Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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despedida
Silencio.
—¿Y qué han respondido? —preguntó ella con una calma que ni ella entendía.
Su madre evitó su mirada.
—Aún nada.
Pero su padre sí la miró.
—Queríamos hablar contigo antes.
Eso no la tranquilizó.
—Es un hombre respetado. Viudo. Con grandes tierras y un apellido influyente —continuó su madre—. Es una excelente alianza.
—Necesita una esposa —añadió su padre con voz más grave—. Y un heredero.
Ahí estuvo la verdad.
Desnuda.
Sin adornos.
Raeliana bajó la mirada a sus manos.
—¿Y yo qué necesito? —preguntó en voz baja.
Ninguno respondió.
Esa tarde, el ambiente en la mansión cambió.
Los sirvientes caminaban más despacio.
Las puertas se cerraban con más cuidado.
Como si toda la casa supiera que algo estaba a punto de ocurrir.
Al anochecer, su padre volvió a llamarla.
—Vendrá en tres días —dijo—. El conde desea conocerte formalmente antes de que demos una respuesta definitiva.
Definitiva.
Raeliana entendió que eso significaba que la decisión ya estaba casi tomada.
Los tres días pasaron lentos.
Cuando el carruaje del conde Aurenval llegó, la mansión entera pareció contener el aliento.
Raeliana lo observó desde la escalera.
El mismo porte recto.
La misma expresión fría.
Entró como si no visitara una casa, sino que inspeccionara un territorio.
Hizo una reverencia impecable.
—Conde Rosenthal. Condesa.
Sus ojos se posaron en Raeliana.
—Lady Raeliana.
Se sentaron en el salón principal. Sirvieron té.
No hubo conversación ligera.
Solo silencios medidos.
Hasta que él habló.
—No busco una esposa en el sentido romántico.
Lo dijo mirándola directamente.
—Necesito un heredero que continúe mi linaje.
Raeliana sostuvo su mirada.
Al menos no finge.
—Cumpliré con mi deber —respondió ella con serenidad—, mientras se me trate con respeto.
El conde asintió.
—Eso es suficiente para mí.
Su padre observaba en silencio.
Su madre parecía satisfecha.
—La boda puede realizarse en dos semanas —dijo el conde.
No fue una pregunta.
Fue una decisión.
Y nadie la contradijo.
Cuando el conde se marchó, la mansión quedó en un silencio pesado.
Raeliana subió a su habitación sin hablar.
Leonard la siguió.
—No permitiré que te usen —dijo con los puños apretados.
—No puedes detenerlo.
—Lo intentaré.
Raeliana sonrió con tristeza.
Se acercó a la ventana.
El jardín seguía igual.
Las flores seguían ahí.
Pero ya no sentía que le pertenecieran.
—¿Estás asustada? —preguntó su hermano.
Evelyn pensó unos segundos.
—No.
Leonard frunció el ceño.
—Eso es lo que más me preocupa.
Raeliana no durmió.
Pasó la noche sentada junto a la ventana, mirando el jardín iluminado por la luna como si intentara memorizar cada rincón.
La fuente.
Los setos.
El camino de grava blanca.
Quiero recordar esto tal como es… antes de que deje de ser mío.
—¿Señorita…? —susurró Marta desde la puerta.
—Pasa.
La doncella entró con una vela en la mano.
—El carruaje del conde llegará antes del mediodía.
Raeliana asintió.
—¿Ya están listos los baúles?
—Sí, señorita.
Silencio.
—Marta… ¿tú crees que una puede acostumbrarse a no ser feliz?
La doncella bajó la mirada.
—Creo que una puede aprender a soportarlo.
Raeliana sonrió con tristeza.
—Eso no suena mejor.