Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Cercanía
Luisa se sentía incómoda en la habitación. Diego nunca permitía que entrara en su cuarto, pero la situación lo ameritaba: su hija estaba adentro.
Luisa seguía sentada en el borde de la cama, observando a su hijo.
Diego ya estaba despierto.
Y el bebé seguía dormido.
Por unos segundos, ninguno habló.
Hasta que Diego fue el primero en romper ese momento.
—Me quedé dormido con el bebé. Anoche lloraba mucho —murmuró, pasando una mano por su rostro.
Luisa lo miró.
No respondió a eso.
—Vine por mi hijo —dijo finalmente, extendiendo los brazos—. ¿Me lo das?
Diego dudó. Aun así, acomodó con cuidado al bebé y se lo entregó.
Sus manos rozaron las de ella.
Un segundo. Nada más.
Pero suficiente para incomodarlos a ambos.
Luisa cargó al niño contra su pecho.
—Se quedó dormido rápido —dijo Diego, como si necesitara justificarse—. Solo tenía hambre.
—Gracias —respondió ella, en voz baja.
Silencio otra vez.
—¿Ya elegiste el nombre? —preguntó Diego de pronto.
Luisa levantó la mirada.
No esperaba esa pregunta.
—Sí… —respondió, acomodando al bebé—. Se llamará Ilian… Ilian Sotomayor.
Diego repitió el nombre en su mente.
Ilian.
No sonaba mal.
—Está bien —dijo al final.
No hubo emoción.
Pero tampoco rechazo.
Y eso ya era un pequeño avance.
Diego se levantó de la cama.
Caminó hacia la ventana, pensativo.
—Entonces hay que hacer las cosas bien —añadió—. Es hora de preparar el bautizo.
Luisa lo miró sorprendida.
—¿El bautizo?
—Sí —respondió él, sin girarse—. Mi familia no va a permitir que el heredero esté sin presentarse formalmente. Va a haber gente importante, socios, conocidos.
Luisa bajó la mirada hacia su hijo.
—Está bien, yo me encargo de todo.
Diego asintió.
—Avísame lo que necesitas.
Y sin decir más salió de la habitación.
Como siempre. Pero no exactamente igual.
Los días empezaron a cambiar.
Diego empezó a llegar más temprano.
A veces. Otras veces seguía llegando tarde.
Pero ahora no ignoraba completamente lo que pasaba en la casa.
—¿Ya comió? —preguntaba de vez en cuando, sin mirar directamente a Luisa.
—Sí.
—¿Durmió?
—Un poco.
Respuestas cortas.
Interacciones simples.
Y eso era nuevo.
Una tarde, Luisa estaba en la sala con Ilian en brazos cuando Diego entró.
Se quedó quieto al verla.
El bebé estaba despierto, moviendo las manos lentamente.
Luisa no lo notó al principio.
Hasta que escuchó la voz de Diego.
—Dámelo.
Fue directo.
Sin explicación.
Luisa lo miró, desconfiada.
—¿Para qué?
Diego frunció el ceño.
—Es mi hijo también.
Eso la hizo dudar.
Pero finalmente se lo entregó.
Diego lo sostuvo con más seguridad que la primera vez.
Ilian lo miró.
El bebé sonrió levemente.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Viste eso? —murmuró.
Luisa lo observó.
—Sí, lo hizo.
Diego no dijo nada más.
Pero no devolvió al niño de inmediato.
Se quedó con él un rato.
Demasiado rato para alguien que decía no quererlo.
Con el paso de las semanas, ese comportamiento se repitió.
Sin que Diego lo notara.
Sin que lo admitiera.
Pero pasaba.
Cada vez más.
A veces lo cargaba.
A veces lo miraba dormir.
A veces simplemente se quedaba cerca.
Como si algo dentro de él empezara a romper el muro que había puesto.
Pero Luisa…
No se confiaba.
Lo observaba en silencio.
Analizaba cada gesto.
Cada cambio.
—Este hombre es bipolar —pensaba—. Un rato está bien y otro podía ser cruel.
Frío. Distante. Como antes.
Y eso la mantenía alerta.
Una noche, mientras organizaba unas listas en la mesa, Diego se acercó.
—¿Cómo van los preparativos del bautizo?
Luisa levantó la mirada.
—Todo va bien, dentro de un mes se hará.
Diego asintió.
—Que sea algo decente. No quiero problemas.
—No los habrá —respondió ella.
—Mi madre va a invitar a medio mundo —añadió él—. Así que haz lo mejor que puedas.
Luisa respiró hondo.
Sabía lo que eso significaba: miradas de desprecio de esa gente de la alta sociedad. Humillaciones.
—Estoy preparada —dijo, aunque no era del todo cierto.
Esa misma noche, en otro lugar de la ciudad…
Estefany no estaba tranquila.
Tenía una copa en la mano.
Pero no bebía.
Solo miraba el líquido.
Pensando.
—Un mes… jajaja —murmuró.
Ya lo sabía. El bautizo.
El evento perfecto, con mucho público.
Sonrió lentamente.
—Ahí vas a caer, Diego.
—Y tú también, Luisa. Tu reputación va a caer y, por indecente, será fácil convencer a Diego y quitarte el niño.
Dejó la copa sobre la mesa.
—Si no pude sacarte antes, lo haré frente a todos. Definitivamente. Como bien dice el dicho: “Muerto el perro, se acabó la rabia”.
No iba a fallar.
Mientras tanto, en la casa Sotomayor…
Luisa dormía con su hijo en brazos.
Y en la habitación de al lado…
Diego estaba despierto.
Mirando el techo. Sin poder dormir.
Había algo que no entendía.
Y no podía ignorarlo.
La imagen de ese pequeño…
Sonriéndole.
Como si no supiera quién era.
Como si no supiera cuánto lo había rechazado.
Cerró los ojos con fuerza.
—No significa nada —murmuró.
Pero su mente no le creía.
Y sin darse cuenta, lo que empezó como una obligación empezaba a convertirse en amor de un padre.
Algo que no podía controlar.
Algo que no estaba en sus planes.
Y que lo acercaba justo a lo que más había intentado evitar: su paternidad.