A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: La Nueva Socia
Pov Julian
La sala de juntas de la mansión Harrington estaba exactamente como la recordaba desde niño. Madera oscura en las paredes, una mesa de caoba que podía sentar a veinte personas, y el retrato de mi bisabuelo observándolo todo desde su marco dorado.
Mi abuelo Richard estaba sentado a la cabecera de la mesa, con su traje de tres piezas impecable a pesar de sus setenta y ocho años. Mi madre, Eleanor Harrington, estaba a su derecha, elegante como siempre con su vestido Chanel y sus perlas. Mi hermana Isabella había tenido la inteligencia de inventar una excusa para no venir.
Sabía que esto no sería una simple reunión familiar.
—Julian —comenzó mi abuelo, entrelazando los dedos sobre la mesa—. Tengo entendido que has hecho una inversión interesante recientemente.
—Varias, de hecho —respondí, sirviéndome café de la jarra de plata—. ¿A cuál te refieres específicamente?
—No te hagas el tonto conmigo, muchacho. La empresa Vivez. Una compañía en bancarrota, con deudas millonarias y un escándalo de fraude salpicándola. ¿Por qué diablos invertirías en eso?
Tomé un sorbo de café, dándome tiempo para pensar.
—Veo potencial. Con la administración correcta, esa empresa puede valer el triple en dos años.
—Tonterías —intervino mi madre—. Esto no tiene nada que ver con potencial empresarial. Tiene que ver con esa mujer. La viuda.
La miré con expresión neutra, aunque por dentro sentí una chispa de irritación.
—No sé de qué hablas.
—Raquel Vivez —continuó mi madre, pronunciando el nombre como si fuera veneno—. Cuarenta y cinco años. Cinco hijos. Viuda reciente de un hombre que la dejó en la ruina. ¿En serio, Julian? ¿Esa es tu nueva aventura?
—Eleanor, déjalo hablar —dijo mi abuelo.
—No hay nada que hablar —respondí con calma—. Es una inversión de negocios. Nada más.
—Mentira —mi madre se inclinó hacia adelante—. Te conozco, Julian. Sé cuando estás mintiendo. Y esto huele a uno de tus caprichos.
—Mis caprichos, como tú los llamas, me han convertido en el CEO más joven y exitoso del país —dije, dejando la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria—. Así que sugiero que confíes en mi criterio.
—Tu criterio empresarial es impecable —admitió mi abuelo—. Pero tu criterio personal deja mucho que desear. Lo cual me lleva al verdadero motivo de esta reunión.
Aquí venía. Podía sentirlo.
—Tienes veintisiete años, Julian. Es momento de sentar cabeza. De casarte. De pensar en herederos legítimos para el imperio Harrington.
—No.
—¿Perdón? —mi madre parpadeó sorprendida.
—Dije que no. No voy a casarme solo porque ustedes lo consideren apropiado.
—Julian, tienes responsabilidades...
—Que cumplo —la interrumpí—. Dirijo cinco empresas exitosas. He triplicado el valor de nuestras acciones en los últimos tres años. He cerrado tratos que parecían imposibles. ¿Y ahora quieres que me case como si fuera una transacción de negocios más?
—No es una transacción —dijo mi madre suavemente—. Es tu futuro. Y casualmente, Victoria Sinclair regresó al país. ¿La recuerdas?
Claro que la recordaba. Victoria y yo habíamos salido brevemente hace cinco años. Una relación conveniente que terminó cuando ella se dio cuenta de que yo nunca la amaría.
—Victoria es perfecta para ti —continuó mi madre—. Misma clase social, educación impecable, familia respetable. Y ella siempre ha estado interesada en ti.
—No me interesa Victoria Sinclair.
—Entonces encuentra a alguien que sí te interese —intervino mi abuelo—. Pero hazlo pronto, Julian. Porque si sigues con este estilo de vida de libertino, eventualmente dañarás la reputación de la familia.
La rabia comenzó a hervir en mis venas.
—¿Libertino? He sido discreto con todas mis relaciones. No he causado ningún escándalo. Y francamente, mi vida personal no es asunto de ustedes.
—Todo lo que hagas es asunto de esta familia —dijo mi madre firmemente—. Especialmente si involucra a una mujer inapropiada.
—Eleanor, suficiente —ordenó mi abuelo, pero ella no se detuvo.
—¿Qué planes tienes con esa mujer, Julian? ¿La señora Vivez? ¿Piensas tenerla como amante mientras buscas una esposa apropiada? Porque eso sería...
Me puse de pie tan bruscamente que la silla casi se cae.
—Escúchenme bien, ambos —dije, y mi voz sonó peligrosamente calmada—. Cuando decida casarme, si es que algún día lo decido, ustedes serán los primeros en saberlo. Hasta entonces, sugiero que se mantengan fuera de mi vida personal.
—Julian...
—Y madre —continué, mirándola directamente—. Si intentas acorralarme con Victoria Sinclair o con cualquier otra mujer de tu lista aprobada, te juro que renuncio a la empresa y te dejo a ti manejándola. A ver cuánto duras.
El silencio que siguió fue absoluto.
Mi abuelo fue el primero en hablar.
—Está bien. Tienes razón. Tu vida personal es tuya. Pero Julian, ten cuidado. Sea quien sea esa mujer, asegúrate de que vale la pena el riesgo.
Lo miré a los ojos y vi algo ahí que me sorprendió. Comprensión. Tal vez incluso aprobación.
—Lo haré, abuelo.
Salí de la sala de juntas sintiendo el peso de sus miradas en mi espalda. Sabían. Tal vez no los detalles, pero sabían que Raquel Sanromán era más que una simple inversión empresarial.
Y no les importaba una mierda.
Tres horas después estaba en mi oficina principal revisando los documentos finales para la reunión con Valeria Ochoa. Carolina entró con una tablet.
—Señor Harrington, la señora Ochoa acaba de llegar. Está esperando en la sala de conferencias.
—Perfecto. Dame cinco minutos.
Revisé los números una última vez. El cincuenta por ciento de la empresa Vivez no valía ni la mitad de lo que estaba dispuesto a pagar. Pero esto nunca fue sobre dinero.
Fue sobre poseer cada parte de la vida de Raquel. Incluyendo su empresa.
Entré a la sala de conferencias con mi mejor sonrisa de tiburón. Valeria Ochoa estaba sentada en el extremo de la mesa, vestida de blanco como siempre, con esos aretes de diamantes que reconocí de las fotos como pertenecientes originalmente a Raquel.
—Señora Ochoa —dije, extendiendo la mano—. Gracias por venir.
—Señor Harrington —respondió, estrechando mi mano con firmeza—. Su llamada me sorprendió. No entiendo por qué un hombre como usted estaría interesado en una empresa en quiebra.
—Veo potencial donde otros ven ruinas —dije, sentándome frente a ella—. Y he revisado los números. Con la gestión correcta, esa empresa puede ser muy rentable.
—¿Y qué tiene que ver eso con comprar mis acciones?
—Simple. Necesito control mayoritario para implementar los cambios necesarios. Su cincuenta por ciento más el veinticinco por ciento de la señora Vivez me da ese control.
Valeria se reclinó en su silla, estudiándome.
—¿Cuánto está dispuesto a pagar?
Deslicé un documento a través de la mesa. Ella lo abrió y sus ojos se agrandaron al ver la cifra.
—Esto es... esto es el triple del valor real de las acciones.
—Lo sé.
—¿Por qué pagaría tanto?
—Porque quiero cerrar este trato hoy. Ahora. Y porque puedo permitírmelo.
Vi la codicia brillar en sus ojos. Intentó ocultarla, pero era demasiado obvia.
—Necesito pensarlo...
—Tiene treinta segundos —la interrumpí—. Después de eso, retiro la oferta.
—Eso es ridículo.
—Veintiocho segundos.
Valeria apretó los labios.
—Quiero el cuádruple.
—No.
—Entonces...
—Veintitrés segundos, señora Ochoa. Y créame, esta es la única oportunidad que tendrá de salir de esto con dinero suficiente para vivir cómodamente el resto de su vida.
La vi calcular. Vi el momento exacto en que la codicia venció a la cautela.
—Está bien. Acepto.
Saqué los contratos ya preparados y los deslicé hacia ella.
—Firme aquí. Y aquí. Y aquí.
Valeria firmó con manos ligeramente temblorosas. Cuando terminó, le entregué un cheque certificado por la cantidad acordada.
Ella lo miró como si fuera un sueño.
—No entiendo por qué hace esto, señor Harrington. Pero no me quejo.
—Solo hay una condición —dije, reclinándome en mi silla.
—¿Cuál?
—A partir de este momento, no tiene ningún contacto con la señora Vivez. Nada de visitas a la oficina. Nada de llamadas. Nada de amenazas. ¿Entendido?
Su expresión se endureció.
—¿Esto es por ella? ¿Está haciendo todo esto por Raquel?
—Esto es por negocios —mentí—. Pero si la veo acercarse a ella de nuevo, haré que mi equipo legal la entierre en demandas hasta que no le quede ni un centavo de ese dinero.
Valeria se puso de pie, tomando el cheque con fuerza.
—Puede quedarse con la empresa y con esa perra. Pero esto no termina aquí, señor Harrington. De alguna forma, Raquel Vivez pagará por todos los años que pasé en las sombras.
—¿Es una amenaza?
—Es una promesa.
Salió de la sala dejando un rastro de perfume caro y resentimiento.
Tomé mi teléfono y llamé a Raquel. Contestó al tercer timbre.
—¿Julian?
—Acabo de comprar el cincuenta por ciento de tu empresa. Ahora soy tu socio mayoritario.
El silencio del otro lado fue absoluto.
—¿Qué acabas de hacer?
—Cumplí mi parte del trato. Valeria Ochoa ya no es problema. Ya no puede tocarte.
—Julian, esto es... esto es demasiado...
—Nada es demasiado cuando se trata de ti —dije, y lo dije en serio—. Nos vemos el viernes, Raquel. Y esta vez, te prometo ser más cuidadoso con las marcas.
Colgué antes de que pudiera responder.
Me recliné en mi silla mirando los contratos firmados sobre la mesa.
Ahora era dueño de la mayor parte de su empresa. Pagaba su hipoteca. Controlaba su estabilidad financiera.
La tenía exactamente donde la quería.
Completamente dependiente de mí.
Y lo mejor de todo era que ella había aceptado cada paso del camino.
Mi teléfono vibró con un mensaje de Valeria Ochoa.
"Ganó esta batalla, señor Harrington. Pero la guerra apenas comienza. Y cuando descubra por qué realmente compró esas acciones, cuando todos sepan que el gran Julian Harrington está obsesionado con una mujer veinte años mayor... veremos quién ríe al final."
Borré el mensaje sin responder.
Que amenazara todo lo que quisiera.
Nadie me quitaría a Raquel Sanromán.
Nadie.