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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 21

Este es el Capítulo 19. El momento en que la historia abandona las sombras de los despachos para estallar en el corazón de la cultura europea. Un capítulo de alta tensión, sacrificios y la revelación de que, a veces, para construir el futuro, hay que derribar el pasado con estruendo.

CAPÍTULO 19: El eco del reloj

El Museo de Orsay, una antigua estación de tren convertida en templo del arte, se sentía como una catedral vacía a medianoche. El inmenso reloj de oro y cristal dominaba el gran vestíbulo, marcando los segundos con un crujido metálico que resonaba en las paredes de piedra. Lía caminaba con paso firme, a pesar del peso de su embarazo y del miedo que amenazaba con paralizarla. A su lado, Dante sostenía su bastón no como un apoyo, sino como un arma encubierta, con la mirada de un hombre que ya ha aceptado su propia muerte para asegurar la vida de quienes ama.

Frente a ellos, bajo la estatua de un ángel caído, el hombre que Isabelle había llamado "El Arquitecto" sonreía con una amabilidad quirúrgica. Se llamaba Etienne Thorne, un filántropo de día y el liquidador del Consejo de los Seis de noche.

—Es poético que estemos aquí —dijo Thorne, señalando la inmensidad del museo—. Este lugar nació para conectar personas, y hoy conectaremos los cabos sueltos de la dinastía Montero. Señora Montero, el documento de cesión de activos está en esa mesa. Firme y su hermano Gabriel será liberado en cinco minutos.

Lía se acercó a la mesa de cristal. Sus manos temblaban, pero no por debilidad. Bajo su blusa, el micrófono y la micro-cámara estaban activos, transmitiendo en una señal rebotada a tres continentes.

—Antes de firmar —dijo Lía, su voz proyectándose por el vestíbulo—, quiero saber la verdad. Mi padre murió creyendo que protegía a su familia. ¿Fue él quien ordenó el asesinato de la madre de Gabriel, o fue el Consejo para obligarlo a seguir lavando dinero?

Thorne soltó una carcajada suave.

—Alberto era un cobarde sentimental. Él nunca habría matado a la mujer que amaba. Fuimos nosotros. Teníamos que recordarle que su lealtad no era negociable. Al igual que la suya, señora Montero.

Dante dio un paso al frente, su presencia llenando el espacio entre Lía y Thorne.

—El Consejo no sobrevivirá a esta noche, Thorne. Creéis que el dinero es el idioma universal, pero habéis olvidado el idioma de la verdad.

—La verdad es una mercancía que nadie puede comprar si no tiene quien la escuche —replicó Thorne, haciendo un gesto a dos hombres armados que emergieron de las sombras de las esculturas—. Firme, o el niño que lleva dentro nunca verá la luz de mañana.

Lía tomó el bolígrafo. Miró a Dante, y en ese segundo, una comunicación silenciosa pasó entre ellos. Él sabía lo que ella estaba a punto de hacer.

—Usted dice que la verdad es una mercancía —dijo Lía, mirando directamente a la lente invisible en su pecho—. Pues hoy, el mundo entero está de rebajas.

Lía no firmó el documento. En su lugar, escribió una palabra en letras grandes: ALBA.

En ese instante, las pantallas gigantes del museo, que normalmente mostraban información sobre las exposiciones, se encendieron. No mostraban arte. Mostraban el rostro de Thorne, sus palabras sobre el asesinato de la madre de Gabriel y los diagramas del lavado de dinero que Isabelle había proporcionado. La señal estaba siendo retransmitida en vivo por los principales noticieros de Europa y Estados Unidos.

El rostro de Thorne se transformó de una calma civilizada a una furia animal.

—¡Mátalos! —gritó a sus hombres.

...

Lo que siguió fue un caos orquestado. Dante, a pesar de su herida, se lanzó contra el primer sicario, usando su bastón para golpearle la tráquea con una fuerza brutal. Lía se refugió tras la base de una escultura de mármol, mientras el sonido de los disparos rebotaba en la cúpula de cristal del museo.

—¡Dante, atrás! —gritó Lía cuando vio a un segundo tirador apuntando desde la galería superior.

Dante no retrocedió. Se interpuso de nuevo en la línea de fuego, protegiendo a Lía. Un disparo impactó en su hombro sano, haciéndolo tambalear, pero él no cayó. Disparó su propia arma, derribando al sicario de arriba con una precisión asombrosa.

Thorne intentó huir hacia la salida trasera, pero la puerta se abrió de golpe. Gabriel, con el rostro ensangrentado pero vivo, entró seguido por un equipo de la gendarmería francesa. Isabelle los había guiado usando los códigos de acceso que Thorne creía secretos.

—Se acabó, Thorne —dijo Gabriel, apuntando al hombre que había ordenado la muerte de su madre—. Tu consejo se ha quedado sin miembros.

La policía rodeó el museo. El escándalo internacional era ya imparable. Millones de personas habían presenciado la confesión en vivo. El Consejo de los Seis había sido decapitado en público.

...

Tras el fragor de la batalla, el silencio regresó al museo, pero era un silencio diferente. Ya no era el silencio de los secretos, sino el de la victoria amarga. Dante estaba sentado en el suelo, apoyado contra una estatua, con Lía sosteniendo su cabeza mientras los paramédicos se abrían paso entre las obras de arte.

—Lo hicimos... —susurró Dante, su voz debilitada por la pérdida de sangre—. El muelle... está limpio, Lía.

—No hables, descansa —sollozó ella, besando su frente—. Estás vivo. Todos estamos vivos.

—Gabriel... —llamó Dante. El hermano de Lía se acercó, arrodillándose junto a ellos. Dante tomó la mano de Gabriel—. Cuida de ella... si yo no puedo.

—No digas eso, idiota —dijo Gabriel con una sonrisa triste—. Tienes un hijo que criar. Y yo tengo una empresa que ayudarte a liquidar.

...

Esa noche, bajo el cielo de París, la historia de los Montero y los Valerios terminó de escribirse. Pero no fue el final que sus padres habrían imaginado. Fue un final de cenizas y libertad.

Horas más tarde, en el hospital, Lía estaba sentada junto a la cama de Dante. Él estaba fuera de peligro; la bala no había tocado órganos vitales, aunque su recuperación sería larga. Isabelle estaba en la puerta, observándolos.

—Habéis hecho lo que vuestros padres nunca se atrevieron —dijo Isabelle—. Habéis preferido la verdad a la seguridad. Alberto y Nikola estarían... aterrorizados. Y orgullosos.

—Ya no importa lo que ellos piensen —respondió Lía, tomando la mano de Dante—. Mañana empezaré el proceso para disolver Alba Arquitectura. El dinero que quede tras las multas e indemnizaciones irá al fondo para las víctimas del Consejo. No quiero nada de ese legado.

—¿Y qué harás? —preguntó Gabriel, entrando en la habitación.

Lía miró a Dante, quien le devolvió una mirada de amor absoluto.

—Voy a construir una casa. Una casa pequeña, en el lago. Pero esta vez, los planos serán reales. Sin habitaciones secretas, sin cajas fuertes escondidas. Una casa donde nuestro hijo pueda correr sin tropezar con los fantasmas de sus abuelos.

...

La tensión sexual y emocional entre Lía y Dante, que había sido el motor de su viaje, se transformó en una paz profunda. Días después, antes de salir del hospital, Lía se acostó con cuidado junto a Dante en la cama clínica. El contacto de sus cuerpos, ahora libres de la urgencia del peligro, fue de una ternura que les arrancó lágrimas.

Se amaron en la penumbra de la habitación, un acto que no fue solo placer, sino una confirmación de su existencia. Cada caricia de Dante en el vientre de Lía era una promesa de futuro. Cada respuesta de ella era un perdón por el pasado. En la Ciudad de la Luz, habían encontrado su propia claridad.

...

Sin embargo, el destino siempre tiene un último detalle. Al regresar a su apartamento temporal en París para recoger sus cosas, Lía encontró un pequeño sobre debajo de la puerta. No tenía remitente, solo una fecha de hace treinta años.

Dentro había una llave de un casillero en una estación de tren que ya no existía, y una nota escrita por su madre, la mujer que Lía apenas recordaba.

"Lía, si alguna vez llegas a este punto, busca la caja del tiempo. No todo lo que tu padre construyó era para el Consejo. Hay algo que él hizo solo por ti. El verdadero tesoro de los Montero no es el dinero, es el mapa hacia el origen de tu propia fuerza."

Lía miró a Dante, quien ya estaba cargando las maletas.

—Dante... parece que los Montero todavía tienen una última palabra que decir.

—¿Quieres buscarlo? —preguntó él, dejando las maletas en el suelo.

Lía sonrió, guardando la llave en su bolsillo.

—No. No hoy. Hoy vamos a casa. Lo que sea que esté en esa caja, puede esperar. Nuestra verdadera historia empieza ahora, y no necesita mapas de nadie más.

 Lía y Dante salienron del edificio hacia la luz de la mañana parisina, dejando atrás las sombras del Museo de Orsay y el peso de una corona que nunca pidieron.

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