Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
** Todas son novelas independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Limpieza 1
Al día siguiente, Cora se levantó antes de que la mansión despertara del todo. Se vistió con sencillez, escogiendo colores apagados, y se recogió el cabello de manera discreta. Volvió a adoptar esa actitud tímida y silenciosa que todos esperaban de ella, la que había aprendido a usar como escudo desde niña.
Salió de su habitación con pasos suaves, casi inseguros, y comenzó a caminar por los pasillos largos de la mansión Morgan.
Nadie la saludó.
Las empleadas pasaron a su lado sin mirarla, cuchicheando entre ellas. Alguno de los mayordomos apenas inclinó la cabeza por costumbre, sin detenerse. Era invisible. Exactamente como siempre… y exactamente como necesitaba ser.
Aquella indiferencia, lejos de herirla, le dio una calma fría. Nadie la vigilaba. Nadie se preguntaba qué hacía o adónde iba. Para todos, Cora seguía siendo la hija débil, enfermiza, inofensiva.
La primera puerta que abrió fue la del dormitorio de su padre.
El cuarto de Casper Morgan era amplio, ordenado con una rigidez casi obsesiva. Todo hablaba de control.. los muebles alineados, las prendas cuidadosamente dobladas, los objetos de valor exhibidos sin pudor. Cora avanzó despacio, observando sin tocar al principio, dejando que los recuerdos se asentaran sin dominarla.
Luego empezó.
Tomó anillos guardados en una caja de madera, un reloj pesado con incrustaciones, gemelos de oro olvidados en un cajón. No se llevó nada que pudiera notarse de inmediato. No era un saqueo impulsivo, sino una selección cuidadosa. Objetos pequeños, fáciles de ocultar, imposibles de rastrear hasta ella.
Después fue a la oficina.
Ese lugar le provocó un escalofrío distinto. Allí su padre había firmado documentos, cerrado acuerdos corruptos, decidido destinos ajenos con tinta y sellos. Cora recorrió el escritorio con la mirada y abrió compartimentos secretos que ahora recordaba perfectamente. De allí sacó monedas antiguas, un broche de alto valor, algunas piezas que no figuraban en inventarios oficiales.
No era mucho.
No sería suficiente para venderlo todo y huir.
Pero era suficiente para empezar.
Guardó cada objeto con cuidado, ocultándolo bajo la ropa, respirando con calma. Nadie entró. Nadie preguntó. La mansión seguía funcionando como siempre, ciega a la traición silenciosa que se gestaba en su interior.
Cuando regresó a su habitación, cerró la puerta con suavidad y se sentó en la cama, sosteniendo el pequeño botín entre las manos.
Aquello no era robo.
Era inversión.
Con limpiaria la mansion, quienes habían abusado de su poder, de quienes la habían ignorado cuando estaba enferma, de quienes habían elegido la crueldad porque creían que nadie los tocaría.
Los empleados serían los primeros en caer.. con despidos estrategicos y acusaciones no tan justas Algunos serían expulsados sin honor. Otros, obligados a marcharse en silencio.
Mientras guardaba los objetos en un escondite seguro, Cora sintió algo parecido a satisfacción.
La casa que había sido su prisión comenzaba, por fin, a cambiar de manos.
Y nadie sospechaba que la joven callada que caminaba por los pasillos había dejado de ser una víctima.
El fuego ya había empezado a propagarse.
Al día siguiente, la mansión despertó con su rutina habitual. El sonido de pasos apresurados, órdenes murmuradas, puertas que se abrían y cerraban. Todos se levantaron para trabajar convencidos de que aquel sería un día como cualquier otro, sin notar que alguien se movía entre ellos con una calma peligrosa.
Cora esperó.
Observó desde la sombra, contando tiempos, aprendiendo ritmos. Sabía exactamente cuándo cada ala de la casa quedaba momentáneamente vacía, cuándo las habitaciones quedaban sin vigilancia. Entonces comenzó a actuar.
Se desplazaba con sigilo, sin prisa, llevando consigo el botín que había reunido el día anterior. No entraba como una ladrona nerviosa, sino como alguien que pertenecía a ese lugar. Nadie se sorprendía de verla pasar.. nadie se preguntaba qué hacía. Su invisibilidad seguía siendo su mejor arma.
Una a una, fue entrando en las habitaciones de las empleadas y empleados que le habían hecho daño en sus recuerdos. Abría cajones, deslizaba objetos con cuidado, los acomodaba como si siempre hubieran estado allí. Anillos en cofres ajenos. Monedas antiguas entre prendas humildes. Gemelos escondidos bajo telas gruesas.
Mientras lo hacía, algo empezó a llamar su atención.
Aquellas habitaciones eran demasiado ricas para quienes las ocupaban.
Cora se detuvo más de una vez, observando con detenimiento. Joyas discretas pero costosas. Pequeños objetos de valor ocultos con torpeza. Telas finas dobladas y escondidas bajo ropa común. Para el sueldo que ganaban en la mansión Morgan, aquello era imposible.
No eran solo crueles.
Eran ladrones.
La revelación no la sorprendió tanto como pensó. Encajaba demasiado bien con lo que recordaba de ellos.. la arrogancia, la impunidad, la seguridad de quien cree que nadie revisará sus cosas. En algunas habitaciones encontró más de lo que ella misma había tomado del cuarto de su padre.
Y entonces reconoció algo que le apretó el pecho.
Uno de sus vestidos.
No había duda. Recordaba la costura, el bordado en el dobladillo, una pequeña imperfección en la manga. Estaba allí, doblado sin cuidado, como si fuera una prenda cualquiera. En otra habitación encontró ropa masculina que también le resultó dolorosamente familiar.. una camisa de Colton, una que él había dado por perdida hacía tiempo.
Sus dedos se cerraron con fuerza.
Así desaparecían las cosas.
Así se habían enriquecido.
Así habían vivido mientras ella pasaba hambre.
Cora siguió adelante, ahora con una claridad aún más fría. No estaba sembrando pruebas falsas.. estaba completando un rompecabezas que ellos mismos habían armado durante años. Lo que ella añadía solo haría que todo saliera a la luz al mismo tiempo.
Cuando terminó, regresó a su habitación sin que nadie la viera. Se sentó en la cama y dejó escapar un suspiro lento. El plan avanzaba con una precisión que incluso a ella la sorprendía.
Había redistribuido el botín.
Había expuesto la corrupción silenciosa.
Había convertido su propia crueldad en una trampa perfecta.
Pronto, cuando llegaran las preguntas y las revisiones, nadie tendría que inventar culpables.
Los empleados de la mansión Morgan caerían por el peso de sus propios pecados.
Y Cora, una vez más, habría pasado desapercibida… como la mano invisible que empuja la primera ficha del dominó.