Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
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Capítulo 23: El Calor de la Resina y el Eucalipto
Tras el arresto de Valerius y la limpieza de los traidores en la empresa, la mansión Varma finalmente recuperó su silencio, pero esta vez era un silencio cálido. La madre de Leo fue trasladada a una clínica de recuperación de lujo, propiedad de la familia, para terminar su tratamiento con total seguridad. Adrián y Leo, por fin, se quedaron solos en la inmensidad de la casa.
La noche era fría, pero la chimenea de la habitación principal de Adrián estaba encendida. No era la habitación de un CEO, era el santuario de un hombre que acababa de sobrevivir al infierno.
Leo entró en la habitación con dos copas de vino, pero al ver a Adrián sentado en el borde de la cama, solo con una bata de seda blanca, se detuvo. El aroma a pino de Adrián ya no era una defensa; era una invitación. Era un olor dulce, denso y cargado de una necesidad que los meses de tensión habían reprimido.
— Leo —susurró Adrián, extendiendo una mano—. Deja el vino.
Leo dejó las copas en la mesilla y se acercó. Su aroma a eucalipto se volvió inmediatamente ahumado, una fragancia profunda que envolvía la habitación como una manta de terciopelo. Se arrodilló entre las piernas de Adrián, apoyando sus manos grandes en los muslos del Omega.
— Casi te pierdo en ese fuego —dijo Leo, con la voz vibrando de una emoción cruda—. Cada vez que cierro los ojos, veo las llamas rodeándote.
Adrián acunó el rostro de Leo, acariciando con sus pulgares las ojeras del Alfa.
— Pero no me perdiste. Estás aquí. Y yo estoy aquí. Y por primera vez en mi vida, no tengo que ser el "CEO perfecto" para nadie. Solo quiero ser tuyo.
El beso que siguió no fue como los anteriores. No hubo urgencia de peligro, sino una lentitud deliberada. Leo saboreó los labios de Adrián, sintiendo cómo el Omega se derretía contra él. El aroma a resina de pino se volvió embriagador, mezclándose con el eucalipto en una danza química que hacía que el aire pesara.
— No he podido pensar en otra cosa desde que te saqué de ese fuego —gruñó Leo contra el oído de Adrián, su voz una vibración grave que hizo que las rodillas del rubio flaquearan—. Oler tu miedo casi me vuelve loco. Necesito reemplazar ese aroma ahora mismo.
Leo hundió su rostro en el cuello de Adrián, justo sobre la glándula de aroma. Su lengua delineó la piel sensible, provocando que Adrián soltara un gemido agudo que se perdió en el silencio de la mansión. El pino de Adrián estalló, volviéndose dulce y pegajoso, la señal inequívoca de que su cuerpo estaba reclamando a su Alfa.
Con un movimiento fluido, Leo deshizo el nudo de la bata de seda. La prenda resbaló por los hombros de Adrián, revelando su piel de porcelana, ahora encendida por un rubor febril. Leo no esperó; levantó a Adrián, obligándolo a enroscar sus piernas alrededor de su cintura, y lo llevó hacia la cama matrimonial.
Al caer sobre las sábanas, el peso de Leo sobre él fue lo que Adrián siempre había anhelado. Las manos de Leo, grandes y expertas, recorrieron el torso de Adrián con una urgencia posesiva, deteniéndose en sus caderas para apretar con fuerza, reclamando territorio.
— Eres mío, Adrián —susurró Leo, su mirada verde oscurecida por un deseo primitivo—. Ni la muerte, ni los Thorne, ni nadie podrá quitarme este aroma.
— Tuyo... —jadeó Adrián, arqueando la espalda cuando Leo comenzó a succionar la piel de su pecho, dejando marcas violáceas que gritaban propiedad—. Hazme tuyo de verdad, Leo. No quiero más barreras.
La ropa de Leo desapareció en segundos. El cuerpo del Alfa era una obra de arte de músculos tensos y calor irradiante. Cuando sus pieles se tocaron por completo, la habitación pareció cargarse de electricidad estática. Leo se posicionó entre las piernas de Adrián, sus dedos buscando la humedad que el Omega ya estaba produciendo de forma natural, preparándose para su Alfa.
Cada toque era una descarga. Leo entró en él con una lentitud tortuosa, disfrutando de cómo las paredes del Omega se estrechaban a su alrededor, dándole la bienvenida al calor del eucalipto. Adrián echó la cabeza hacia atrás, con los ojos nublados por el placer, mientras sus dedos se clavaban en los hombros anchos de Leo.
— Más... por favor, Leo... —suplicó Adrián, su voz rota por el placer—. No te detengas.
Leo aceleró el ritmo, sus embestidas se volvieron profundas y rítmicas, haciendo que el dosel de la cama crujiera. El aroma en la habitación era casi sólido: el eucalipto ahumado envolviendo al pino resinoso en una cópula química que anulaba cualquier rastro de lógica. Leo buscó la boca de Adrián, devorando sus quejidos en un beso hambriento mientras sus cuerpos chocaban con una intensidad que hacía que el mundo exterior dejara de existir.
En el clímax de la unión, Leo mordió suavemente el cuello de Adrián, no para marcarlo permanentemente todavía, sino para anclarlo a él. Adrián gritó su nombre mientras ambos colapsaban en una explosión de placer que los dejó temblando, entrelazados y empapados de sudor, con sus corazones latiendo al mismo ritmo desenfrenado.