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Esposa en Alquiler

Esposa en Alquiler

Status: Terminada
Genre:Romance / Madre por contrato / Completas
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: iraurah

Daniela aceptó un matrimonio arreglado para salvar de la ruina la casa hogar donde creció. A cambio recibió un esposo que la desprecia, una amante instalada bajo su mismo techo y una orden cruel: llamarlo «señor» y obedecer sin hacer preguntas.

Pero Gael todavía puede rebajarla más. Para cerrar un lucrativo negocio, alquila a su propia esposa durante seis meses y la entrega a Alberto Kaleo, un poderoso CEO acostumbrado a conseguir todo lo que desea. Daniela pasa de ser una esposa ignorada a convertirse en la mujer de alquiler de otro hombre, atrapada en un acuerdo que también pone su cuerpo y su libertad en manos ajenas.

Alberto, sin embargo, no la trata como una mercancía. Entre cuidados, deseo y una ternura que Daniela nunca conoció, el contrato comienza a transformarse en algo mucho más peligroso. Y cuando ella queda embarazada del hombre que la alquiló, Gael comprende demasiado tarde que entregó a su esposa... y que ahora podría perderla para siempre.

Entre celos, arrepentimientos y secretos familiares enterrados bajo apellidos de oro, Daniela tendrá que decidir si vuelve con el hombre que la vendió, si confía en quien pagó por tenerla o si, por primera vez, se elige a sí misma.

¿Cuánto cuesta una esposa que nadie valoró? ¿Y qué sucede cuando la mujer que todos trataron como mercancía decide que ya no está en venta?

NovelToon tiene autorización de iraurah para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El encuentro entre Gael y Alberto

Eran las ocho de la noche.

Gael esperaba en un restaurante, acompañado de su asistente Andrés, a uno de los empresarios que iban a asociarse con su compañía. Y ese empresario no era otro que Alberto Kaleo.

Gael llevaba un buen rato callado. Los negocios que cerraría con la empresa de Alberto no le ocupaban ni un pensamiento; lo único que le daba vueltas en la cabeza era qué clase de relación tendrían Daniela y el hombre con quien iba a sentarse esa noche.

—Jefe, ese es el señor Alberto —dijo Andrés, señalando a dos hombres que se acercaban: Alberto y su asistente, Miguel.

Gael sintió un nudo de inquietud. No sabía cómo comportarse frente a Alberto.

Andrés se puso de pie para recibirlos, como siempre hacía, y al verlo, Gael cayó en la cuenta de que debía levantarse también.

Alberto y Miguel llegaron a la mesa y saludaron primero.

—Buenas noches, perdonen la espera —dijo Alberto, con esa sonrisa que nunca se le caía de los labios.

Andrés echó un vistazo de reojo a su jefe. Gael solía devolver los saludos de sus socios, pero esta vez no abrió la boca, así que tomó la iniciativa.

—No se preocupe, señor, nosotros también acabamos de llegar. Tomen asiento, por favor.

Se sentaron frente a frente.

Gael seguía sin decir palabra. Su desgana ante la llegada del dueño de AK Group era evidente, cuando debería haberlo recibido encantado: era una gran oportunidad para la compañía.

—Jefe, ¿pedimos algo de comer? —le susurró Andrés al oído.

Gael asintió con la cabeza, nada más.

Andrés carraspeó para espantar la incomodidad.

—Ejem... Señores, ¿qué tal si ordenamos primero?

—Me parece bien —respondió Alberto.

Andrés llamó a un mesero y, cuando los cuatro hubieron dicho sus platos, el hombre se retiró.

Alberto, que no había dejado de observar el mutismo de Gael, esbozó una sonrisa torcida. Sabía que el otro no quería verlo; ignoraba si era por vergüenza o por puro fastidio.

—Mientras llega la comida, hablemos del negocio que tenemos entre manos —propuso, yendo al grano.

Conversaron sobre el plan. Andrés llevó casi todo el peso de la explicación, pues lo había preparado junto a su jefe, mientras Gael apenas intervenía de vez en cuando. Alberto aportó muchas ideas para la alianza, y hasta Gael se sorprendió un poco: no era casualidad que el dueño de una empresa tan reconocida, con negocios por toda Asia, tuviera propuestas tan brillantes.

Aun así, por momentos Gael se perdía de la conversación.

—¿Qué opina usted, jefe? —preguntó Andrés, sentado a su lado.

Gael no respondió. Tenía la mirada extraviada, atrapado en sus propios pensamientos.

—Jefe —Andrés le dio unas palmadas en el hombro al ver que no obtenía respuesta.

Gael reaccionó con el contacto.

—¿Eh? ¿Q-qué pasa? —balbuceó.

Andrés soltó un suspiro pesado. Era obvio que no había oído nada de lo que había dicho, así que se lo explicó de nuevo. Esta vez Gael prestó atención, aunque habló poco y se limitó a darlo todo por bueno.

La charla se interrumpió cuando llegaron los platos. Terminaron de comer y retomaron el tema hasta las diez y media de la noche.

—Creo que por hoy es todo lo que podemos tratar. Podemos seguir en la próxima reunión, ¿les parece? —dijo Andrés, dando por terminada la sesión.

—De acuerdo. Ustedes dos pueden salir primero. Quiero hablar un momento con Gael —dijo Alberto a Miguel y a Andrés.

Los dos asistentes abandonaron el restaurante y dejaron solos a Gael y a Alberto.

Alberto se aclaró la garganta antes de hablar.

—Ejem... ¿Cómo estás, Gael? —preguntó con media sonrisa.

Gael lo miró con desagrado.

—Déjate de rodeos. Di lo que tengas que decir.

Alberto soltó una carcajada ante su gesto sarcástico.

—No tengas tanta prisa, charlemos un rato. ¿No somos socios ahora?

—No hace falta. Además ya es tarde, será mejor que nos vayamos —replicó Gael, con el rostro inexpresivo.

—¿Por qué? ¿Tu novia te está esperando en casa? —preguntó Alberto, poniendo toda la cara de inocencia que pudo.

—¡Eso no te importa! —contestó Gael, cortante.

—Ja, ja, ja... Bueno, bueno, tranquilo, hermano. ¿No quieres saber cómo está tu esposa?

—Ah, se me olvidaba. Cómo vas a querer saber de ella, si no significa nada para ti.

—Está bien, si no quieres saberlo, yo también me voy, porque tu esposa debe de estar esperándome —Alberto le dedicó una sonrisa burlona, se levantó y se fue, dejando a Gael hirviendo de rabia.

Aquella última frase lo había sacado de quicio. No entendía por qué se dejaba provocar así por Alberto. ¿Acaso no era ese el trato desde el principio, cuando alquiló a Daniela? Entonces, ¿por qué ahora le ardía la sangre?

Gruñó de frustración al imaginar a Alberto tocando el cuerpo perfecto de Daniela, un cuerpo que él mismo, siendo su esposo, nunca había tocado.

Se quedó allí mucho rato, tratando de calmarse, hasta que por fin se levantó y volvió a casa.

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