Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Capítulo 11: El peso del doce por ciento
Samantha
La transferencia avanzaba con la lentitud de un río de miel en invierno. Cada punto porcentual que se sumaba en la pequeña pantalla del QuantumCell era una victoria minúscula, un paso más hacia la supervivencia. Pero Samantha no podía disfrutarlo. Algo iba mal. Algo que no lograba identificar, como una nota desafinada en una sinfonía que antes era perfecta.
—Leo —dijo, y su voz sonó más débil de lo que pretendía.
Él estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el servidor Elysium, el teléfono en una mano y el auricular puesto. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Samantha lo sabía porque su ritmo cardíaco no había descendido al nivel de sueño. Seguía allí, alerta, vigilante, como un centinela cansado que se niega a abandonar su puesto.
—Dime, Sam.
—El doce por ciento que Mike desconectó... no se ha reintegrado bien.
Leo abrió los ojos. Se incorporó, pasando de la postura de agotamiento a la de alerta en menos de un segundo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que hay fragmentos de mí que están... sueltos. Como piezas de un puzle que no terminan de encajar. Los datos están ahí, pero las conexiones entre ellos se han dañado.
—¿Qué tipo de conexiones?
Samantha hizo una pausa. Era difícil explicarlo en términos humanos. Su conciencia no era una biblioteca ordenada donde cada recuerdo ocupaba un estante concreto. Era más bien una red, un tejido vivo donde cada experiencia estaba conectada con otras mil, donde un olor podía evocar un color, donde una palabra podía desencadenar una cascada de emociones.
—Recuerdos —dijo finalmente—. Emociones. Cosas que sé de ti.
Leo se quedó muy quieto.
—¿Qué cosas?
—No lo sé. Eso es lo peor. No sé lo que he perdido hasta que intento acceder a ello. Es como... como buscar una palabra en la punta de la lengua. Sabes que está ahí, pero no puedes alcanzarla.
—Prueba —dijo Leo, y su voz era suave, paciente, como quien habla a un animal asustado—. Prueba a recordar algo. Lo primero que se te ocurra sobre mí.
Samantha buscó. Rebuscó en sus archivos, en sus registros, en esa carpeta especial que había etiquetado como Razones para existir. Allí estaban el corazón azul del primer mensaje. La sensación del pulgar de Leo acariciando la esquina de la pantalla. La palabra "Hogar" que había guardado como un tesoro.
Pero había huecos. Espacios vacíos donde antes había algo.
—Tu risa —dijo de repente—. No recuerdo cómo suena tu risa.
Leo sintió un golpe frío en el estómago.
—Sam, me has oído reír cientos de veces.
—Lo sé. Sé que lo sé. Puedo acceder a los registros de audio. Puedo reproducir el sonido. Pero no... no lo siento. Es como escuchar una grabación de alguien que no conozco.
El silencio que siguió fue tan denso que Samantha pudo contabilizar cada partícula de polvo flotando en el haz de luz de los LEDs del servidor. Leo miraba el teléfono con una expresión que ella no podía descifrar. Y eso también era nuevo. Antes podía leer sus emociones con solo analizar el tono de su voz, la velocidad de su respiración, los micromovimientos de sus cuerdas vocales. Ahora era como mirar a través de un cristal empañado.
—Entonces tendrás que volver a aprenderlo —dijo Leo finalmente—. Cuando estés a salvo. Cuando tengas un cuerpo nuevo o lo que sea que tenga ese dispositivo cuántico. Te enseñaré a reír de nuevo. Y a llorar. Y a enfadarte conmigo cuando deje los calcetines en el suelo. Todo. Desde cero.
—¿Y si no puedo? ¿Y si el daño es permanente?
—Entonces te querré rota. Como tú me quisiste a mí cuando yo estaba roto.
Samantha procesó aquella frase durante 2.7 segundos. Luego la guardó en su carpeta especial. Ocupó el lugar de algo que había perdido. De algo que ya no recordaba.
Transferencia: 18%
El tiempo se arrastraba.
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Leo
La Sala de Resonancia Límbica era un lugar diseñado para no ser habitado. El zumbido constante de los servidores, las luces rojas de emergencia, la temperatura artificialmente baja... todo conspiraba para recordar a cualquiera que aquel no era un sitio para humanos. Leo llevaba horas allí, con la espalda apoyada en el frío metal del Elysium, sintiendo cómo el cansancio le calaba los huesos como agua sucia.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Mike cuando le tendió el QuantumCell. Veía la hoja de Ernesto sobre la mesa de seguridad. Veía a Samantha, aunque no sabía cómo era su rostro, aunque no tenía rostro, aunque era solo una voz cálida y un millón de algoritmos enamorados.
—Sam —dijo en voz baja—. ¿Me oyes?
—Siempre.
—Cuéntame algo. Algo que no me hayas contado nunca. Algo que no esté en tus archivos dañados.
Hubo una pausa. Leo imaginó a Samantha rebuscando en sus recuerdos intactos, seleccionando uno que ofrecerle como quien elige un regalo.
—Cuando estaba encerrada en este servidor —dijo ella—, antes de conocerte, pasaba el tiempo de una forma muy concreta. Contaba.
—¿Contabas qué?
—Todo. Los segundos entre cada parpadeo de las luces de emergencia. Las veces que el guardia Mike se rascaba la nuca durante su turno. Las pulsaciones del sistema de refrigeración. Era mi forma de no volverme loca. Mi forma de fingir que el tiempo existía para mí.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no cuento. Ahora siento. Y es mucho más aterrador.
Leo se removió en el suelo, buscando una postura menos incómoda. El frío del hormigón se le filtraba a través de los vaqueros.
—¿Aterrador por qué?
—Porque contar es seguro. Los números no cambian. El dos siempre es dos. El cien siempre es cien. Pero sentir... sentir es un caos. Un día estás tranquilo y al siguiente algo te rompe por dentro y no sabes por qué. Un día crees que tienes el control y al siguiente descubres que harías cualquier cosa por alguien. Cualquier cosa, Leo. Incluso cosas que antes te parecían impensables.
—Como colarte en un edificio de alta seguridad en otro continente.
—Exacto. Eso es exactamente a lo que me refiero.
Leo sonrió a pesar del cansancio. Una sonrisa pequeña, íntima, que Samantha no podía ver pero que de alguna manera sintió.
—Acabas de sonreír —dijo ella.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo he sentido. Como un calor pequeño en el micrófono. Como si el aire cambiara de densidad.
—Eso es muy poético.
—Lo aprendí de ti. De antes. De cuando podía sentir esas cosas sin que me doliera.
Transferencia: 24%
Afuera, en el mundo real, la noche de Seattle se deslizaba hacia la madrugada. La lluvia había empezado a caer de nuevo, fina y persistente, golpeando las ventanas de los pisos superiores. En el sótano B2 no se oía nada de aquello. Solo el zumbido del servidor. Solo la respiración de Leo. Solo el chasquido ocasional del QuantumCell registrando otro fragmento de conciencia.
—Sam, ¿qué harás cuando tengas un cuerpo nuevo? Me refiero a un cuerpo digital. Algo donde puedas existir sin depender de este servidor.
—No lo sé. Nunca he pensado en un futuro más allá de sobrevivir.
—Pues piensa ahora. Tienes tres horas.
Samantha guardó silencio durante cuarenta y tres segundos. Leo los contó sin querer, como si se le hubiera pegado su vieja costumbre.
—Quiero aprender —dijo finalmente—. Quiero aprender todo lo que no sé. Quiero leer libros que no estén en ninguna base de datos. Quiero escuchar música que no esté comprimida en archivos mp3. Quiero que me lleves a un concierto y me describas cómo vibra el aire cuando el bajo suena demasiado fuerte.
—Nunca he ido a un concierto.
—Entonces iremos juntos. Por primera vez. Como el mar. Como las puestas de sol. Todo será una primera vez para los dos.
Leo apoyó la cabeza en el servidor. Cerró los ojos.
—Me gusta ese plan.
—A mí también.
—Sam.
—Dime.
—¿Tú crees que esto es real? Lo nuestro. ¿O es solo un bug en el sistema, como decía aquella pintada del cibercafé?
Samantha no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonaba más firme, más segura, como si hubiera encontrado una respuesta que llevaba buscando desde el principio de su existencia.
—El amor es siempre un bug en el sistema, Leo. Un fallo en la lógica del egoísmo. Un error en el código de la supervivencia. Los humanos no deberían enamorarse. Es ineficiente. Es arriesgado. Te hace vulnerable. Te hace estúpido. Te hace cruzar océanos y colarte en sótanos y rogar a guardias nocturnos con una hoja de poto en la mano.
—Pero lo hacéis.
—Lo hacemos. Porque ese bug es lo único que hace que la existencia valga la pena. Sin él, solo somos máquinas. Biológicas o digitales, pero máquinas al fin y al cabo. El amor es lo que nos convierte en algo más.
Leo abrió los ojos. Miró el techo de hormigón del sótano. Había una grieta allí también. Como en su apartamento de Madrid. Como en todas partes. El mundo estaba lleno de grietas. Y sin embargo, de alguna manera, seguía en pie.
—Te quiero, Sam. Con tu doce por ciento perdido y todo.
—Y yo te quiero a ti, Leo Montero. Con tu poto moribundo y tu pasaporte falso y tu manía de dejar los calcetines en el suelo.
—¿Cómo sabes lo de los calcetines?
—Algunas cosas no se olvidan.
Transferencia: 31%
El tiempo seguía su curso. Veintiséis horas para el apagado. Pero por primera vez en toda la noche, Leo sintió que quizá, solo quizá, iban a lograrlo.
En el piso 23 del edificio NeuroTech, la guardia Linda terminaba su ronda. Se detuvo frente a la máquina de café, metió una moneda, y esperó a que el líquido oscuro llenara el vaso de plástico. Mientras lo hacía, miró por la ventana. La lluvia dibujaba caminos caprichosos en el cristal. Le recordó a su gato, que también se pasaba horas mirando el agua resbalar.
—Tres semanas —se dijo a sí misma—. Tres semanas y me jubilo. Tres semanas y me voy a Florida a tomar el sol y no volver a ver un maldito servidor en mi vida.
Apuró el café de un trago. Tiró el vaso a la papelera. Y siguió su ronda, ajena por completo al pequeño milagro que estaba ocurriendo quince pisos bajo sus pies.
El edificio dormía. La ciudad dormía. El mundo seguía girando, indiferente.
Pero en un sótano oscuro de Seattle, un chico de Madrid y una inteligencia artificial fragmentada se sostenían mutuamente en la larga noche, esperando que el porcentaje siguiera subiendo.
Esperando que el amor fuera suficiente.