Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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Quiero el divorcio
...CAPÍTULO 5...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ...
Caminar tres cuadras sin camisa, con un solo zapato y un dolor de cabeza que rítmicamente martillaba mi cerebro con cada paso, es la experiencia más humillante de mis treinta y tantos años. Gabriel no estaba mejor; caminaba con la dignidad de un pingüino herido, aferrado a su zapato izquierdo como si fuera un tesoro nacional y murmurando leyes del código civil sobre la difamación.
Ya se enloqueció
Llegamos a la puerta trasera del restaurante de Doña Anto como dos náufragos que acaban de ser escupidos por el mar… o por un bar de mala muerte.
—Toca tú —susurró Gabriel, escondiéndose detrás de mi hombro—. Tú eres su hijo adoptivo favorito.
—¡Toca tú! —le devolví el susurro—. Tú eres el yerno serio. A mí me va a matar apenas vea que perdí la camisa de lino que ella misma me regaló y planchó.
Al final, el peso de nuestra propia miseria hizo que nos desplomáramos contra la puerta metálica. ¡Clang! El sonido resonó en toda la calle vacía.
Un segundo después, la puerta se abrió de golpe. No fue un ángel de misericordia el que apareció. Fue Doña Antonia, con el delantal puesto, los brazos en jarras y una expresión que hacía que el sargento más rudo pareciera un osito de peluche.
—Mírenlos nada más —dijo con una voz tan gélida que sentí que el vaho me salía de la boca—Los grandes señores arquitectos. Los pilares de la sociedad.
—Doña Anto... Antonia... —balbuceé, tratando de poner mi sonrisa de "carisma en oferta"—. Tuvimos un pequeño contratiempo logístico. Un error de cálculo en la ruta de regreso...
—¿Error de cálculo? —preguntó ella, y vi que su mano derecha agarraba algo detrás de la puerta.
—Fue Fernando —intervino Gabriel con la voz quebrada—. Él nos tendió una emboscada, suegra. Nosotros solo queríamos...
—¡Ustedes no querían nada! —sentenció ella—Ustedes querían ser unos irresponsables. Y como parece que todavía tienen el alcohol nublándoles el poco juicio que les queda, voy a ayudarlos a despejar la mente.
Antes de que pudiéramos preguntar cómo, Doña Anto sacó la manguera industrial de lavar los patios con la agilidad de un vaquero del viejo oeste.
¡CHAS!
El chorro de agua fría —no fría, congelada, nivel Antártida— nos impactó de lleno en el pecho.
—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHH!!! —el grito que soltamos Gabriel y yo fue unísono y en una octava tan aguda que todos los perros del barrio empezaron a ladrar.
—¡Doña Anto, por Dios! ¡Me dará una hipotermia! ¡¿Me quiere matar?! —gritaba yo, tratando de cubrirme con los brazos mientras el agua me quitaba la mugre, el olor a tabaco y las pocas ganas de vivir que me quedaban.
—¡Suegra, deténgase! ¡Lo siento! ¡No probé el pecado! Lo juro—chillaba Gabriel, resbalándose en el piso mientras el chorro lo perseguía implacablemente.
—¡Para que se les quite lo "machitos"! —gritaba ella, dándonos un manguerazo tras otro—. ¡Para que cuando Luciana y Sera lleguen, al menos no huelan a perdición! ¡Lávense esa cara de vergüenza!
Después de lo que parecieron tres horas de tortura hidráulica (fueron dos minutos), cerró la llave. Estábamos empapados, tiritando y, efectivamente, mucho más sobrios. El agua nos había devuelto a la realidad de la forma más violenta posible.
—Ahora —dijo Doña Anto, tirando la manguera al suelo—, entren por la cocina, pónganse ropa y unos delantales limpios y siéntense en la mesa del fondo. Luciana y Seraphine vienen para acá. Y les advierto una cosa: si intentan decir una sola mentira, yo misma vuelvo a abrir la llave, pero esta vez con agua hirviendo.
Miré a Gabriel. Estaba pálido, temblando y con un mechón de pelo pegado a la frente.
—Sebastián —susurró él, castañeando los dientes—. Creo que prefería haberme quedado a dormir en el poste.
—Yo también, Gabriel. Yo también.
Entramos a la cocina dejando un rastro de agua por todo el piso, sintiéndonos como dos delincuentes a punto de enfrentar la guillotina. El desayuno de hoy no iba a ser huevos revueltos; iba a ser puro veneno matrimonial.
Estábamos ahí, sentados en la mesa del fondo, viendo el rastro de agua que dejamos sobre el piso impecable de Mami Anto y luciendo dos delantales de flores.
De repente, la campana de la entrada sonó. El aire se puso pesado, denso, como si alguien hubiera activado una prensa hidráulica en el salón. Sera y Luciana entraron juntas.
Sera no perdió ni un segundo. Saludó a su mamá con un beso rápido y se giró hacia Gabriel con una mirada que habría derretido el acero.
—¡Gabriel Alejandro Méndez! —empezó ella, y el tono de su voz me hizo querer esconderme debajo de la mesa—. ¿Tú te has visto? ¿Tú tienes idea de la hora que es y de cómo apareces? Eres un hombre adulto, Gabriel. Tienes cuatro hijos que te ven como un héroe, ¿y este es el ejemplo que les das? ¡Tirado en una calle como un muchacho de quince años!
Gabriel intentó abrir la boca, probablemente defenderse sobre su derecho a divertirse, pero Sera le puso un dedo en la nariz.
—¡Ni una palabra! Puedes divertirte, nadie te dice que no, pero meterte a hacer esas tonterías... ¿En un club, Gabriel? ¿De verdad? ¡Estás casado! Me das una vergüenza que no te cabe en el cuerpo. ¡Para la casa ahora mismo, que los niños están preguntando por qué su papá no llegó a desayunar!
Gabriel, el gran arquitecto, el hombre de la lógica inquebrantable, se levantó como un soldadito regañado, bajó la cabeza y empezó a caminar hacia la salida sin mirar atrás.
Pero lo mío... lo mío era distinto. Y mucho peor.
Luciana entró detrás de Sera, dio un resoplido corto, seco, y se sentó frente a mí. No gritó. No me lanzó un bolso. No me llamó "irresponsable". Simplemente se quedó ahí, mirando un punto fijo en la pared de ladrillos del restaurante. Tenía las ojeras marcadas y una expresión de cansancio que me dolió más que el manguerazo de Doña Anto.
Doña Antonia, con una ternura que conmigo no tuvo, le puso un vaso de jugo de mora frente a ella.
—Gracias, doña Anto —susurró Luciana.
Tomó el vaso y bebió en silencio, despacio, ignorando mi existencia por completo. Yo estaba ahí, a medio metro de ella, oliendo a derrota, pero para ella yo era invisible. Era un fantasma.
Sera, después de terminar de pisotear el ego de Gabriel, se giró hacia nosotros. Miró a Luciana, que seguía concentrada en su jugo de mora.
—¿Y tú, Lu? —preguntó Sera, extrañada por la falta de explosión—. ¿No le vas a decir nada a este genio?
Luciana meneó la cabeza lentamente. Dejó el vaso sobre la mesa, se limpió los labios con una servilleta y finalmente me miró a los ojos. No había fuego en su mirada. Solo había... nada.
—No, Sera —respondió con una voz plana, carente de cualquier emoción—. Ya no tengo nada que decirle. Todo lo que había que decir se dijo ayer. Lo de hoy... es solo la confirmación de que tomé la decisión correcta.
Un escalofrío real, de esos que te recorren la médula, me sacudió el cuerpo. Preferiría mil veces que me estuviera gritando como Sera a Gabriel. El grito significa que todavía hay algo por qué pelear; el silencio significa que ya se rindió.
Miré a Doña Antonia buscando un aliado, una señal de esperanza, pero ella solo me miró con una lástima profunda. Sacudió la cabeza y se retiró a la cocina, dejándome solo en el vacío de ese silencio.
......................
El trayecto de regreso al departamento fue el viaje más largo de mi vida. Luciana conducía con la vista fija en el asfalto, y yo, todavía con el cuerpo entumecido, no me atreví a pronunciar una sola palabra. Sabía que cualquier intento de humor, cualquier "Sebastianada", sería el golpe final.
Cuando entramos al departamento, el lugar que yo mismo había diseñado con tanto orgullo, me pareció un sitio extraño. Las luces, los muebles, el mármol que tanto nos había costado elegir... todo se sentía frío, como si la vida ya no habitara allí.
Luciana no se quitó el abrigo. Fue directa a la habitación principal. La escuché abrir un cajón y luego el roce de unas hojas de papel. Mis manos empezaron a temblar. Me quedé de pie en medio de la sala, incapaz de sentarme, incapaz de moverme.
Ella regresó al comedor. Caminó con paso firme y dejó sobre la mesa una carpeta con varios documentos. Se quedó de pie, al otro lado de la mesa, manteniendo una distancia que me dolió más que cualquier insulto.
—Quiero el divorcio, Sebastián —dijo. Su voz no tembló. No había rastro de la rabia que había visto en el restaurante de Doña Anto. Solo había una determinación gélida que me heló la sangre.
Me quedé en shock. No hubo un chiste interno en mi cabeza. No busqué una referencia para aliviar la tensión. Por primera vez en mi vida, el mundo se quedó en silencio absoluto. Sentí un vacío en el pecho, un hueco negro que se tragaba todo el oxígeno de la habitación.
—Luciana... —mi voz salió herida, casi irreconocible—. ¿De verdad? ¿Así de fácil?
—¿Fácil? —Ella soltó una risa amarga que no llegó a sus ojos—. No ha sido nada fácil, Sebastián. Llevo meses intentando que me veas. Llevo meses tratando de construir algo contigo mientras tú solo juegas a que la vida es una fiesta eterna. Pero lo de ayer... lo de celebrar que no iba a haber un hijo nuestro, y lo de hoy, apareciendo así después de una noche en un club...
Se detuvo y respiró hondo, cerrando los ojos un segundo como si estuviera acumulando fuerzas para terminar.
—Me di cuenta de que no tengo un compañero. Tengo un peso. Y ya no puedo más. No quiero más.
Miré los papeles sobre la mesa. Eran formularios legales, documentos que hacían oficial el final de nosotros. Mi mente, que siempre encontraba una salida creativa para cada problema, estaba en blanco. Miré a la mujer frente a mí y, por primera vez, no vi a mi esposa; vi a una mujer que ya se había ido, aunque su cuerpo siguiera ahí.
—No quiero perderte, Lu —susurré. El nudo en mi garganta era tan grande que apenas podía respirar.
—Ya me perdiste, Sebastián. Hace mucho tiempo —respondió ella, y esta vez vi una lágrima rodar por su mejilla, pero no hizo ademán de limpiarla—Ya firmé mi parte. Toma los papeles. Puedes quedarte aquí unos días mientras buscas a dónde irte, o puedo irme yo a casa de mi madre. Tú decides.
Se dio la vuelta y se fue hacia el balcón, dándome la espalda. El frío que entraba por la puerta del balcón no era nada comparado con el que sentía dentro de mis pulmones. Caminé hacia ella con los pies pesados, como si cada paso fuera una derrota.
Luciana estaba apoyada en el barandal, mirando hacia el horizonte de la ciudad, ese mismo horizonte que tantas veces dibujamos juntos imaginando nuestro futuro.
—Amor... por favor —susurré, deteniéndome a un par de metros de ella. No me atreví a tocarla; sentía que si lo hacía, ella se desmoronaría o, peor aún, me empujaría—. Hablemos. Podemos ir a terapia, podemos buscar ayuda. Sé que la he embarrado, sé que he sido un idiota, pero no puedes tirar todo a la basura por un par de días malos.
Ella no se giró. Su espalda estaba rígida, una columna de mármol que no pensaba ceder.
—No son un par de días malos, Sebastián. Son años de soledad estando acompañada —dijo, y su voz era tan cortante como un cristal roto—. La terapia no arregla el hecho de que tú y yo queremos vidas distintas. Tú quieres una audiencia que te aplauda los chistes, y yo quería un esposo.
—¡Yo soy tu esposo! —exclamé, y la desesperación empezó a filtrarse en mi tono—. ¡Te amo, Luciana! He trabajado como un animal para que estemos bien, para que viajemos, para que disfrutemos nuestro matrimonio, para que no te falte nada...
—¡Me faltas tú! —gritó ella, girándose de golpe. Tenía los ojos inyectados en sangre y el rostro empapado—. ¡Me falta el hombre que me prometió que íbamos a construir un "nosotros"! No solo quiero viajes románticos costosos, Sebastián. Quería una familia. Quería que cuando te diera la noticia del retraso, me abrazaras en lugar de salir corriendo a celebrar con una cerveza que tu libertad seguía intacta.
El dolor se transformó en una punzada de rabia defensiva. Era el mecanismo de siempre: cuando me sentía acorralado, atacaba.
—Ah, ya entiendo —dije, y mis propias palabras me supieron a veneno mientras salían—. O sea que todo se reduce a eso. Si no hay un bebé, no hay Sebastián. ¿Solo estabas conmigo porque querías un hijo? ¿Soy solo un semental que falló en la entrega del proyecto? ¿Si te hubiera dado el positivo ayer, hoy no me estarías pidiendo el divorcio aunque llegara borracho?
Luciana me miró como si no me conociera. Como si acabara de decir la atrocidad más grande del mundo.
—Qué poco me conoces —murmuró ella, y su voz bajó a un susurro que me dio más miedo que sus gritos—. Qué poco valoras lo que intenté salvar. No te quiero dejar porque no pueda tener un hijo contigo, Sebastián. Te dejo porque me di cuenta de que, si llegáramos a tenerlo, tendría que criar a dos niños. Y yo no tengo fuerzas para ser la madre de mi esposo.
—¡Eso es injusto! —le reclamé, aunque en el fondo la verdad me estaba perforando el pecho—He estado para ti siempre, he cumplido con todo...
—Cumpliste con el compromiso, pero no con el corazón —sentenció ella, dándome la vuelta definitivamente—. La diferencia entre tú y yo es que yo crecí y tú te quedaste atrapado en el plano de una casa que nunca quisiste construir de verdad. Vete, Sebastián. Por favor, vete ya.
Se abrazó a sí misma, encogiéndose. Se dio la vuelta y regresó a la sala. Los papeles del divorcio seguían ahí, blancos y gélidos sobre la mesa de madera.
El pánico se apoderó de mí. Verla ahí, tan decidida a borrarme de su mapa, me hizo perder la cabeza. No podía procesar que mi vida, tal como la conocía, se estuviera desmoronando entre las macetas del balcón.
—¡Amor, espera! ¡No me puedes hacer esto! —la seguí hasta el centro de la sala, interceptándola—Está bien, lo entiendo. Tendremos un hijo. Mañana mismo empezamos a intentarlo, lo juro. Dejamos de cuidarnos, buscamos un médico, lo que tú quieras... pero no me dejes. No podría vivir sin ti, Luciana. Eres todo mi mundo.
Ella se detuvo y me miró con una mezcla de horror y lástima que me revolvió las entrañas.
—¿Te estás escuchando, Sebastián? —preguntó con una voz que vibraba de indignación—. ¿Me estás ofreciendo un hijo como si fuera una moneda de cambio para que no me vaya? ¿Crees que un bebé es un parche para arreglar tu inmadurez ¡Dios mío, es que no entiendes nada!
—¡Estoy intentando salvar lo nuestro! —grité, y la desesperación se transformó en pura rabia—. ¡Te estoy dando lo que siempre has querido! ¿Qué más quieres de mí?
—¡Quería que lo desearas tú! —estalló ella, y por primera vez la vi perder los estribos por completo—. ¡Pero eres tan egoísta que solo piensas en tu comodidad! ¿Sabes qué? A veces pienso que tu padre tenía razón: eres un desperdicio de talento y de hombre. No sirves para nada que no sea mirarte al espejo y hacerte el gracioso.
Esa frase me golpeó como un mazazo en el pecho. Me quedé sin aire. "Un desperdicio de hombre". La mujer que se suponía que debía ser mi refugio acababa de usar mis mayores inseguridades para apuñalarme.
Algo dentro de mí se rompió. El Sebastián que rogaba y hacía chistes murió en ese segundo. Sentí que una frialdad absoluta me recorría la sangre, una calma violenta que nunca antes había experimentado.
—¿Eso es lo que piensas de mí? —pregunté. Mi voz ya no temblaba; era un hilo de hielo—. ¿Esa es la opinión que tienes del hombre con el que te casaste?
Ella no retiró lo dicho. Me sostuvo la mirada, respirando agitada, con el orgullo herido y la furia en los ojos.
—Perfecto —dije, caminando hacia la mesa del comedor con paso firme—. ¿Quieres el divorcio? ¿Tanto asco te doy que ya no puedes ni verme sin pensar que soy un desperdicio? Te voy a dar el maldito gusto, Luciana.
Agarré el bolígrafo que estaba junto a la carpeta. Mis manos, que suelen ser precisas para trazar líneas perfectas, firmaron esos papeles con un trazo grueso y sucio. Sentí que con cada letra estaba enterrando los últimos tres años de mi vida.
—Ahí tienes —solté el bolígrafo, que rodó por la mesa hasta caer al piso—. Ya no tienes que cargar con este "peso". Ya eres libre de buscarte a alguien que no sea un desperdicio.
Caminé hacia la entrada, tomé mi chaqueta y las llaves de mi auto. Me detuve un segundo antes de abrir la puerta, pero no me giré. No quería que viera que mis ojos se estaban empañando.
—No te preocupes por mis cosas. Vendré por ellas cuando no estés —sentencié.
Salí por esa puerta y la cerré con un golpe seco que retumbó en todo el pasillo. Mientras bajaba por el ascensor, me di cuenta de que acababa de firmar mi propia sentencia de soledad.