Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Depredador 1
Cora retrocedió un paso, luego otro, sintiendo cómo el aire se volvía denso, casi irrespirable. Apretó con suavidad la copa entre los dedos para que no temblara demasiado y, recordando cada gesto aprendido en esa casa cruel, inclinó el cuerpo en una reverencia perfecta, dócil, impecable.
—Le deseo una buena noche, mi señor —dijo con voz baja.
Giró apenas el cuerpo para marcharse, pero no alcanzó a dar dos pasos cuando una sombra se interpuso frente a ella.
Él se había levantado.
No hizo ruido al moverse, y eso fue lo que más la inquietó. De pronto estaba allí, bloqueando la salida, alto, sólido, como un muro de carne y voluntad. Cora alzó la vista despacio y forzó una sonrisa nerviosa, de esas que había aprendido a usar desde niña para desactivar la ira de los adultos.
—Oh… claro —añadió apresuradamente—. No le he agradecido como corresponde.
Volvió a inclinarse, esta vez con mayor profundidad, el cabello cayéndole hacia adelante como una cortina sumisa.
—Gracias por intervenir. Gracias por proteger esta casa en ausencia de mi padre y de mi hermano. Estoy… profundamente agradecida.
Enderezó la espalda y dio un pequeño paso lateral, buscando rodearlo.
Él se movió al mismo tiempo.
Otra vez frente a ella.
El corazón de Cora dio un golpe seco en su pecho. Aun así, mantuvo el tono dulce, casi infantil, como si no notara la tensión que vibraba entre ambos.
—¿Necesita algo más, mi señor? —preguntó con suavidad—. Si hay algo en lo que pueda ayudar…
El hombre no respondió.
No frunció el ceño, no sonrió, no mostró molestia alguna. Solo la miró. Una mirada profunda, oscura, tan fija que a Cora le dio la sensación absurda de que no estaba observando su rostro, sino algo detrás de él. Como si pudiera ver las listas, los recuerdos, el odio cuidadosamente ordenado en su mente.
El silencio se alargó.
Cora sintió, por primera vez desde que despertó en ese cuerpo, un miedo distinto. No el miedo aprendido a los golpes o a la humillación, sino uno más frío.. la certeza de estar frente a alguien que no se dejaba engañar.
Él dio un paso más cerca.
No la tocó. No fue necesario.
—Usted no se comporta como alguien que acaba de ser víctima —dijo al fin, con voz baja, controlada—. Ni como alguien que teme quedarse sola en una mansión vacía.
Las palabras cayeron lentas, pesadas.
Cora sostuvo su sonrisa, aunque ya le dolía el rostro.
—Tal vez… —respondió con cuidado— solo estoy aliviada.
Los ojos oscuros no parpadearon.
—Tal vez —repitió él.
Por un instante, Cora tuvo la certeza inquietante de que, si ese hombre lo quisiera, podría borrarla, desaparecerla sin dejar rastro, como a los empleados que aún lloraban en la noche. No por crueldad, sino por convicción.
Finalmente, él se apartó apenas, lo justo para dejarle un espacio mínimo.
—Puede retirarse, lady Morgan —dijo—. Por ahora.
Ese por ahora se le clavó en la piel.
Cora pasó junto a él con pasos medidos, sin correr, sin mirar atrás. Solo cuando cerró la puerta tras de sí y el pasillo volvió a envolverla, soltó el aire que había estado conteniendo.
La sonrisa desapareció.
—Ese hombre… —susurró— no es un simple capitán.
Y mientras regresaba a su habitación, con el pulso aún acelerado, comprendió algo esencial para su venganza..
Había limpiado la mansión de ratas.
Pero acababa de atraer la atención de un depredador.
Aun así, a la mañana siguiente Cora despertó tranquila.
No hubo sobresaltos ni sueños turbios. La luz del amanecer se filtraba suave entre las cortinas antiguas, tiñendo la habitación de tonos dorados. Por un instante permaneció inmóvil, escuchando. Ningún grito. Ningún paso apresurado. Ninguna voz áspera reclamando su presencia. Solo el murmullo distante de la casa despertando lentamente.
Se levantó, se arregló con calma y bajó las escaleras.
Al llegar al comedor, se detuvo.
La mesa estaba servida.
No de manera ostentosa, sino cuidadosa.. pan tibio, fruta fresca, una tetera humeante y una taza colocada exactamente donde a ella le gustaba sentarse desde niña. Ese detalle, tan pequeño, le apretó el pecho de forma inesperada.
Alzó la vista y entonces lo comprendió.
Las pocas personas que permanecían en la mansión eran mayores. Rostros marcados por los años y el trabajo duro, espaldas ligeramente encorvadas, manos ásperas. Algunos la miraban con timidez, otros con una mezcla de respeto y cautela. Pero no había odio ni burla en sus ojos.
Había reconocimiento.
Cora los fue identificando uno a uno, casi sin darse cuenta.
La cocinera que le preparaba caldos cuando enfermaba de niña.
El mayordomo silencioso que siempre le abría la puerta sin hacer preguntas.
La mujer que le había trenzado el cabello el día del funeral de su madre, con manos temblorosas y ojos enrojecidos.
Ellos habían estado allí antes.
Antes de la muerte de su madre.
Antes de la amante.
Antes del desprecio.
Recordó entonces cómo, tras la muerte de lady Morgan, esas mismas personas habían sido relegadas a los trabajos más pesados, apartadas de la administración, silenciadas. Wilma Smith había traído gente nueva, más joven, más cruel, más dispuesta a obedecer sin cuestionar. Los antiguos sirvientes habían quedado como sombras, soportando en silencio.
—Buenos días, lady Cora —dijo una mujer de cabello gris, inclinando la cabeza con respeto sincero.
No era una reverencia exagerada. Era la de alguien que había cuidado de ella.
—Buenos días —respondió Cora, con voz suave.
Se sentó a la mesa y tomó la taza entre las manos. El aroma del té era familiar, reconfortante. Bebió un sorbo despacio, observándolos.
Ellos no la temían.
Y eso le confirmó algo importante.
Los verdaderos parásitos ya no estaban.
—Gracias por preparar el desayuno —dijo—. Estaba delicioso.
La cocinera sonrió, una sonrisa pequeña, emocionada.
—Nos alegra verla bien, mi lady —respondió—. Nos preocupó cuando nadie subía comida a su habitación.
Cora bajó la mirada un segundo.
—Lo sé —dijo—. Y no volverá a pasar.
El ambiente se relajó apenas, como si todos soltaran una tensión antigua. Cora comprendió entonces que su primera purga había sido correcta. No había limpiado solo por venganza, sino por equilibrio.
Mientras terminaba de desayunar, una idea se asentó con claridad en su mente..
Esta mansión no volvería a ser un lugar de miedo.
Y aquellos que habían sobrevivido al silencio, también sobrevivirían a la venganza.
Su guerra no era contra ellos.
Y apenas estaba comenzando.
que no pierde tiempo para recordarte directa e indirectamente tus errores pasados!, detesto ese/Smug/ Callalos Jason
ya está muerto y no se ha dado cuenta mi amigo, con esas palabras que le dijo a Jason, creó su propia tumba😡