Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 15: Las cadenas invisibles
Esa noche, Valeria regresó a casa con el peso de la conspiración en los hombros. La conversación con Laura y Daniel le había dado estructura, un plan, pero también le había agudizado la percepción del peligro. Cada rincón de la calle parecía ocultar una amenaza; cada coche que pasaba podía ser el de Alejandro.
Cuando entró en la casa de su infancia, el contraste fue brutal. El olor a guiso de su madre, el sonido de la televisión en la sala, la normalidad absoluta del lugar le parecieron un lujo frágil, una burbuja a punto de estallar.
Su madre estaba en la cocina, removiendo una olla con cucharón de madera. Al verla entrar, levantó la vista con una sonrisa que se desvaneció rápidamente.
—¿Valeria? ¿Qué te pasa? Tienes cara de haber visto un fantasma. Y esa ropa... ¿Esa no es la de ayer? ¿Dónde dormiste?
Valeria se detuvo en el umbral, luchando contra el impulso de mentir, de decir que todo estaba bien, de proteger a su madre de la verdad. Pero las palabras de Laura resonaban en su mente: "Si necesitas pedir perdón, pídelo. No esperes a que sea demasiado tarde". Y aplicaba también a la verdad.
—Mamá, tenemos que hablar.
El tono de su hija hizo que Elena Soto dejara el cucharón y se girara completamente, secándose las manos en el delantal con movimientos bruscos.
—¿Qué pasó? ¿Estás embarazada? ¿Te metiste en problemas?
—No, mamá. Nada de eso. Es... algo más complicado.
Se sentaron a la mesa, frente a frente. La luz de la lámpara creaba un círculo íntimo en medio de la cocina, aislándolas del resto del mundo.
—Hay un hombre —empezó Valeria, eligiendo las palabras con el cuidado de quien desactiva una bomba—. Un hombre rico. Poderoso. Me ha estado... buscando.
—¿Buscando? ¿Como pretendiente? ¿Celoso? —la madre frunció el ceño, su instinto protector despertando de golpe.
—Algo así. Pero no de una forma sana. Me envía mensajes. Aparece donde estoy. Me ofrece cosas que no he pedido. Trabajos, oportunidades, dinero. Y cuando le digo que no, él... insiste. Como si mi opinión no importara. Como si yo fuera una cosa que pudiera comprar con solo mirarme.
—¿Cómo se llama? —la voz de Elena se había vuelto gélida.
Valeria dudó. Sabía que decir el nombre cambiaría todo. Su madre no era una mujer que se asustara fácilmente, pero también sabía que estaba en desventaja contra alguien como Alejandro.
—Alejandro Rivas.
El silencio que siguió fue pesado. Elena palideció, un reconocimiento del nombre que confirmaba lo que Valeria ya sabía: incluso para gente normal, ese nombre significaba poder.
—El empresario —murmuró Elena—. Lo he visto en las noticias. En los periódicos. Ese hombre... tiene mucho dinero, Valeria. Muchas conexiones.
—Lo sé.
—¿Fuiste a la policía?
—No todavía. No tengo pruebas suficientes. Solo mensajes, una visita a la universidad y una carta. Todo puede explicarse como "gestos amables". Pero yo sé... yo sé que no es amable. Es control. Es... posesión. No me gusta como me mira.
Elena se levantó de golpe, caminando por la pequeña cocina con pasos agitados.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esperaste?
—Porque no quería asustarte. Porque no quería que hicieras algo que te pusiera en peligro.
—¿En peligro? ¿Yo? Hija, yo no tengo nada que perder. Tú eres lo único que tengo. Si ese creído cree que puede venir a mi casa a intimidar a mi hija...
—Mamá, por favor. No puedes confrontarlo. No directamente. Él es... peligroso. De verdad.
Elena se detuvo, mirando a su hija con una intensidad que hizo que Valeria viera, por primera vez, a la mujer que había sobrevivido a la muerte de su esposo, que había criado a una hija sola, que había trabajado toda su vida sin pedir ayuda a nadie.
—Valeria —dijo Elena, con una voz más suave pero firme—. Escúchame bien. Crecí en un pueblo donde los hombres como él hacían lo que querían con las mujeres que querían. Mi madre, tu abuela, me enseñó algo que nunca olvidé: "El miedo es útil cuando te hace correr, pero es veneno cuando te paraliza". No voy a dejarme paralizar. Y no voy a dejar que él te toque.
—¿Qué vas a hacer?
—Por ahora, nada que puedas ver. Pero quiero que sepas que esta casa es tuya. Si necesitas esconderte, ven aquí. Si necesitas llorar, ven aquí. Y si ese hombre tiene la osadía de presentarse en mi puerta, va a conocer a la Elena Soto con la nadie quiere meterse.
Valeria sintió las lágrimas en los ojos. Se levantó y abrazó a su madre, una fortaleza humana que había subestimado toda su vida.
—Te quiero, mamá.
—Y yo a ti, mi niña. Y vamos a salir de esto. Juntas.
Mientras se abrazaban, el teléfono de la casa sonó. Un timbre antiguo que resonaba en las paredes como una alarma.
Elena fue a contestar.
—¿Diga?
Valeria observó cómo el rostro de su madre cambiaba. De la calidez del abrazo pasó a una rigidez absoluta.
—No sé quién es usted ni cómo consiguió este número —dijo Elena con una voz fría—. Pero si vuelve a llamar a esta casa, no va a hablar con mi hija. Va a hablar con mi abogado. Y si no le basta, puede hablar con mi escopeta. ¿Me entendió?
Colgó con fuerza, haciendo que el aparato retumbara.
—¿Era él? —susurró Valeria.
—No lo sé. No se identificó. Solo preguntó por ti. Pero la voz... era suave. Educada. Demasiado educada. Y colgó cuando le dije quién era.
Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Alejandro tenía su número de casa. Tenía su dirección. La red se estaba cerrando.
Pero mientras miraba a su madre, erguida y desafiante frente al teléfono, entendió algo nuevo. Elena Soto no era una víctima. Era una guerrera. Y Alejandro Rivas no tenía ni idea de con quién se había metido.