Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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Un café
POV Katia
Un nudo de culpa se asentó en su estómago.
La mentira había funcionado, pero sabía que a partir de ese momento, la línea entre sus dos mundos comenzaba a volverse cada vez más delgada.
La cena transcurrió en una calma aparente, pero para Katia cada segundo resultaba asfixiante.
Gael platicó sobre su día en la oficina, entusiasmado por un proyecto que estaba a punto de cerrar, mientras ella asentía mecánicamente, fingiendo atención.
Cada sonrisa de su esposo y cada gesto de afecto eran un recordatorio punzante de la mentira que acababa de articular.
Al terminar de recoger la cocina y asegurarse de que los niños descansaban, Katia se dirigió a la habitación principal. Gael ya la esperaba en la cama.
Cuando ella se acostó, él se acercó con el afecto predecible de siempre y comenzó a buscar la intimidad.
Lo que siguió fue un reflejo exacto de los últimos años de su matrimonio.
La rutina se desplegó sin sobresaltos ni matices: caricias apresuradas, movimientos automáticos y, en cuestión de un par de minutos, Gael alcanzó el clímax, dando el encuentro por terminado con un suspiro de satisfacción.
Él se giró hacia su lado de la cama y, en pocos instantes, se quedó profundamente dormido.
Katia permaneció inmóvil en la penumbra, contemplando el techo en medio del silencio de la habitación.
La insatisfacción y la frustración la invadieron con un peso helado.
Una vez más se había quedado a mitad del camino, sin ser realmente vista ni deseada en su totalidad.
En ese vacío, la memoria de la tarde regresó con una fuerza arrolladora: la música de la academia, el calor de las manos de Rafael guiándola en la pista y la intensidad de una mirada que la había hecho sentir viva por primera vez en años.
El contraste era devastador.
Por un lado, la culpa la devoraba por guardar secretos ante un hombre bueno que la amaba a su manera; por el otro, el deseo y la necesidad de sentirse mujer ardían con mayor fuerza tras la abrumadora apatía de su propia cama.
Al día siguiente, Katia intentó ahogar sus pensamientos sumergiéndose en los quehaceres del hogar, pero el dilema no dejaba de dar vueltas en su cabeza: ¿debía cancelar las clases de baile y resignarse a esa rutina, o permitirse explorar ese espacio que de pronto se había convertido en su único refugio?
El jueves llegó envuelto en una bruma de nerviosismo e incertidumbre. Katia pasó todo el día sopesando sus opciones.
Sabía que continuar con las clases equivalía a abrir una puerta que tal vez no podría volver a cerrar, pero la sola idea de resignarse a la monotonía de su vida y a la fría rutina de su dormitorio la llenaba de desolación.
Finalmente, llegó a la academia.
Durante la sesión grupal, intentó mantener la postura y concentrarse únicamente en los pasos, pero la presencia de Rafael era un polo magnético difícil de ignorar.
Cada vez que él corregía su postura o marcaba el ritmo, una corriente de electricidad recorría la espalda de Katia.
Cuando la clase terminó y las demás alumnas comenzaron a recoger sus cosas y a despedirse entre risas y charlas casuales, Katia se demoró a propósito.
Simuló buscar algo en su bolso, amarrarse las agujetas de las zapatillas y ajustar su abrigo, esperando a que la última de sus compañeras cruzara la puerta de salida.
El silencio volvió a adueñarse del amplio salón de espejos. Rafael, que apagaba el sistema de sonido en una esquina, notó su presencia y se giró despacio.
—Pensé que ya te habías ido, Katia —dijo él con una voz suave, dejando entrever una pequeña sonrisa de complicidad.
Katia dio un par de pasos hacia el centro de la pista.
Las manos le temblaban levemente, pero mantuvo la mirada fija en él. ¿Qué era lo que buscaba exactamente al quedarse a solas con él?
Ni ella misma lo sabía con certeza.
No buscaba una aventura impulsiva, pero tampoco una simple lección de baile; necesitaba una conversación sincera, algo que le diera la claridad suficiente para tomar una decisión definitiva: seguir adelante o abandonar la academia para siempre.
—Necesito hablar contigo, Rafael —confesó ella, con la voz apenas más alta que un susurro, sintiendo que en ese espacio a solas se decidía el rumbo de su vida.
Rafael la observó unos segundos en silencio. Notó la agitación en su respiración y el temblor contenido en sus manos.
En lugar de presionarla o apresurar una respuesta en medio del salón vacío, apagó por completo las luces secundarias de la pista y volvió hacia ella con actitud comprensiva.
—Aquí no es el mejor lugar para hablar con tranquilidad, Katia —dijo él con tono sereno—
Hay una cafetería muy tranquila a dos calles de aquí. ¿Me acompañas a tomar un café? Prometo que será solo eso: una charla tranquila.
Katia dudó por un instante.
Un café implicaba cruzar una frontera hacia lo personal, salir del entorno seguro de la academia y adentrarse en un terreno desconocido.
Pero la necesidad de comprender lo que le estaba pasando y la urgencia de encontrar claridad pesaron más que el temor.
—Está bien —asintió Katia en un hilo de voz—Acepto.
Recogieron sus cosas en silencio y salieron a la noche fresca.
Mientras caminaban juntos bajo la luz tenue de los faroles, Katia sentía que cada paso la alejaba un poco más de su antigua rutina y la acercaba a una decisión inevitable.