En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 10: duelo de 2 fieras
La tensión en el campamento se podía cortar con un cuchillo. Eliécer no era tonto; la audacia de Antonio en la noche anterior le había dejado un sabor amargo a derrota que no pensaba tragar. Para Eliécer, la disciplina era poder, pero para Antonio, el poder residía en la libertad de proteger lo que amaba y de eso no pensaba desistir.
—Te vi, Antonio —soltó Eliécer mientras limpiaba su fusil frente a la fogata, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Vi cómo mirabas hacia el pueblo. Esa doctora tiene algo que te ablanda los huesos, que te hace tan vulnerable que es como un ave herida, indefensa, guarda cuidado recuerda en una guerra no se entrega la lealtad y tú no solo eso has dado por esa mujer, deja de marcarle su destino. Soltando una sonrisa no propia al momento.
Antonio no dejó de afilar su machete. El sonido del metal contra la piedra rítmico, constante, era la única respuesta.
—No te metas en lo que no entiendes, que no es de tu interés Eliécer. Mi vida privada no es asunto de la columna y tuya menos, me persigues como si buscar placer en mujeres fuera delito aquí.
—Todo lo que te hace débil es asunto mío —replicó Eliécer, poniéndose en pie—. Si esa mujer es el peso que te impide marchar al ritmo de la guerra, alguien tendrá que soltar ese lastre.
El insulto fue la chispa en la pólvora. Antonio se lanzó sobre él antes de que terminara la frase. No fue una pelea de soldados, fue un enfrentamiento de instintos. Rodaron por el barro, una danza de golpes secos y respiraciones agitadas. Eliécer buscaba el dominio técnico, la sumisión por la fuerza; Antonio peleaba con la furia de quien defiende su única razón para seguir vivo.
—¡Es ella o nosotros! —gritó Eliécer, sin aún haber logrando inmovilizar a Antonio contra el suelo,—. ¡Estás traicionando la causa por una mujer civil que tiene una bata blanca, que en cualquier momento pagarás !
Antonio, con el rostro enrojecido y la vista nublada, logró asestar un golpe certero en la costilla de su rival. Al separarse, ambos quedaron jadeando, midiéndose como dos depredadores en el mismo territorio. El resto de los guerrilleros observaba en silencio, sabiendo que aquello era una guerra de poderes que solo terminaría con uno de los dos fuera de combate, de la que nadie se dispondría meterse.
—Si le pones un dedo encima a Isaí, no habrá monte donde te escondas de mí —sentenció Antonio, limpiándose la sangre del labio—. Ella no es un lastre. Es lo único que me recuerda que sigo siendo un hombre y no una máquina de matar como tú.
Eliécer escupió sangre y lo miró con un odio renovado. Respondiendo, — te volviste débil, siempre has sido una máquina de guerra, ¿te enamórate?
La tregua del engaño se había roto. Ahora, el objetivo de Antonio ya no era solo verla de lejos; era una carrera por llegar a ella antes de que la envidia de Eliécer se convirtiera en un pelotón de fusilamiento.
Esa noche, bajo la lluvia inclemente, Antonio supo que el tiempo de las explicaciones se había terminado. Si quería salvar a la mujer que amaba, tendría que enfrentar la mayor traición de todas: abandonar a sus hermanos de armas para convertirse en el único protector de la doctora mujer que lo atrapó en la felicidad plena.