Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Parte: 5.
5. La devastadora verdad de las 333 horas.
El refugio provisional en el que se encontraban era una pequeña oficina de supervisión técnica, una burbuja de cristal reforzado y acero que milagrosamente aún no había sido perforada por las raíces. Héctor cerró la puerta de seguridad con un estruendo y se dejó caer contra el panel de control, jadeando. Carol estaba en un rincón, apretando su hombro herido, donde el aguijón del tentáculo había dejado un agujero negro que supuraba un líquido viscoso.
Perseo se quedó de pie en el centro de la sala, mirando a través del cristal hacia el abismo de ingeniería. Los ojos del techo seguían allí, aunque ahora parecían haber entrado en un estado de latencia, parpadeando lentamente como estrellas lejanas en un cielo de carne.
—Tenemos que limpiar esa herida, Carol —dijo Héctor, buscando en los cajones de la oficina—. Si el tejido empieza a cambiar, tendré que cortarte el brazo.
—Hazlo si es necesario —respondió Carol con una voz sorprendentemente firme, aunque sus ojos traicionaban su dolor—. Pero no dejes que esa cosa me use. He visto lo que les hacen a los que se rinden.
Perseo se acercó a una terminal que todavía emitía un brillo azul pálido. —Andrómeda, ¿puedes entrar en el sistema de esta oficina? Necesito saber qué pasó exactamente. Héctor dice que mi padre...
—
—Ponlo —dijo Perseo, sintiendo que su corazón golpeaba sus costillas.
Una proyección holográfica apareció en el centro de la sala. La figura de Cassian emergió de la luz. Se veía cansado, pero sus ojos tenían un brillo fanático que Perseo nunca había visto. Estaba en el puente de mando, de espaldas a la cámara, mirando hacia el vacío del espacio.
—
El holograma se desvaneció, dejando un silencio pesado en la oficina. Perseo sintió que las piernas le fallaban. Su padre no solo había fallado en protegerlos; los había entregado como ganado a una entidad que ni siquiera comprendían.
—Ese loco —gruñó Héctor, golpeando la mesa—. Nos vendió a todos por una fantasía de inmortalidad.
—No fue una fantasía para él —dijo Carol, señalando hacia el exterior—. Mira lo que ha hecho. Ha convertido la nave más avanzada de la humanidad en un nido.
Andrómeda intervino de nuevo.
—
—¿Qué significa eso? —preguntó Perseo, retrocediendo de la terminal.
—Significa que eres el parche de seguridad de un virus cósmico, chico —dijo Héctor, mirándolo con una nueva desconfianza—. Si te atrapan, Amine tendrá el control total sobre los sistemas de la nave que aún son mecánicos. Podrá dirigir la Nautilos-Magna hacia otros mundos habitados.
Perseo miró sus manos. La idea de que su propia existencia fuera la llave para la destrucción de otros le produjo un asco profundo.
—Entonces tenemos que destruir la nave. Ahora mismo.
—No podemos —dijo Carol—. Los reactores nucleares están bajo el control de las raíces. Si intentamos sobrecargarlos desde aquí, la biomasa simplemente absorberá la energía. Tenemos que llegar al puente. Solo desde el trono del Comandante se puede activar la purga física del núcleo.
De repente, la oficina vibró. Un sonido de succión, como si algo estuviera intentando descorchar la habitación, llenó el aire. El cristal reforzado empezó a agrietarse.
—Se han dado cuenta de que estamos aquí —dijo Héctor, agarrando su pistola de clavos—. Perseo, Andrómeda, ¿hay alguna otra salida?
—
—Mejor que ser el postre de esos ojos —dijo Clara, levantándose con dificultad.
Héctor abrió una trampilla en el suelo. Un olor a podrido y a productos químicos subió desde el hueco. Perseo fue el primero en bajar, deslizándose por un tubo de metal que se sentía pegajoso. A medida que bajaba, escuchó el cristal de la oficina romperse detrás de ellos y los gritos de la entidad que entraba en la sala.
El descenso terminó en una pila de escombros y restos orgánicos. Perseo encendió su linterna y vio que estaban en un almacén de armas de la sección de seguridad. Pero las armas no eran lo que llamaba su atención. En las paredes, cientos de trajes de seguridad estaban colgados, pero dentro de ellos no había humanos, sino que estaban rellenos de una masa de raíces que imitaba la forma de un cuerpo.
—Son cáscaras —susurró Carol, bajando tras él—. Amine está creando su propio ejército usando nuestro equipo.
Uno de los trajes se movió. El casco, que debería estar vacío, se iluminó con una luz roja. Luego otro. Y otro más.
—