Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️
Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...
Prohibido el plagio. ✅
NovelToon tiene autorización de neversaynever para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El recuerdo que volvió de golpe.
Belén tenía las cejas levantadas y los ojos abiertos de par en par; su boca permanecía entreabierta, atrapada entre la sorpresa por lo que acababa de ver y la confusión de no entender bien qué ocurría. Miraba a Lizbeth una y otra vez, intentando descifrar de qué habían hablado ella y Jonás en voz baja, hasta que noté cómo Jonás desviaba la mirada hacia atrás, justo detrás de nosotras. Al comprender que sus ojos se posaban en mí, sentí que el nudo en el pecho se aflojaba un poco.
Jonás abrió los labios y me llamó con voz suave, pero clara:
—Alison, no te quedes sola allá; ven aquí conmigo, donde estamos nosotros.
Al escuchar lo que decía mi hermana, recorrí con la mirada uno por uno a sus amigos, tratando de adivinar qué pensaban:
- Belén tenía la expresión más serena de todas; sus ojos brillaban con una luz cálida, y su boca dibujaba una sonrisa sutil, como si supiera que todo estaría bien.
- Ástor tenía las cejas ligeramente alzadas y los ojos muy abiertos, como si la propuesta le hubiera tomado por sorpresa; sus labios permanecían separados, sin saber qué decir. De vez en cuando miraba hacia el suelo o desviaba la vista hacia cualquier lado, esquivando encontrarse con la mía.
- Matías, por el contrario, frunció levemente el ceño; entrecerró un poco los ojos, arrugó sutilmente la nariz y comprimió los labios en una línea recta que bajaba hacia abajo, como si le costara decidir si le parecía bien o no.
- Átlas tenía las cejas levantadas y la mirada muy abierta, con la boca entreabierta, igual que si acabara de escuchar algo inesperado.
- Mark elevó una sola ceja con disimulo; sus pupilas se dilataron un instante bajo la luz tenue, y una sonrisa leve apareció en sus labios.
- Miguel miraba hacia otro lado, sin dirigir la vista ni a mí ni a nadie del grupo; no tenía rastro de sonrisa en el rostro, y era el único que no parecía sentir curiosidad ni el menor interés por lo que yo fuera a hacer o decir.
Más allá, Emiliano tenía la espalda recostada contra el tronco de un árbol lapacho: sus hojas eran compuestas y ovaladas, de un verde oscuro intenso; sus ramas, largas y algo desordenadas, se distinguían por tener nudos muy notorios; el tronco, recto y robusto, lucía de un tono castaño oscuro. Con la mano izquierda sostenía su celular, y con la derecha levantada deslizaba el dedo pulgar suavemente por la pantalla táctil de su Samsung Galaxy Ace 2, pasando al siguiente video de Reels; volvía a tocar rápidamente para avanzar otro, y así sucesivamente, sin detenerse demasiado en ninguno. Tenía la pierna izquierda doblada, apoyando el pie en el suelo, mientras la derecha permanecía extendida, con solo el talón tocando el piso. Jacod lo observaba con atención: su mano izquierda descansaba en el suelo, y la derecha sobre su pantorrilla izquierda.
Lizbeth, por su parte, arqueó las cejas con sutileza, abrió un poco más los ojos y dejó los labios en una línea fina y cerrada, sin decir nada.
Al terminar de mirarlos a todos, fijé la vista en mi hermana pequeña por última vez y negué lentamente con la cabeza; sin darme cuenta, fruncí las cejas y entrecerré los ojos, mostrando mi rechazo. No quería ir, pensé. Ellos estaban hablando de cosas suyas, cosas que no me corresponden.
Giré el rostro y miré hacia adelante, donde se alzaba una casa de dos pisos. En la planta baja tenía una puerta Olamendi y dos ventanas de algarrobo sin celosías, cubiertas por cortinas floreadas de color blanco que se movían apenas con el viento. En el piso superior se abrían dos ventanas-balcón con hojas corredizas del mismo algarrobo, protegidas cada una por una barandilla de balaustrada, formada por una hilera de pequeñas columnas verticales. Justo en el centro, entre las dos ventanas, había una puerta de algarrobo con el diseño «Rayito de Sol». A ambos lados de las puertas, dos apliques de pared Orlean Jaula completaban la fachada, pintada entera de gris perla y rematada con un techo plano de chapa.
De pronto escuché pasos acercándose a mí, hasta detenerse justo delante. Levanté la cabeza y me encontré con la mirada de Jacod, el chico que había compartido clases conmigo hacía años. Y en ese instante, el recuerdo volvió nítido a mi mente:
Estaba sentada en mi silla, y él giró el rostro hacia mi carpeta multicolor —lila, rosa, naranja, verde agua, verde manzana y amarillo—, donde había escrito en letras claras la frase en inglés: Looking For My Happy Place. A mi lado, de pie, estaba Elizabeth Camila Water: una chica de doce años, alta y de complexión delgada, con cabello ondulado castaño claro, piel medio clara, cejas muy arqueadas y ojos juntos de color verde claro, con pestañas cortas; nariz de botón y labios de grosor medio. Ella también giró la vista, miró a Jacod un instante, luego volvió a mirarme y me dijo en voz baja:
—Es el chico más lindo.
En ese momento, alguien empujó la puerta del salón, entró y se quedó quieta sosteniendo el picaporte antes de cerrarla con suavidad. Se dio la vuelta, miró hacia adelante y habló con tono amable:
—Hola, buenos días; disculpen que haya entrado así.
Theo Alexis Greco levantó la cabeza de la carpeta que estaba revisando, soltó el bolígrafo Filgo Fastgrip que sostenía en la mano y lo dejó sobre el escritorio. Miró a la mujer y respondió con calma:
—Hola, buenos días; no pasa nada, señora. Dígame por qué ha venido; si quiere, puede acercarse.
Ella asintió y explicó:
—Vengo a ver las notas de mi hijo Jacod.
Comenzó a caminar unos pasos hacia el profesor mientras lo observaba: era un hombre mayor, de cincuenta y dos años, alto y delgado; cabello lacio castaño medio claro, piel medio clara, cejas rectas y ojos hundidos de color gris azulado, con pestañas cortas; nariz recta y labio inferior grueso. Ella era Isabella Beatriz Russo: treinta y siete años, de baja estatura, complexión delgada pero con curvas marcadas; cabello lacio pelirrojo, piel muy clara, cejas planas y ojos estrechos de color marrón, con pestañas largas; nariz recta y labios de grosor medio.
En el salón había veinticinco compañeros, entre ellos tres que estaban muy concentrados en su tarea:
- Lorenzo Fabio Rodríguez, de doce años: baja estatura, complexión media y algo regordete; cabello castaño claro, piel clara, cejas curvadas y ojos pequeños de color verde esmeralda, con pestañas medianas; nariz pequeña y labios finos; tenía pequeñas pecas esparcidas por toda la cara.
- Giovanni Bruno Cáceres, de trece años: bajo y delgado; cabello lacio castaño, piel morena, cejas planas y ojos redondos de color café, con pestañas cortas; nariz romana y labio inferior grueso; pecas en la mejilla derecha.
- Erick Vicenzo Ramírez, de doce años: alto y delgado; cabello ondulado castaño oscuro, piel muy clara, cejas redondeadas y ojos juntos de color marrón, con pestañas medianas; nariz chata y labio superior grueso.
Lorenzo tenía abierto su cuadernillo de matemáticas Triunfante Tecno, de tapa azul, y con su lapicero anotaba los cálculos paso a paso, explicándoles el procedimiento a los otros dos. Erick miró el ejercicio con atención y preguntó:
—¿Entonces así hay que hacerlo?.
Giovanni lo observó un instante, luego miró a Lorenzo con admiración:
—Lo haces ver muy fácil.
Un poco más allá, Johana Mariana Toloza —trece años, alta y regordeta, con cabello ondulado castaño oscuro, piel muy clara, cejas curvas y ojos juntos de color marrón, pestañas cortas, nariz pequeña, labio superior grueso y dos hoyuelos en las mejillas— le explicaba algo a su amigo con gestos de las manos. Al terminar, preguntó:
—¿Ahora entendiste, o te tengo que seguir explicando?.
Damián Federico López, de doce años, alto y delgado, con cabello lacio castaño oscuro, piel clara, cejas curvadas y ojos encapuchados de color ámbar, pestañas medianas, nariz chata y labio superior grueso, sonrió con inocencia:
—Sí, entendí algo, pero todavía me falta comprender bien este ejercicio de lengua.
^^^Continuará❤️...^^^