelia nos daría una fuerza que necesitamos. Hay tensiones en las fronteras, conspiraciones en la corte... necesito aliados fuertes.

—Pero no la conoces —protestó Eryndor—. ¿Y si no es buena? ¿Y si no le importamos?

Aldric sonrió con tristeza.

—Los matrimonios reales rara vez son por amor, Eryndor. Lo sabes. Yo amé a su madre con todo mi corazón, y cuando la perdí, creí que nunca volvería a sentir nada. Pero el reino necesita una reina. Necesitan una madre. Y yo... yo necesito aliados.

Lyra observaba a su padre, y por primera vez, notó algo que en su vida pasada había pasado por alto. El cansancio. La soledad. El peso de la corona.

—Está bien, papá —dijo suavemente—. Entendemos.

Aldric la miró con gratitud.

—Gracias, pequeña. Llegarán dentro de un mes. Quiero que ambos estén presentes en la recepción. Que conozcan a la princesa Isolda y a su familia. Y quiero que... que intenten llevarse bien con ellos. Sobre todo con el príncipe Adrian. Dicen que es muy inteligente. Podría ser un buen amigo para ti, Eryndor.

Eryndor asintió, pero Lyra vio la preocupación en sus ojos. No era fácil para él aceptar que su padre se casara con otra mujer.

Esa noche, Lyra reunió a sus aliados en secreto. Darian, Mira, Kael y los otros escucharon atentamente mientras ella explicaba la situación.

—Necesito información sobre Aurelia —dijo—. Sobre el emperador Valerius, sobre la princesa Isolda, sobre el príncipe Adrian. Todo. Cómo son, qué quieren, qué secretos guardan. Quiero saberlo antes de que pongan un pie en este reino.

Darian asintió.

—Tengo contactos en el puerto. Los comerciantes de Aurelia llegan cada semana. Puedo empezar a hablar con ellos.

Mira añadió:

—Yo revisaré los archivos de palacio. Seguro que hay informes antiguos sobre Aurelia. Cartas, tratados, algo.

Kael sonrió, con esa sonrisa traviesa que siempre precedía a sus misiones más arriesgadas.

—Yo puedo colarme en sus habitaciones cuando lleguen. Escuchar lo que hablan cuando creen que nadie los oye.

Lyra asintió, satisfecha.

—Buen trabajo. Pero sean cuidadosos. Si esta gente es tan lista como dicen, notarán cualquier cosa extraña. Quiero información, no riesgos innecesarios.

Los muchachos asintieron y se dispersaron en la noche.

Lyra se quedó junto a la ventana, mirando la luna.

"¿Crees que es una trampa?", preguntó su loba en su mente.

"No lo sé", respondió Lyra. "En mi vida pasada, apenas tuve contacto con ellos. Isolda siempre fue una figura distante. Rafael, un fantasma. Pero ahora... ahora hay algo diferente. El emperador viene en persona. Y trae a su hijo. Eso no es normal."

"¿Qué crees que quieren?"

Lyra guardó silencio un momento.

"No lo sé. Pero voy a descubrirlo. Y si son aliados genuinos, los tendré de mi lado. Y si no lo son..."

No terminó la frase. No hacía falta.

---

El mes pasó volando. Los informes de Darian y los demás comenzaron a llegar, pintando un cuadro cada vez más completo de la familia imperial de Aurelia.

El emperador Valerius Corvax era un hombre astuto, ambicioso, pero también justo. Había expandido las fronteras de su reino mediante alianzas inteligentes más que mediante guerras. Era viudo, como Aldric, y su hermana Isolda había actuado como primera dama de la corte durante años.

La princesa Isolda era descrita como hermosa, elegante, y profundamente leal a su hermano. Pero también, según algunos rumores, era fría. Distante. Incapaz de mostrar afecto. Los sirvientes de su palacio decían que nunca la habían visto reír.

Y luego estaba el príncipe Adrian.

A sus diez años, Adrian Corvax era una leyenda en su propio reino. Había comenzado a asistir a los consejos de su padre a los siete. Había resuelto una disputa fronteriza a los ocho, negociando personalmente con embajadores el doble de su edad. Había diseñado un sistema de impuestos que aumentó los ingresos de Aurelia en un veinte por ciento sin sobrecargar al pueblo.

Pero también, según algunos, había algo... extraño en él. Demasiado serio para su edad. Demasiado calculador. Como si hubiera nacido sin infancia.

Lyra leyó esos informes con una mezcla de fascinación y aprensión.

"Me recuerda a mí", pensó. "A mí cuando volví del futuro. A mí cuando tenía que aparentar ser una niña pero por dentro era otra cosa."

"¿Crees que él también...?", preguntó su loba.

"No lo sé. Pero voy a averiguarlo. Y si es como yo, si también ha vuelto de algún lugar... entonces tendré que decidir si es aliado o enemigo."

---

La mañana en que la comitiva de Aurelia fue vista desde las murallas, Lyra se preparó con cuidado. Se puso su mejor vestido, se dejó peinar por las doncellas, y se colocó una diadema de plata que su padre le había regalado.

Pero bajo ese aspecto de princesa inocente, su mente trabajaba a toda velocidad.

Junto a ella, Eryndor estaba nervioso. Había decidido permanecer en forma humana para la recepción, aunque Lyra sabía que su lobo interior gruñía inquieto ante la perspectiva de conocer a extraños.

—Tranquilo —le susurró ella, tomando su mano—. Pase lo que pase, estamos juntos.

Eryndor la miró y sonrió, agradecido.

—Siempre juntos.

El rey Aldric, imponente con sus ropas de gala, los guió hacia la gran entrada del palacio.

Las puertas se abrieron.

Y la comitiva de Aurelia comenzó a entrar.

Lyra observó cada detalle. Los soldados, impecables en sus armaduras negras y doradas. Los sirvientes, cargados de cofres que debían contener regalos. Las damas de compañía, vestidas con sedas de colores brillantes.

Y luego, la familia imperial.

El emperador Valerius era un hombre alto, de pelo cano y mirada aguda. Caminaba con la seguridad de quien sabe que es el hombre más poderoso de la sala. A su lado, la princesa Isolda era todo lo que los rumores decían: hermosa como una estatua, fría como el mármol, sus ojos azules recorriendo el palacio sin mostrar emoción alguna.

Y detrás de ellos, un niño.

Adrian Corvax tenía la misma edad que Eryndor, pero parecía mayor. Su pelo era negro como la noche, sus ojos grises como la tormenta. Caminaba con una dignidad que no parecía propia de un niño de diez años, observándolo todo con una atención que no pasó desapercibida para Lyra.

Sus miradas se cruzaron por un instante.

Y Lyra sintió un escalofrío.

Porque en esos ojos grises, vio algo que reconocía.

No era solo inteligencia. No era solo astucia. Era... conocimiento. Era la mirada de alguien que ha visto demasiado. De alguien que sabe cosas que no debería saber.

"¿Loba?", pensó Lyra, alarmada.

"Lo sé", respondió su compañera. "Lo sé. Ten cuidado, Lyra. Ese niño no es lo que parece."

La recepción comenzó con los protocolos de rigor. Discursos de bienvenida, intercambio de regalos, presentaciones formales. Lyra sonrió cuando debía sonreír, hizo reverencias cuando debía hacerlas, dijo las palabras adecuadas cuando llegó su turno.

Pero todo el tiempo, sintió la mirada de Adrian sobre ella.

No era una mirada de admiración o curiosidad infantil. Era una mirada de evaluación. De cálculo. Como si estuviera decidiendo si ella era útil o peligrosa.

Cuando finalmente los adultos se retiraron a sus reuniones y los niños quedaron en la sala de juegos con sus ayas, Lyra supo que llegaba el momento de la verdad.

Eryndor, incómodo, se mantuvo cerca de ella. Adrian, por su parte, se sentó en una silla junto a la ventana, observando el jardín con una expresión impenetrable.

El silencio se extendió.

Finalmente, Adrian habló sin mirarlos.

—Sé que no quieren estar aquí. Yo tampoco. Así que podemos ahorrarnos las pretensiones.

Eryndor frunció el ceño.

—¿Cómo sabes lo que queremos?

Adrian se giró lentamente y los miró. Sus ojos grises parecían perforar el alma.

—Porque desde que entramos, no han dejado de vigilarnos. Tu hermana, sobre todo. Me ha mirado como si intentara leer mis pensamientos.

Lyra sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo el rostro impasible.

—Solo tenemos curiosidad —dijo con su voz de niña—. Es la primera vez que conocemos a alguien de Aurelia.

Adrian sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que sabe que le mienten.

—Claro. Y yo soy un niño normal que juega con soldaditos de madera.

Se levantó de la silla y se acercó a ellos. Cuando estuvo a unos pasos, se detuvo y los miró fijamente.

—Escuchen —dijo, bajando la voz—. No sé qué está pasando aquí. No sé por qué tu hermana de cinco años me mira como si hubiera vivido cien años. No sé por qué tú, príncipe Eryndor, hueles a lobo aunque no hay ningún lobo en la sala. Pero sé una cosa: mi padre quiere esta alianza. Y yo... yo siempre consigo lo que mi padre quiere.

Eryndor dio un paso adelante, protector.

—¿Qué estás insinuando?

Adrian negó con la cabeza.

—No estoy insinuando nada. Solo digo que si vamos a ser aliados, deberíamos serlo de verdad. Sin secretos. Sin mentiras. Porque si hay algo que he aprendido en mis diez años de vida —y aquí su voz tuvo un dejo amargo— es que los secretos siempre salen a la luz. Y cuando lo hacen, suelen destruirlo todo.

Lyra lo miró fijamente. En sus ojos grises, vio algo que le heló la sangre.

Vio a alguien que, como ella, sabía lo que era perderlo todo.

—Tal vez —dijo lentamente— podamos ser aliados. Pero primero, tendremos que aprender a confiar. Y la confianza no se improvisa.

Adrian la miró un largo momento. Luego, asintió lentamente.

—De acuerdo, princesa Lyra. Jugaré a su juego. Por ahora.

Dicho esto, se giró y volvió a su silla junto a la ventana, dejando a los hermanos Valdris con más preguntas que respuestas.

Esa noche, cuando Lyra se reunió con su red, Darian tenía un informe urgente.

—Princesa —dijo, con el rostro pálido—. He descubierto algo sobre el príncipe Adrian. Algo que no aparece en ningún informe oficial.

—¿Qué? —preguntó Lyra.

Darian tragó saliva.

—Hace dos años, cuando tenía ocho, desapareció durante tres meses. Su padre dijo que estaba enfermo, que lo mantenían aislado para que no contagiara. Pero mis contactos en Aurelia dicen otra cosa. Dicen que cuando reapareció, no era el mismo. Dicen que antes era un niño normal, travieso, alegre. Y después... después se convirtió en esto. En esta cosa fría y calculadora que es ahora.

Lyra sintió que el mundo se detenía.

Desapareció durante tres meses. Y cuando volvió, era diferente.

Como ella.

"¿Loba?", pensó.

"Lo sé", respondió su compañera. "Lo sé. Ahora entiendo por qué te miraba así."

Lyra miró por la ventana, hacia la luna.

Había otro como ella. Otro que había vuelto de algún lugar. Otro que sabía.

La pregunta era: ¿aliado o enemigo?

Y esa noche, mientras la luna brillaba sobre el palacio de Brumhaven, Lyra Valdris supo que su misión acababa de volverse mucho más complicada.

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Karen Xochipa León
Es una historia que te atrapa en el momento que quieres leer algo diferente algo nuevo /Smile//Smile//CoolGuy/ algo más, espero con ansias los demás capitulos.
Karen Xochipa León
ahhh ☺️👏🥰🥰 me gustó la ame mucho espero con ansias los demás capitulos es una historia diferente que allá leído te atrapa desde el primer capítulo ☺️👏👏
Mónica Aulet
Muy buen comienzo!!!!
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