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La Obsesión Del Alemán

La Obsesión Del Alemán

Status: En proceso
Genre:Dominación / Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:9.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA MESERA

Nunca había salido de un club con la mente tan llena de una sola imagen. Normalmente, después de un show, Sergei soltaba alguna broma, hablábamos de negocios o nos íbamos rápido. Pero esta vez ninguno de los dos abrió la boca de inmediato cuando la música terminó y ella salió del escenario.

La seguí con la mirada mientras desaparecía entre las cortinas plateadas. Su último movimiento, la curva de su espalda, el giro de su cintura… diablos. No era normal que algo me afectara así. Y Sergei, que llevaba años leyéndome como un libro abierto, lo notó.

—Hermano —dijo dando un sorbo a su vodka—, estás viendo al vacío. ¿Todo bien?

—No —respondí sin pensarlo.

Se rió, inclinándose hacia mí.

—¿Fue la rubia, cierto? Dímelo. Esa mujer baila como si quisiera destruir el alma de uno.

—No es ella —corregí—. Es algo en ella. No sé qué… pero quiero saberlo.

Sergei levantó una ceja.

—¿Interés personal?

—No sabía que necesitaba tu permiso —repliqué.

—No lo necesitas —se encogió de hombros—. Pero tú no eres de esos que se obsesionan en cinco minutos.

—Y sin embargo aquí estoy —admití.

Me quedé unos segundos callado, tamborileando los dedos sobre la mesa. La idea vino sin pensarlo demasiado. Saqué mi teléfono.

—¿Qué haces? —preguntó Sergei, inclinándose para ver.

—Voy a llamar a la jefa.

Marqué el número que Lía me dio meses atrás para “cualquier cosa que necesites en Eclipse”. La mujer contestó al segundo tono.

—Club Eclipse, habla Charlie Ross.

—Soy Dexter Müller—me identifiqué—. Necesito información sobre una de tus bailarinas.

La mujer guardó unos segundos de silencio. Podía imaginar su expresión severa.

—No damos información privada de ninguna chica.

—No quiero nada indebido —respondí con paciencia—. Solo saber su nombre. Hablar con ella. Nada más.

—¿Qué chica? —preguntó con tono tenso.

—La del traje plateado —dije—. La rubia. Ojos marrones.

Ross soltó un suspiro largo.

—Ella solo es bailarina. No hace compañía, no hace extras, no se sienta con clientes. No te metas en problemas.

—No busco problemas —dije serio—. Solo quiero conocerla. Una conversación. Y tampoco tolero faltas de respeto hacia una mujer.

Ross tardó en responder. Al final, su tono se suavizó apenas.

—Está bien… Pero compórtate.

—Siempre —respondí con una sonrisa ladeada.

Colgué.

Sergei se rio.

—¿"Siempre"? Mentiroso.

—Cállate —solté, levantándome—. Voy a reservar.

—¿Qué mesa?

—La más cara.

Sergei silbó.

—Ah, esto será divertido.

La mesa estaba en el centro, con vista perfecta al escenario. Una mesa que nunca reservo por gusto… pero hoy sí.

A los diez minutos apareció ella.

Pero esta vez no era la bailarina del show. Era la versión mesera: la peluca rubia impecable, los lentes marrones, un maquillaje más suave. Sostenía una bandeja con un profesionalismo que delataba experiencia.

No levantó la mirada hasta que estuvo lo suficientemente cerca.

—Buenas noches —dijo con voz firme—. Bienvenido a la mesa ejecutiva. ¿Desea beber algo mientras…?

Se quedó en silencio cuando por fin me reconoció.

Ahí estuvo: el primer choque directo.

Sus ojos se tensaron apenas. Una mezcla entre cautela y molestia. Y eso, por alguna razón, me gustó.

—Buenas noches —respondí—. Qué coincidencia verte otra vez… ¿o será que el destino quiso ayudarme?

—El destino no tiene tiempo para usted —contestó con un sarcasmo seco.

Yo sonreí.

—¿Así me hablas a mí? —incliné la cabeza—. ¿A un cliente importante?

Ella no parpadeó.

—A un cliente importante lo trato con profesionalismo. A un hombre que está intentando coquetear conmigo… lo trato igual. Pero con menos paciencia.

Sergei soltó una carcajada ahogada detrás de mí.

—Me gusta tu sinceridad —le dije—. ¿Cómo te llamas?

—Milene —respondió sin rodeos.

—Bonito nombre. Aunque creo que no te queda.

—Es el mío —respondió con frialdad.

—¿Segura? —pregunté, estudiando cada detalle, como si pudiera ver a través de la máscara.

Ella apretó la mandíbula.

—¿Desea ordenar algo, señor? —preguntó, ignorando la provocación.

—Sí —me incliné hacia ella—. Quiero que me digas si estás molesta.

—Estoy trabajando —respondió rápido.

—Eso no responde mi pregunta.

—No tengo por qué responderla.

Asentí, disfrutando demasiado.

—Perfecto. Entonces pediré un whisky… y también que te quedes en mi mesa un rato.

Ella entrecerró los ojos.

—No hago compañía.

—Pero podrías hacer una excepción —repliqué—. No para algo indebido. Solo conversación.

—No —dijo tajante—. Y no vuelva a pedírmelo.

Dios… era fuego puro.

—Entonces —me recosté en el asiento—, supongo que tendré que venir más seguido hasta que aceptes hablar conmigo.

Ella soltó una risa seca.

—Puede venir todos los días. No cambiará nada.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Ya veremos, Milene.

Por fin, ella exhaló, me lanzó una mirada fulminante y dio un paso atrás.

—Traeré su whisky.

Se giró. Y juro que ese simple movimiento, la manera en que su espalda se tensaba bajo la tela del uniforme… esa mujer era un desafío andante.

Sergei se inclinó hacia mí, susurrando:

—Estás jodido.

Sonreí sin quitar la vista de ella mientras se alejaba.

—Sí —admití—. Completamente jodido.

Y más interesado que nunca.

1
Sandra Dallosta
muy bueno todo
Eneida Atencio
Amo su novela autora excelente
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