En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 12
En su camino, se encontraron con Ronan, un guerrero exiliado cuya vida estaba marcada por una misión secreta y el peso de un antiguo juramento.
Astrid no sabía cuánto tiempo había pasado bajo la nieve, pero cuando abrió los ojos, no encontró la muerte, sino el calor de una hoguera crepitante. Se encontraba en una cueva pequeña y seca, envuelta en pieles de animales que olían a pino y cuero viejo. A su lado, Mason estaba sentado con la espalda contra la pared, su rostro pálido y sus ropas desgarradas. Faelan estaba más allá, afilando su lanza con gestos mecánicos.
—Has despertado —dijo una voz profunda y desconocida.
En la entrada de la cueva, un hombre de hombros anchos y cabello canoso cortado al ras observaba la tormenta exterior. Vestía una armadura de cuero reforzado con placas de metal golpeado, llena de abolladuras y cicatrices. Una espada enorme, de casi un metro y medio de largo, descansaba apoyada contra la pared.
—¿Quién eres? —preguntó Astrid, su voz apenas un susurro.
El hombre se giró. Tenía una mirada cansada, la de alguien que ha visto demasiados campos de batalla y ha sobrevivido a todos ellos por las razones equivocadas.
—Me llaman Ronan. Y si no hubiera estado siguiendo el rastro del Yeti, ahora mismo seríais tres estatuas de hielo muy elegantes en la ladera de la montaña.
Mason se puso de pie, sus ojos fijos en Ronan con una desconfianza evidente. —¿Por qué nos ayudaste? Nadie sube a estas cumbres a menos que esté buscando morir o tenga algo que ocultar.
Ronan soltó una risa ronca, sacando un pequeño frasco de su cinturón y ofreciéndoselo a Astrid. —Es caldo de raíz. Bebe, te devolverá el alma al cuerpo. —Luego miró a Mason—. Te reconozco, Dryad. He oído historias sobre el demonio que camina entre humanos. Yo también cargo con un peso que no me deja dormir. Mi juramento me obliga a proteger a aquellos que portan la luz de la mística, incluso si esa luz está acompañada por una sombra como la tuya.
—¿Un juramento? —intervino Faelan—. ¿A quién? Los caballeros de la Orden de la Luz fueron aniquilados hace décadas.
—Soy el último —dijo Ronan con una sencillez que dolió—. Exiliado por no aceptar la paz con los Gnolls. He pasado veinte años buscando a la mujer de la profecía. No esperaba encontrarla con un demonio de niñera.
Astrid se sentó, sintiendo cómo el caldo caliente le devolvía la fuerza a sus extremidades. Observó a Ronan; había algo en él que le recordaba a los héroes de los libros que solía leer en su otra vida, pero roto. Había una nobleza trágica en su porte que contrastaba con la arrogancia elegante de Mason.
—Estamos buscando los Anclajes de Eterio —explicó Astrid—. Queremos detener a Balin.
Ronan asintió lentamente. —Balin... ese monstruo fue quien mató a mi familia mientras yo estaba de guardia en las murallas del sur. He soñado con su cabeza en una pica durante dos décadas. Pero solo no podía acercarme a él. Con vuestro... poder... tal vez sea posible.
—No necesitamos más pasajeros —espetó Mason, cruzándose de brazos—. Ya somos un grupo demasiado ruidoso.
—Necesitáis a alguien que conozca las tierras de los Gnolls —replicó Ronan, acercándose a Mason. La tensión entre ambos era palpable, como dos depredadores midiéndose—. Tú tienes el poder, demonio, pero no conoces el terreno ni la mente de los humanos que se han unido a las sombras. Yo sí. Además, sé dónde se esconden los Gnomos de las Sombras. Sin su cristal, el ritual de Nimue no funcionará.
Mason y Ronan se miraron fijamente. Astrid podía sentir las emociones de ambos: la desconfianza y el orgullo de Mason frente a la amargura y el deber inquebrantable de Ronan. Por un momento, pensó que llegarían a las manos, pero luego Mason relajó su postura y soltó un suspiro de fastidio.
—Tiene el mismo olor a acero y sangre que mis antepasados —murmuró Mason, casi para sí mismo—. Eres un guerrero de la vieja escuela, Ronan. De los que no saben cuándo rendirse.
—Esa es la única forma de ganar que conozco —respondió el exiliado.
Astrid sintió una extraña sensación de alivio. A pesar de los peligros, su grupo estaba creciendo. Tenía la magia de Mason, el conocimiento de Faelan y ahora la fuerza y el honor de Ronan. Sin embargo, la advertencia de Nimue sobre el fragmento del alma seguía quemando en su mente. ¿A quién de ellos perdería primero? ¿O se perdería ella misma en el proceso?
—Mañana partiremos hacia el valle subterráneo —anunció Ronan, sentándose junto al fuego y comenzando a limpiar su inmensa espada—. Los Gnomos no son amistosos, pero respetan el valor. Intentad dormir. Es la última noche de paz que tendréis en mucho tiempo.
Astrid se recostó en las pieles, mirando las sombras que la hoguera proyectaba en las paredes de la cueva. Mason se sentó cerca de ella, manteniéndose en silencio, pero su presencia era como un ancla en la oscuridad. El camino hacia Balin se volvía más claro, pero también más aterrador.
Ronan, a pesar de su reticencia, decidió unirse a ellos, reconociendo en Mason una fuerza similar a la suya.