En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
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Capítulo 23
Navira
El eco de los gritos y el estruendo de la cerámica rota finalmente se disipó, dejando paso a un silencio denso, pero esta vez, cargado de una protección absoluta. Declan no se movió de mi lado. Me había llevado a la cama no como a una prisionera, sino como a algo precioso que temía que se rompiera con el más mínimo roce.
El vendaje en mi antebrazo estaba impecable, una banda blanca que ocultaba mi momento de debilidad. Estaba recostada contra las almohadas de seda, envuelta en una manta de piel de lobo que olía a él. Mi respiración, antes frenética, se había calmado, aunque mis manos seguían reteniendo un ligero temblor que delataba el rastro del pánico.
Declan estaba sentado en el borde del colchón, de espaldas a la puerta que Kael ahora custodiaba con una guardia doble. Se había quitado la guerrera del uniforme, quedándose solo con la camisa de lino entreabierta. Sus ojos azules no se apartaban de mí; estaban fijos en mi rostro, analizando cada parpadeo, cada gesto, como si estuviera buscando cualquier sombra remanente de Varek para exterminarla.
—Tienes que dormir, Navira —dijo con una suavidad que seguía resultándome extraña en un hombre construido para la guerra—. El médico dijo que el shock ha agotado tus nervios.
—No quiero cerrar los ojos —susurré, agarrando el borde de su camisa—. Si los cierro, vuelvo a ver esa caligrafía. Siento que el papel sigue quemándome las manos.
Declan tomó mi mano entre las suyas, cubriéndola por completo. Sus palmas estaban callosas por la espada, pero su tacto era tan tierno que me dolió el pecho.
—Esa carta está ardiendo ahora mismo en la chimenea del despacho —sentenció—. Y te prometo que el hombre que la escribió arderá igual. No estás sola. Nunca volverás a estar sola frente a él. ¿Entiendes?
Asentí, pero una lágrima traidora rodó por mi mejilla. Declan la secó con el pulgar, frunciendo el ceño con una mezcla de adoración y frustración.
—Eres un desastre, nena —murmuró, aunque sus ojos decían que era el desastre más hermoso del mundo—. Vamos a hacer algo. Voy a distraerte. No dejaré que tu mente regrese a ese lugar oscuro.
—¿Y cómo vas a hacer eso, General? —pregunté con una sonrisa débil—. ¿Vas a contarme estrategias de asedio? ¿O cómo decapitar a un traidor en tres pasos?
Él soltó una risita seca y se inclinó hacia el tocador, tomando un trozo de pergamino limpio y una pluma que Mila había dejado allí. Se aclaró la garganta, adoptando una postura ridículamente solemne que me hizo arquear una ceja.
—Peor —dijo con una chispa de malicia en los ojos—. Voy a usar el arma más peligrosa de mi arsenal. La poesía.
Me quedé de piedra. —¿Poesía? ¿Tú? Declan, apenas sabes hablar sin soltar un insulto o una orden.
—Cállate y escucha, rebelde. He estado practicando mentalmente mientras Kael me hablaba de los suministros de cebada —mojó la pluma en la tinta y, con una concentración que parecía mayor a la que ponía para trazar mapas de invasión, empezó a escribir con rapidez.
Yo lo miraba hipnotizada. Sus cejas estaban juntas, su mandíbula apretada, y de vez en cuando soltaba un gruñido cuando una palabra no le convencía. Tras unos minutos, dejó la pluma, sopló el pergamino para secar la tinta y se aclaró la garganta con una fuerza exagerada.
—Se titula: "Oda a la mujer que me araña y me insulta" —anunció con voz de barítono.
No pude evitar soltar una pequeña carcajada, la primera después de la crisis. Declan me lanzó una mirada de advertencia, pero sus labios temblaban con una sonrisa. Empezó a leer:
"En el norte hace frío, la nieve es fatal,
pero tú tienes un genio que es mucho más criminal.
Tus ojos son tormentas, tu boca es un puñal,
y despertarte de mañana es un riesgo vital.
Me llamas cerdo, animal y tonto de remate,
mientras mi pobre corazón contra las costillas late.
Dices que me odias, que soy un imbecil sin par,
pero anoche en el balcón no parabas de gritar.
Si Varek es una sombra, yo soy el gran trueno,
y para tu mal genio, yo soy el veneno bueno.
Duerme tranquila, mi pequeña rebelde de fuego,
que si alguien te toca, yo me cargo el reino entero... y luego me voy a juego."
Cuando terminó, se quedó mirándome con una expresión de orgullo tan ridícula que el aire contenido en mis pulmones estalló en una risa limpia y sonora. Me reí hasta que me dolieron los costados, hasta que las lágrimas de pánico fueron reemplazadas por lágrimas de pura diversión.
—¡Es espantoso! —exclamé, tapándome la cara con las manos—. ¡Es el peor poema que se ha escrito en la historia de Vaelkoria! ¡"Riesgo vital" no rima con nada de forma decente, Declan!
—¡Oye! —protestó él, fingiendo indignación mientras se lanzaba sobre la cama para hacerme cosquillas en los costados—. He puesto mi alma en esos versos. Es una obra maestra de la lírica militar.
—"Y luego me voy a juego"... ¡Ni siquiera tiene sentido! —seguía riendo, tratando de zafarme de sus manos—. Eres un carnicero de la lengua, Declan.
Él se detuvo, quedando sobre mí, sosteniéndose con los brazos a cada lado de mi cuerpo. Su risa se apagó, dejando paso a esa mirada intensa que siempre lograba desnudarme el alma. Me acarició el cabello, apartando los mechones de mi frente con una devoción infinita.
—Te has reído —susurró—. Ese era el objetivo.
Mi risa se desvaneció, convirtiéndose en un suspiro de paz. —Gracias, Declan. De verdad.
—No tienes que darme las gracias por ser un poeta mediocre, Navira. Haría el ridículo frente a todo el Consejo si eso significara que no volverás a mirar un abrecartas con esa expresión en los ojos.
Se acostó a mi lado, atrayéndome hacia su pecho. Me acomodé en el hueco de su hombro, escuchando el latido rítmico de su corazón. Ya no me sentía pequeña ni asustada. Su calor era un escudo que ninguna carta podía atravesar.
—Ese hombre, Varek... —empecé a decir, pero él me interrumpió besándome la frente.
—Varek es un hombre muerto caminando, solo que aún no lo sabe. No pienses en él. Piensa en que mañana vamos a salir de aquí. Nos vamos a la capital. Estarás rodeada de mis mejores hombres, y yo no me separaré de ti ni para ir al baño.
—Eso suena un poco agobiante, General —bromeé, cerrando los ojos por fin, sintiendo el peso del cansancio real, el que precede a un sueño reparador.
—Te aguantarás. Es el precio de casarse con un animal posesivo.
Me quedé dormida con el sonido de su voz, imaginando el viaje a la capital. El miedo seguía ahí, en algún rincón oscuro, pero Declan había construido una fortaleza de risas y promesas a mi alrededor. Por primera vez en años, el pasado no se sentía como una sentencia de muerte, sino como una batalla que, con el General de Hierro a mi lado, estaba destinada a ganar.
Declan se quedó despierto mucho tiempo después de que yo me durmiera. Lo supe porque, en mis sueños, sentía sus dedos trazando suavemente las líneas de mi mano, como si estuviera grabando mi tacto en su memoria, preparándose para la guerra que vendría para protegerme. El poema, doblado sobre el tocador, era la prueba de que el monstruo de Vaelkoria tenía una debilidad: una rebelde de Sundergard que lo había hecho poeta por una noche.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄