Margo siempre fue la mujer de los planes perfectos, hasta que su prometido la abandonó en el altar por su mejor amiga. Humillada y con la prensa social acechando, Margo decide que no será la víctima de esta historia. En un arrebato de orgullo y dolor, recurre a la única persona que odia tanto como a su ex: Lucas, el rival empresarial de su familia y el hombre que ha intentado hundir sus negocios por años.
Lucas acepta la propuesta de un matrimonio por contrato, pero no por caridad. Él ve la oportunidad de finalmente entrar en el círculo de poder de los de Margo. Lo que comienza como una alianza gélida y transaccional, pronto se convierte en un campo de batalla emocional donde el odio se confunde con una atracción eléctrica. En un juego de apariencias, Margo y Lucas deberán decidir si su unión es la mejor venganza o la peor de sus derrotas.
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Capitulo 16
La puerta del penthouse no se cerró con un estruendo, sino con un clic metálico, definitivo y gélido, que pareció succionar todo el oxígeno del lugar. Lucas se había marchado. No hubo maletas dramáticas, solo él tomando su maletín de cuero y desapareciendo en el ascensor privado, rumbo a su antigua oficina o a alguna suite presidencial donde pudiera volver a ser el hombre de hierro que nunca debió dejar de ser.
Margo se quedó de pie en medio del salón, rodeada de un lujo que de repente se sentía como el decorado de una obra de teatro que acababa de ser cancelada. Se suponía que este era el momento de la victoria: recuperaba su espacio, su autonomía y el silencio que tanto había reclamado durante semanas. Sin embargo, el silencio no era pacífico; era una presencia física, pesada y burlona, que se filtraba por las rendijas del aire acondicionado.
Margo caminó hacia la cocina. El mármol, que antes le parecía elegante, ahora se sentía como una placa de morgue. Abrió la nevera y vio el cartón de leche de almendras que Lucas detestaba, pero que siempre estaba allí, y el café de grano oscuro que él bebía. El orden era absoluto, pero era el orden de un cementerio.
Se sentó en el sofá de cuero, donde apenas unas noches atrás habían compartido risas y miedos bajo la luz de las velas. Se dio cuenta de una verdad devastadora: el despecho, ese fuego furioso que la había mantenido en pie desde el día de la catedral, se había extinguido. Ya no sentía rabia hacia Mateo; de hecho, la imagen de su ex-prometido era ahora una mancha borrosa e irrelevante en su memoria. Lo que sentía ahora era un vacío real, una ausencia que dolía en los huesos.
Su miedo crónico al abandono, ese que había intentado ocultar tras planos de ingeniería y estructuras perfectas, finalmente la había alcanzado. Margo comprendió que toda su vida había construido puentes para que la gente cruzara hacia ella, pero siempre terminaba quedándose en la orilla, viendo cómo se marchaban. Con Lucas, por primera vez, sintió que alguien se había quedado en el medio del puente, dispuesto a quemarlo para que ninguno de los dos tuviera que volver atrás. Y ella, por miedo a las grietas, lo había empujado al abismo.
La casa empezó a hablarle a través de los pequeños detalles. En el baño, el estante donde él guardaba su loción de afeitar estaba vacío, pero el aroma a sándalo y acero permanecía impregnado en las toallas. En el estudio, la silla de cuero todavía conservaba la forma de su espalda.
Margo se dio cuenta de que extrañaba las cosas que antes la irritaban: el sonido de Lucas haciendo llamadas internacionales de madrugada, el ritmo constante de sus pasos, incluso su forma de corregirle el café. La "venganza" se sentía ahora como una moneda de poco valor en un país que acababa de cambiar de divisa. Ya no quería destruir a nadie; solo quería que el penthouse dejara de sentirse como una caja de cristal vacía.
Se refugió en la habitación de Lucas, un espacio que siempre había respetado como territorio prohibido. Se sentó en la cama, sintiendo la frialdad de las sábanas de seda. Allí, en la mesa de noche, vio una pequeña carpeta de color crema, con su nombre escrito en la caligrafía afilada y elegante de Lucas.
Margo abrió la carpeta con manos temblorosas. No era un informe del "Proyecto Caballo de Troya", ni una toma de control de los astilleros. Eran los documentos de propiedad de una pequeña casa de campo en las colinas, un lugar que ella le había mencionado una sola vez, en un susurro durante la tormenta en la cabaña, como el sitio donde soñaba con diseñar sus propios puentes sin la presión de los Valente.
Adjunto a los documentos, había una nota manuscrita:
"Margo, sé que el mundo que te rodea se siente como una jaula. He pasado mi vida construyendo muros, pero contigo quería construir una salida. Esta casa está a tu nombre, sin condiciones, sin cláusulas de matrimonio, sin mi apellido de por medio. Es tu terreno seguro. Úsalo para ser la ingeniera que siempre quisiste ser, no la heredera que el mundo te obliga a ser.
Independientemente de lo que pase entre nosotros, esto es tuyo."
La fecha de la nota era de dos días atrás. Antes de la gran discusión. Antes de que ella lo acusara de usarla. Antes de que él se marchara.
Margo sintió que el corazón se le partía, no con el dolor seco de la traición, sino con el dolor líquido del arrepentimiento. Lucas la había estado cuidando en silencio, proveyendo para sus necesidades más profundas sin pedir reconocimiento, mientras ella buscaba motivos para odiarlo. Él no había planeado su destrucción; había estado planeando su libertad.
Margo abrazó la nota contra su pecho, rompiendo finalmente en un llanto que no tenía nada que ver con la novia plantada en el altar y todo que ver con la mujer que acababa de perder al único hombre que la había visto de verdad. El silencio de las paredes se volvió ensordecedor.
Se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de la ciudad. Lucas estaba en algún lugar de ese mar de cristal y neón, probablemente endureciendo su corazón de nuevo, volviendo a ser el villano que ella le pidió que fuera.
La epifanía fue absoluta: el despecho es una armadura que te protege del mundo, pero también te impide sentir el calor de la persona que intenta salvarte. Margo ya no quería estar protegida. Quería estar herida, si eso significaba estar viva con él.
Margo tomó las llaves del coche y su abrigo. Ya no era la ingeniera que calculaba cada paso, ni la heredera que cuidaba su reputación. Era una mujer que se negaba a permitir que el silencio ganara la batalla. Si Lucas Thorne había construido una salida para ella, ella iba a usarla para encontrar el camino de regreso hacia él.
Salió del penthouse, dejando atrás la nota sobre la cama. El vacío real seguía allí, pero ahora tenía un propósito. Iba a buscarlo, no para discutir el contrato, sino para decirle que el puente todavía estaba en pie, y que esta vez, ella era la que estaba dispuesta a quemar el pasado para cruzarlo.
Genial la novela! Gracias por compartir tu talento!