No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 9
Edward cruzó el aula con la misma compostura de siempre.
Recto. Silencioso. Imperturbable.
Si alguien lo hubiera observado sin atención, habría dicho que estaba perfectamente bien.
Arya, en cambio, sintió un nudo cerrarse en su estómago.
Sus ojos lo siguieron apenas un segundo más de lo prudente antes de bajar la mirada hacia sus apuntes. No podía permitirse que alguien notara su inquietud.
Edward tomó asiento unos lugares más atrás. No hubo gestos de dolor. No hubo señales evidentes de debilidad. Incluso apoyó el brazo herido con naturalidad sobre el pupitre.
Arya fingió concentrarse en la lección, pero cada pocos minutos, de manera casi imperceptible, lo sondeaba. Un vistazo breve. El ritmo de su respiración. La rigidez de su cuello. El color de su piel bajo la luz que entraba por las ventanas altas.
Parecía normal. Pero nadie que hubiera ingerido aquella sustancia en esa cantidad podía estar realmente bien.
Cuando el profesor formuló una pregunta directa hacia ella, Arya tardó unos segundos más de lo habitual en reaccionar.
—Señorita Rosenfeld.
Se puso de pie casi de inmediato.
Respondió correctamente.
Pero Ferdinand, sentado trás ella, notó la fracción de retraso.
Durante el receso siguiente, Annie fue la primera en mencionarlo.
—Estás distraída —dijo con suavidad, inclinándose hacia ella—. No es propio de ti.
—Estoy bien —respondió Arya, demasiado rápido.
Ferdinand la observó con mayor detenimiento.
—No lo estás.
Arya evitó mirarlo.
Caminaron juntos por el corredor. Edward pasó en dirección contraria en algún momento, y aunque no cruzaron palabra, Arya sintió el impulso irracional de comprobar si seguía en pie con firmeza.
Lo estaba.
Demasiado firme.
—¿Tiene que ver con la especialización en medicina? —preguntó Ferdinand, más serio ahora—. ¿Te está resultando demasiado difícil? ¿Alguien te está molestando?
Arya no pensó.
Respondió desde el impulso, desde la imagen que aún tenía grabada en la mente.
Edward tosiendo sangre.
Edward fingiendo fortaleza.
Edward diciendo “no es tu problema”.
—Sí —dijo sin medir el peso de la palabra—. Hay alguien que me está molestando.
Ferdinand se detuvo en seco.
—¿Quién?
La intensidad en su voz la hizo reaccionar.
—Dímelo.
Arya parpadeó.
Recién entonces entendió lo que había dicho.
En su mente no se trataba de alguien que la acosara o la humillara. Se trataba de alguien que la irritaba profundamente por la forma en que se trataba a sí mismo. Por su obstinación. Por su indiferencia hacia su propia salud.
Pero Ferdinand no tenía forma de saber eso.
—Le haré entender que no vuelva a meterse contigo —continuó él, con un tono que ya no era ligero—. No permitiré que nadie te incomode.
—No —interrumpió Arya con rapidez, colocándole una mano en el brazo—. No es eso.
Ferdinand frunció el ceño.
—Entonces explícate.
Arya respiró hondo.
—No me refería a que alguien me esté haciendo algo directamente —aclaró, buscando las palabras adecuadas—. Solo… es un compañero con una actitud arrogante. Nada más. A veces su forma de comportarse resulta… irritante.
Ferdinand la observó unos segundos más.
—¿Solo eso?
—Solo eso —aseguró ella, forzando una pequeña sonrisa.
No parecía del todo convencido.
—Si cambia a algo más que “irritante”, me lo dirás.
—Lo haré.
Ferdinand tardó unos instantes en relajarse, pero finalmente asintió.
Siguieron caminando.
Arya guardó silencio.
Porque, aunque había corregido sus palabras, no había mentido del todo.
Le molestaba.
Le molestaba profundamente que alguien pudiera poner en riesgo su vida con tal frialdad. Que actuara como si el dolor no importara. Como si su cuerpo fuera prescindible.
Durante la siguiente clase, volvió a mirar discretamente hacia atrás.
Edward estaba escribiendo, su expresión era neutra.
Pero por un segundo —solo uno—, su mano se detuvo.
Y Arya lo vio, el leve endurecimiento de la mandíbula, el mínimo temblor contenido. Era sutil, casi invisible.
Pero para ella fue suficiente.
No estaba bien.
Y el hecho de que fingiera estarlo la inquietaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Esa noche, Arya no logró conciliar el sueño.
Apenas regresó a la habitación, dejó los libros habituales a un lado y sacó de su bolso una selección distinta, tratados antiguos de toxicología, manuales de farmacología básica. Volúmenes que rara vez consultaba… hasta ahora.
Encendió la lámpara con cuidado de no hacer ruido.
Página tras página, subrayados, anotaciones al margen, comparaciones entre síntomas, dosis efectos secundarios, interacciones.
Annie se incorporó una vez, con el cabello revuelto y la voz espesa por el sueño.
—Arya… ¿no vas a descansar?
—Sí… ya casi —respondió sin levantar la vista.
No era cierto.
La segunda vez que Annie despertó, la encontró en la misma posición, inclinada sobre el escritorio, el ceño levemente fruncido.
—Te enfermarás si sigues así…
—Solo termino este capítulo —murmuró Arya.
Pero tampoco era cierto.
No dejó de leer hasta que el cielo comenzó a aclararse tras las ventanas.
A la mañana siguiente, caminó por los pasillos con una serenidad estudiada. Nadie debía notar nada.
Cuando encontró el momento adecuado, se dirigió al balcón olvidado.
Edward estaba allí, como siempre.
Sentado en el suelo, la espalda apoyada contra la pared de piedra, la mirada fija en el horizonte.
No hubo saludo.
Arya se arrodilló frente a él sin decir palabra y comenzó a preparar el material.
Edward extendió el brazo herido sin mirarla.
Ella retiró la venda con precisión, examinó la sutura. No había signos de infección. La inflamación había disminuido ligeramente. Eso era bueno.
Pero su piel seguía demasiado pálida, demasiado fría.
Arya volvió a vendarlo.
Se levantó.
Se marchó.
Sin palabras.
La misma rutina se repitió al día siguiente.
Y al siguiente.
Edward empezó a notarlo.
No era su presencia —eso ya se había vuelto habitual—. Era algo en su forma de moverse. En la manera en que lo observaba cuando creía que él no lo percibía. En la rapidez con la que guardaba las cosas y se marchaba.
Había algo distinto.
Estaba molesta, muy molesta. Pero incluso así, seguía brindándole atención. No era su obligación, si no quería, no debía hacerlo, y, sin embargo, ahí seguía.
— Será que es tan obstinada...— Edward pensó en eso, que Arya lo hacía por pura obstinación.
Al cuarto día, cuando Arya llegó, se arrodilló frente a él.
Revisó la herida y asintió levemente.
Luego, en lugar de guardar el material como siempre, buscó algo más en su bolso.
Arya extrajo un pequeño frasco de vidrio. El líquido en su interior era verdoso, espeso, apenas translúcido bajo la luz de la tarde.
Lo sostuvo frente a él.
—Tómalo una vez al día —dijo con voz firme—. No lo mezcles con alcohol. Y no aumentes la dosis.
Edward la miró por primera vez directamente.
Sorpresa real, sin disimulo.
—Es un compuesto que preparé anoche —continuó ella—. No es perfecto, pero debería ayudar a contrarrestar parte de los efectos tóxicos. Al menos reducirá la sobrecarga hepática y la fiebre.
Edward no extendió la mano de inmediato.
Su mirada bajó al frasco, luego volvió a ella.
Y lo único que logró decir fue:
—¿Por qué?
Arya sostuvo su mirada sin titubear.
—Porque no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo te envenenas —respondió con calma—. Y porque, aunque digas que no es mi problema… médicamente hablando, lo es.
Edward la observó en silencio.
—Podrías meterte en problemas por esto —dijo finalmente.
—Ya estoy metida —replicó ella—. Desde el momento en que decidí suturar esa herida.
Eso lo dejó sin respuesta.
El viento movió suavemente algunos mechones del cabello de Arya.
Ella extendió el frasco un poco más.
—¿No vas a tomarlo?
Sus dedos, finalmente, se cerraron alrededor del frasco.
El contacto fue breve.
Pero cálido.
Demasiado cálido.
—No necesito tu compasión —dijo él, recuperando parte de su tono habitual.
—No es compasión —respondió Arya sin alterarse—. Es criterio médico...
Edward giró el frasco entre sus dedos.
—Nadie hace algo así por “criterio”.
Arya no respondió de inmediato.
Desvió la mirada hacia el horizonte.
—Entonces considéralo un experimento clínico no oficial—dijo finalmente.
Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Edward.
Apenas perceptible.