Renace en una época antigua, decidida a cambiar su destino, no será una villana en esta vida.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Niveles
Las semanas siguieron avanzando con una suavidad casi inesperada.
Lo que había comenzado como una adaptación… se convirtió, poco a poco, en algo mucho más profundo.
Un cambio real.
En la mansión Mason ya no se respiraba la tensión de antes. No había suspiros cansados ni miradas resignadas cuando Rachel aparecía en una habitación.
Ahora era distinto.
Había risas.
Había conversaciones.
Había momentos compartidos.
La duquesa, que antes medía cada palabra con su hija, ahora encontraba excusas para pasar más tiempo con ella. Caminatas por los jardines, tardes de té que se extendían más de lo habitual, pequeños comentarios que terminaban en sonrisas cómplices.
—Nunca pensé que disfrutaría tanto estas tardes contigo —le dijo un día, sin darse cuenta de lo que implicaban sus palabras.
Rachel solo sonrió, suave.
—Yo tampoco.
Y lo decía en serio.
Por su parte, el duque Mason ya no ocultaba su orgullo.
Cada vez que Rachel participaba en una conversación importante, cada vez que hacía una observación acertada o incluso una broma en el momento justo… él la miraba con una satisfacción tranquila.
—Estás aprendiendo rápido —le dijo una tarde.
Rachel inclinó levemente la cabeza.
—Tengo un buen maestro.
El duque soltó una risa breve.
—Y yo, una buena alumna.
Pero más allá del aprendizaje… lo que más había cambiado era el ambiente entre ellos.
Rachel ya no era la hija caprichosa que evitaba responsabilidades.
Ahora reía.
Bromeaba.
Respondía con ligereza, pero también con inteligencia.
Y eso… hacía que todo fuera más fácil.
Más natural.
Más cercano.
Había momentos simples que antes no existían.
Como cuando Rachel hacía algún comentario inesperado durante la cena y lograba que ambos padres rieran sin poder evitarlo. O cuando se adelantaba a preguntar algo que el duque aún no había explicado, demostrando que realmente estaba prestando atención.
O incluso cuando, con total naturalidad, se acercaba a su madre para ayudarla a elegir detalles de algún evento, no solo por gusto… sino para contribuir.
Y eso era nuevo.
Porque Rachel no solo estaba presente.
Estaba involucrándose.
Poco a poco, comenzó a ayudar más.
Revisaba junto a su padre algunos informes sencillos, haciendo preguntas que demostraban interés genuino.
Acompañaba a su madre en la organización de reuniones, sugiriendo pequeños cambios que hacían todo más armonioso.
Observaba.
Aprendía.
Y actuaba.
Sin que nadie se lo pidiera.
El duque y la duquesa lo notaban.
Y cada vez que intercambiaban una mirada silenciosa, había en ella la misma emoción contenida.
[Está cambiando.]
[Está creciendo.]
Pero para Rachel… no era un esfuerzo.
Era algo que nacía solo.
Porque.. se sentía bien.
Se sentía en casa.
Una noche, al terminar la cena, Rachel se quedó unos segundos más en el salón, observando a sus padres conversar tranquilamente.
Las luces eran suaves.
El ambiente cálido.
Y ella… simplemente sonrió.
No era una felicidad ruidosa.
No era euforia.
Era algo más profundo.
Más estable.
Más real.
—Creo que… me gusta esta vida —susurró para sí misma.
Y no había duda en sus palabras.
Porque ya no estaba sobreviviendo a un cambio.
Estaba construyendo algo nuevo.
Algo propio.
Algo que, día a día… se volvía más valioso.
Y sin darse cuenta… Rachel Mason ya no solo estaba viviendo en ese mundo.
Estaba encontrando su lugar en él.
Aquella tarde, el despacho del duque Mason estaba más tranquilo de lo habitual.
Rachel había entrado sin prisa, como ya era costumbre, encontrándolo revisando documentos con una concentración relajada. Ya no le intimidaba ese espacio; al contrario, se sentía cómoda allí.
—Rachel.. justo pensaba en ti.
Ella se acercó, curiosa.
—Eso suena peligroso.
El duque sonrió apenas.
—Depende de cómo lo tomes.
Dejó los papeles a un lado y la miró con atención.
—Quiero proponerte algo.
Rachel arqueó ligeramente una ceja, interesada.
—¿Proponerme…?
—Sí.. Dentro de unos días habrá un encuentro de negocios organizado por el conde Turner.
Rachel inclinó la cabeza, pensando.
—¿Un encuentro formal?
—Moderadamente.. No es una gran asamblea, pero sí lo suficientemente importante.
Hizo una breve pausa.
—Y me gustaría que fueras en representación de la casa Mason.
El silencio que siguió no fue de rechazo.
Fue de sorpresa.
Rachel parpadeó.
—¿Yo?
El duque asintió con total naturalidad.
—Has estado aprendiendo. Observando. Entendiendo.
Su mirada tenía un brillo de orgullo.
—Es momento de que participes.
Rachel cruzó los brazos lentamente, procesando la idea.
Y luego, con un tono que mezclaba curiosidad y un leve nerviosismo, preguntó..
—¿Van a ir… los cuatro duques temibles?
El duque Mason no pudo evitar reír.
Una risa breve, sincera.
—No.. Puedes estar tranquila.
Rachel dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Menos mal…
El duque negó con la cabeza, aún sonriendo.
—Solo estarán invitados dos ducados… y algunos condes o sus representantes..
Rachel asintió lentamente.
Eso sonaba… más manejable.
En ese momento, la duquesa, que había estado escuchando desde un lado del salón, dejó escapar una pequeña risa.
—Mira esa cara de alivio.
Rachel giró hacia ella, con una sonrisa apenas avergonzada.
—Es que… uno tiene límites.
La duquesa se acercó, divertida.
—No olvides que la casa Mason también es importante.
El duque asintió con orgullo.
—Y bastante respetada.
Rachel los miró a ambos.
Y entonces… rió.
Pero no con burla.
Sino con una mezcla de complicidad y sinceridad.
—Lo sé.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero también sé que… hay niveles.
El duque alzó una ceja, curioso.
—¿Ah, sí?
Rachel se encogió ligeramente de hombros, con una sonrisa ligera.
—Somos ricos… pero políticamente no tan intimidantes como otros.
El duque la observó unos segundos.
Y luego… sonrió.
No ofendido.
Sino satisfecho.
—Esa es una forma bastante honesta de verlo.
Rachel asintió.
—Por eso mismo… empezar con algo más pequeño no suena tan mal.
El silencio que siguió fue breve.
Pero significativo.
Porque en ese momento… Rachel estaba decidiendo.
No por presión.
No por obligación.
Sino por elección.
Finalmente, levantó la mirada.
—Está bien.
El duque y la duquesa la miraron.
—Acepto.. Representaré a la casa Mason.
La sonrisa del duque fue inmediata.
Orgullosa.
La duquesa, en cambio, la observó con una ternura evidente.
—Lo harás muy bien.
Rachel respiró hondo.
No estaba nerviosa.
O al menos… no demasiado.
Pero sí sentía algo nuevo.
Expectativa.
Desafío.
—Bueno… veamos qué tan buenos son esos condes.
El duque soltó una risa.
Y en ese instante… quedó claro que ese no era solo un encargo.
Era un paso.
Uno más en el camino que Rachel estaba construyendo por sí misma.