¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 17
El aire en el garaje del Badrutt’s Palace se sentía como nitrógeno líquido. El estruendo del motor del Audi negro de Dante rompió el silencio justo cuando el primer proyectil impactó en el parabrisas blindado, creando una telaraña de cristal justo frente a los ojos de Lía.
—¡Abajo! —rugió Dante, empujando la cabeza de Lía hacia sus rodillas mientras metía la marcha atrás con una violencia que hizo chillar los neumáticos.
El coche derrapó, golpeando una columna de hormigón antes de salir disparado hacia la rampa de salida. Lía sentía el corazón en la garganta, sus manos protegiendo instintivamente su vientre. El diario de su padre, cargado con la verdad que acababa de dinamitar su confianza en Dante, golpeaba contra su costado dentro del bolso.
—¿Están detrás de nosotros? —preguntó ella, su voz temblorosa pero extrañamente lúcida.
Dante miró por el retrovisor. Dos todoterrenos negros habían salido del garaje apenas unos segundos después que ellos, sus luces largas parpadeando como ojos de depredadores en la penumbra del amanecer alpino.
—No nos van a dejar llegar al aeropuerto —dijo Dante, su mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse—. Julián sabe que si salimos de Suiza, Gabriel firmará los documentos de Alba Arquitectura y él perderá su última palanca.
—No solo es la empresa, Dante —dijo Lía, mirando de reojo el perfil del hombre que la había engañado—. Es la caja 404. El hombre que nos dispara es el mismo que ayudó a tu padre y al mío a enterrar la verdad del incendio. Julián no quiere que esa historia se cuente.
Dante no respondió. Tomó una curva cerrada a una velocidad suicida, adentrándose en la carretera del Paso del Maloja. A ambos lados, los precipicios cubiertos de nieve prometían una muerte blanca y silenciosa.
...
La persecución se volvió un baile macabro sobre el hielo. La nieve empezaba a caer con fuerza, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros. Lía observaba a Dante; sus manos, las mismas que la habían acariciado con una devoción que ella creía sagrada, ahora manejaban el volante con una precisión gélida. Era un extraño. Un extraño que la amaba, un extraño que la había cazado, un extraño que era el padre de su hijo.
—Dante, para —dijo ella de repente, cuando una ráfaga de viento hizo que el coche se tambaleara cerca del borde.
—No puedo parar, Lía. Si paro, nos matan.
—¡Para el coche! —gritó ella—. No voy a morir en un "accidente" sin que me mires a los ojos y me digas que nada de esto fue una actuación. Desde el momento en que entraste en ese club en Madrid... ¿cuántas veces ensayaste lo que ibas a decirme?
Dante clavó los frenos. El coche patinó sobre el asfalto congelado, girando sobre su propio eje antes de detenerse a escasos centímetros de una barrera de seguridad que daba al vacío. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el siseo del motor caliente y el latido desbocado de sus pechos.
Los perseguidores aún estaban a un par de kilómetros, retrasados por un camión de sal que bloqueaba parcialmente el paso más atrás. Tenían dos minutos. Quizás menos.
Dante se giró hacia ella. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su respiración era un gruñido.
—¿Quieres la verdad? Bien. Ensayé mil veces. Estudié tus horarios, tus gustos, el nombre de tu perro de la infancia. Sabía que odiabas las flores pomposas y que amabas el café solo. Fui allí para seducirte y usarte como mi llave maestra para entrar en la caja fuerte de los Montero.
Lía sintió que una bofetada habría dolido menos. El frío del exterior parecía haberse filtrado en sus huesos.
—Pero en el momento en que me hablaste... —continuó él, su voz quebrándose—, en el momento en que vi la tristeza en tus ojos, la misma que yo cargaba desde el lago, el plan se convirtió en cenizas. No pude hacerlo. No pude destruirte porque me vi a mí mismo en ti. Lía, te juré que te protegería, y lo hice incluso cuando eso significaba ir en contra de mis propios intereses. El dinero de la cuenta suiza... lo usé para financiar tu defensa contra Julián. Me gasté la herencia de mi padre para salvar a la hija del hombre que creía mi enemigo.
Lía lo miró, buscando la grieta en su armadura.
—¿Y por qué no me dijiste lo de tu padre y el incendio? ¿Por qué dejar que siguiera creyendo que el mío era un pirómano?
—¡Porque si te lo decía, admitía que mi padre era un negligente! —gritó él—. Mi padre era todo lo que yo tenía, Lía. Construí mi vida sobre la idea de que éramos víctimas. Aceptar la verdad de tu padre significaba aceptar que mi vida entera era una farsa. No fui lo suficientemente valiente para ser honesto contigo porque tenía miedo de que, sin mi papel de víctima, tú no tuvieras ninguna razón para quererme.
Un impacto violento sacudió el coche. Uno de los todoterrenos los había alcanzado, embistiéndolos por detrás.
—¡Sujétate! —Dante aceleró de nuevo, pero esta vez la dirección no respondía bien. El golpe había dañado el eje trasero.
El coche avanzaba pesadamente mientras el segundo perseguidor se colocaba en paralelo, bajando la ventanilla. El brillo metálico de un subfusil asomó.
—¡Dante, el túnel! —gritó Lía, señalando una abertura en la montaña unos metros más adelante.
Dante viró bruscamente, metiendo el coche en el túnel de mantenimiento, un espacio estrecho y oscuro que no figuraba en los mapas principales. Los perseguidores se vieron obligados a frenar para no chocar contra la entrada estrecha.
Dentro del túnel, Dante detuvo el vehículo. Las luces de emergencia parpadeaban en naranja, bañando la escena de un tono apocalíptico.
—Tenemos que salir a pie —dijo Dante, sacando una pistola del compartimento oculto bajo su asiento—. Hay una salida de emergencia que da a una estación de esquí cerrada. Si logramos llegar allí, podemos pedir ayuda.
Lía bajó del coche, sintiendo el aire gélido golpearla. Caminaron por el túnel, con el sonido de los pasos de sus perseguidores resonando a lo lejos. Dante la guiaba de la mano, y a pesar de todo lo que sabía, Lía no se soltó. En el umbral de la muerte, el cuerpo recordaba lo que la mente intentaba negar: él seguía siendo su único refugio.
...
Llegaron a la estación de esquí abandonada. Los remontes se mecían con el viento, pareciendo esqueletos de metal suspendidos en la nada. Se refugiaron en una pequeña cabaña de control de madera.
Dante se colocó junto a la ventana, vigilando. Lía se sentó en el suelo, envuelta en su abrigo, tratando de controlar los temblores. El embarazo la hacía sentir cada vez más agotada, una debilidad física que odiaba en ese momento.
—Dante —dijo ella en voz baja—. Si salimos de esta... si sobrevivimos a hoy... no puedo volver contigo. No puedo despertar cada mañana preguntándome qué parte de tu amor es real y qué parte es un remanente de tu plan.
Dante no se giró. Se quedó mirando la nieve, su silueta recortada contra la luz lunar.
—Lo sé. No te pediré que me perdones. Solo te pediré que me dejes ver a nuestro hijo. Que no crezca odiando su sangre como lo hicimos nosotros.
—Mi padre te salvó la vida, Dante —continuó Lía, sacando el diario—. Y tú me salvaste a mí de Julián. Quizás esta es la forma en que nuestras familias se perdonan. Un intercambio de vidas a través de las décadas. Pero la deuda ya está pagada. Estamos a mano.
Dante se giró por fin. En su rostro había una desolación absoluta.
—Estamos a mano, pero yo estoy vacío, Lía. Sin el odio por tu padre y sin tu amor... no queda nada de Dante Valerios.
—Queda el padre de mi hijo —respondió ella—. Con eso tendrá que ser suficiente por ahora.
El sonido de una puerta rompiéndose afuera los puso en alerta. Los hombres de Julián habían encontrado la cabaña.
—Escúchame bien —susurró Dante, arrodillándose frente a ella. Le entregó el teléfono satelital que había cogido del coche—. He activado el rastreador. Victoria y Gabriel están en camino con un equipo de seguridad privada. Estarán aquí en diez minutos. Yo voy a salir para distraerlos.
—¡No! Te van a matar —Lía lo agarró de la solapa.
—Es la única forma de que se centren en mí y no registren la cabaña —él la besó en la frente, un beso que supo a despedida definitiva—. Cuida de él, Lía. Cuida del niño del muelle.
Dante salió a la nieve, gritando para llamar la atención. Lía escuchó disparos, gritos y el sonido de una lucha brutal en medio de la ventisca. Se encogió en un rincón, llorando en silencio, apretando el diario de su padre contra su pecho.
Diez minutos que parecieron siglos.
Finalmente, el sonido de las aspas de un helicóptero rompió el aire. Luces potentes iluminaron la estación de esquí. Lía salió de la cabaña, tambaleándose. Vio a Gabriel bajando del helicóptero con hombres armados, rodeando a los perseguidores que ya se rendían.
Pero sus ojos buscaban a otro.
Dante estaba tendido en la nieve, a unos metros de la cabaña. El blanco estaba teñido de un rojo carmesí que se extendía rápidamente. Lía corrió hacia él, cayendo de rodillas.
—¡Dante! ¡Mírame! —le gritó, tomando su rostro entre sus manos.
Él abrió los ojos con dificultad. Una bala le había dado en el costado y otra en el hombro. Sus labios estaban azulados por el frío y la pérdida de sangre.
—Estás... a salvo —susurró él, intentando sonreír—. El plan... funcionó.
—No te atrevas a morir, Dante Valerios —sollozó Lía, presionando su herida con sus manos—. No me dejes sola con este imperio de mentiras. Me debes una vida de verdades.
—Te amo —fue lo último que dijo antes de cerrar los ojos.
los paramédicos subienron a Dante al helicóptero mientras Lía, bañada en la sangre del hombre que la había cazado y salvado, miraba hacia las montañas. El descenso al blanco había terminado, pero el ascenso hacia una vida nueva, si es que Dante sobrevivía, se antojaba como la montaña más alta de todas.