"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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Cenizas del pasado
En la terraza de la villa, el silencio se instaló entre Damian y Vittoria una vez que Alessandra se marchó. Damian se quedó mirando hacia el camino por donde el coche se había perdido, con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de irritación y una preocupación que se negaba a admitir.
—Finalmente se ha ido —dijo Vittoria, acercándose a él y rompiendo el silencio con esa voz de seda que solía cautivarlo—. Esa chica es un torbellino de problemas, Damian. No entiendo cómo has podido soportar tanta insolencia bajo tu techo.
Damian no respondió de inmediato. Se giró hacia ella, observando su belleza perfecta, su elegancia impecable y ese linaje que lo hacía su pareja ideal ante los ojos de cualquier sociedad. Años atrás, Damian habría visto en ella su destino. Pero ahora, mientras Vittoria hablaba de barcos, rutas y alianzas, él se sentía extrañamente vacío.
—Son negocios, Vittoria. Solo eso —respondió él con voz plana.
—¿Solo negocios? —ella dio un paso más, invadiendo su espacio personal. El perfume de gardenias lo envolvió, pero para su sorpresa, le resultó asfixiante comparado con el aroma sutil a jazmín que Alessandra dejaba a su paso—. No me mires así, Damian. Sé que nuestra pausa fue larga, pero nunca nos dijimos adiós. He vuelto para retomar lo que es mío.
Vittoria alargó su mano y acarició la mejilla de Damian, bajando lentamente hacia su cuello. Se inclinó hacia él, rozando sus labios con una insinuación clara, un desafío que buscaba reencender la llama que una vez compartieron.
Damian no se movió. No la apartó, pero tampoco respondió al gesto. En su mente, en lugar de la perfección de Vittoria, apareció la imagen de los ojos llenos de rabia y dolor de Alessandra. Recordó cómo ella lo enfrentaba, cómo su fuego lo quemaba y lo hacía sentir vivo de una forma que la frialdad de los D’Angelo nunca lograría.
Se dio cuenta, con un golpe de realidad que le heló la sangre, de que no sentía absolutamente nada por la mujer que tenía delante. La pasión por Vittoria se había convertido en cenizas.
—Vittoria —dijo él, apartando la mano de ella con una firmeza que la dejó helada—, el pasado no es un lugar al que podamos volver.
—¿Es por ella? —preguntó Vittoria, con la voz cargada de un odio repentino—. ¿Es por esa pequeña burguesa arruinada que me desprecias?
—No es por nadie —mintió él, tratando de probarse a sí mismo que Alessandra no tenía poder sobre sus decisiones—. Es simplemente que los términos han cambiado.
Pero mientras caminaba hacia su propio coche, Damian sabía que se estaba engañando. Su mente estaba en la mansión, en esa habitación donde Alessandra probablemente lo odiaba en ese momento. Se dio cuenta de que Alessandra ya no era solo una garantía o una "propiedad". Ella había ocupado un lugar que él nunca pensó ceder, un lugar que lo hacía vulnerable, furioso y, por primera vez en su vida, profundamente humano.
Había intentado convencerse de que no sentía nada por ella, pero el vacío que sentía al estar con Vittoria era la prueba definitiva: Alessandra Cavalli se había convertido en su debilidad más peligrosa.