trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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capitulo 7 segunda parte
Son las seis de la tarde, Elena. El informe no puede esperar a que nademos.
—Entonces llamaré a la isla de servicio y pediré que manden la lancha. Me iré a la ciudad vecina a buscar un café donde haya gente divertida y no robots de negocios —amenazó ella, sabiendo perfectamente qué botón presionar.
Ethan se puso en pie de un salto. Su estatura de casi 1.92 metros eclipsaba por completo a Elena, que tuvo que levantar la barbilla para no retroceder.
—No vas a ir a ninguna parte, y mucho menos a buscar “gente divertida”.
—¿Ah, sí? ¿Y quién me va a detener? ¿Tú? Estás muy ocupado con Tokio.
Ethan la tomó por la cintura y la levantó del suelo, sentándola sobre la mesa de madera de teca, justo encima de su ordenador cerrado. La rodeó con sus brazos, atrapándola contra su cuerpo caliente y firme.
—Eres una niña caprichosa, ¿lo sabías? —susurró él, su aliento rozando los labios de ella—. Me haces dejar reuniones de millones solo porque quieres nadar.
—Soy tu esposa —le recordó ella, pasando sus manos por el cuello de él—. Se supone que tienes que cumplir mis caprichos. Es parte del contrato, ¿no? “Cuidarla y adorarla”. Bueno, adórame.
Ethan soltó un suspiro derrotado, pero su mirada estaba llena de un deseo que Elena sabía que podía controlar a su antojo.
—Está bien. No habrá más ordenador por hoy. Iré a preparar esas galletas y luego iremos al arrecife. Pero si mañana vuelves a amenazarme con irte a buscar a otros, te juro que quemaré ese pasaporte tuyo y nos quedaremos aquí para siempre, hasta que aprendas a quién le perteneces.
Elena se rió, rodeando su cuello con los brazos y dándole un beso travieso.
—Trato hecho, Capitán. Ahora, a la cocina. Tengo mucha hambre.
Ethan la bajó de la mesa, pero antes de que ella pudiera alejarse, le dio un apretón posesivo en la cintura.
—No me tientes, Elena. Algún día cumpliré esa amenaza y no verás a nadie más que a mí por el resto de tus días.
Elena caminó hacia la playa, sintiéndose triunfante. Sabía que Ethan era un hombre peligroso, un titán en el mundo de los negocios, pero en esa isla, ella era la que movía los hilos de su corazón. O al menos, eso es lo que él la dejaba creer mientras la observaba con una mirada que decía que, en realidad, ella era el pájaro en su jaula de oro, y él nunca abriría la puerta.
A pesar de la belleza del entorno, la intensidad de Ethan empezó a crear momentos de una tensión casi eléctrica. Al ser solo ellos dos, no había distracciones. Cada gesto, cada mirada, era analizado.
Una noche, después de una cena a la luz de las velas en la arena, Elena encontró a Ethan hablando por un teléfono satelital en el muelle. Su tono era gélido, profesional, el tono del hombre que había destruido a los Vane.
—…no me importa el costo. Quiero que esa propiedad sea demolida antes de que regresemos. Y asegúrate de que el nombre de Valerius no aparezca en los documentos. Todo bajo Steelwood.
Elena se quedó en las sombras, escuchando. Cuando Ethan colgó y se giró, la vio. Sus ojos verdes se suavizaron instantáneamente, pero el aura de poder todavía lo rodeaba.
—¿Qué propiedad, Ethan? —preguntó ella, acercándose.
—Nada, Elena. Solo negocios de la empresa.
—No me mientas. Has dicho “Valerius”. ¿Estás absorbiendo las propiedades de mi padre?
Ethan caminó hacia ella, sus pasos pesados sobre la madera del muelle. La tomó de las manos, que estaban frías.
—Estoy consolidando nuestro futuro, Elena. Tu padre es un hombre de la vieja escuela, pero el mercado está cambiando. Estoy moviendo algunos activos de los Valerius a una cuenta conjunta bajo nuestro nombre de casados. Es por tu seguridad. Para que, si algo pasa, nadie pueda tocar lo que es tuyo.
—¿O lo que es tuyo? —lo desafió ella—. A veces no sé si te casaste conmigo para protegerme o para terminar de comprar mi apellido.
Ethan la atrajo hacia sí con una brusquedad que le quitó el aliento. La pegó a su pecho, obligándola a sentir la fuerza de su corazón.
—Me casé contigo porque no puedo respirar si no estás en la misma habitación que yo, Elena. El dinero, las propiedades… eso es solo el tablero de juego. Pero tú eres el premio. Nunca dudes de eso. Si tuviera que elegir entre el Grupo Steelwood y tú, quemaría las oficinas mañana mismo solo para verte sonreír.
Elena lo miró a los ojos y vio una verdad aterradora: él hablaba en serio. Su posesividad no era solo material; era una obsesión que lo consumía por completo.
—Entonces demuéstralo —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Olvida los negocios por esta noche. Olvida que eres un Steelwood. Solo sé mi esposo.
Ethan la levantó en brazos y caminó de regreso a la villa, bajo la luz de una luna que parecía bendecir su unión oscura y complicada. En el paraíso, las reglas del mundo exterior se desvanecían, pero las cadenas que los unían se volvían cada vez más fuertes, tejidas con hilos de oro, deseo y una necesidad de pertenencia que ningún contrato podría jamás explicar.
La séptima noche en la isla Aeterna comenzó con un cambio drástico en la presión barométrica. El cielo, que durante días había sido de un azul insultante, se tiñó de un violeta denso y ceniciento. El viento, que antes era una caricia de sal, empezó a aullar entre las vigas de madera de teca de la villa, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a la furia del océano Índico.
Elena estaba en la terraza, observando cómo las olas, ahora de un gris plomizo, chocaban con violencia contra los pilotes de la estructura. Llevaba un vestido de seda negra, corto y ligero, que se agitaba frenéticamente a su alrededor. Se sentía pequeña frente a la magnitud de la tormenta que se avecinaba, una sensación que extrañamente le recordaba a su vida con Ethan: hermosa, pero capaz de destruirla en un segundo.
—Entra, Elena. Ahora —la voz de Ethan cortó el rugido del viento.
Él estaba de pie junto a las grandes puertas correderas de cristal, sosteniendo una linterna de alta potencia y una radio satelital. Su torso estaba cubierto por una camiseta negra ceñida que marcaba cada músculo de su espalda mientras cerraba los paneles de protección contra tormentas.
—¡Es emocionante, Ethan! —gritó ella, girándose con el cabello azotándole el rostro—. ¡Parece que el mundo se va a acabar!
—No es un juego. Es un monzón —respondió él, caminando hacia ella con zancadas rápidas. La tomó de la cintura con una fuerza que no admitía réplica y la arrastró literalmente hacia el interior de la villa, cerrando las pesadas puertas tras ellos.
El silencio que siguió fue sepulcral, solo interrumpido por el golpeteo violento de la lluvia que empezaba a caer como si el cielo se estuviera desmoronando. Las luces de la villa parpadearon y, finalmente, se apagaron, dejando el espacio sumergido en una oscuridad total, rota solo por los relámpagos que se filtraban por las rendijas de los paneles.
—Se fue la luz —murmuró Elena, sintiendo que la adrenalina del exterior se transformaba en una ansiedad sutil.
—El generador tardará unos minutos en arrancar —dijo Ethan. En la penumbra, su silueta parecía la de una deidad antigua—. Quédate aquí. No te muevas.
Él encendió unas velas de gran tamaño que estaban dispuestas en la mesa de centro. La luz vacilante de las llamas bañó la habitación de tonos anaranjados, creando sombras largas y dramáticas en las paredes. Ethan se acercó a ella, su rostro una máscara de concentración y una calma inquietante.
—¿Tienes miedo? —preguntó él, su voz suavizándose.
—Contigo aquí, no sé si el miedo es una opción —respondió ella, sentándose en el borde del sofá de lino.
Ethan se arrodilló frente a ella, colocando sus manos sobre las rodillas de Elena. El contraste entre la tormenta que azotaba las paredes y la intensidad del silencio entre ellos era insoportable.
—Elena… hay algo que no te he dicho —comenzó él, y su tono hizo que ella se tensara—. He recibido un mensaje antes de que cayera la señal. Tu padre ha aceptado que te quedes aquí dos semanas más de lo previsto. Pero a cambio, ha pedido que firmemos la cláusula de sucesión directa.
Elena frunció el ceño.
—¿La cláusula de qué? Ethan, estamos de luna de miel. ¿No puedes dejar de hablar de leyes por una noche?
—Esa cláusula significa que cualquier hijo que tengamos será el heredero absoluto de ambos imperios, eliminando cualquier posibilidad de que tus tíos o mis primos lejanos reclamen el control —explicó él, sus dedos apretando ligeramente sus piernas—. Quieren que el linaje sea inquebrantable.
Elena sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Hijos? Ethan, tengo dieciocho años. Acabo de casarme contigo. Todavía quiero ir a la universidad, quiero ver el mundo sin que haya diez guardaespaldas y un contrato de sucesión esperándome.
Ethan se levantó, su altura volviendo a ser una herramienta de intimidación silenciosa.
—La universidad puede esperar, Elena. Puedes estudiar aquí, o en la mansión con los mejores profesores del mundo. Pero el mundo… el mundo es un lugar peligroso para ti. Lo que tu padre y yo queremos es asegurarnos de que el nombre Steelwood-Valerius no muera con nosotros.
—Lo que tú quieres es que yo sea una incubadora de lujo para tus planes de dominación —lo desafió ella, levantándose también—. ¡Me prometiste que aquí seríamos libres! ¡Me prometiste que serías solo mi esposo!
Ethan la tomó por los hombros, sus ojos verdes centelleando bajo la luz de las velas.
—¡Soy tu esposo! Y como tal, mi deber es asegurar tu futuro y el de nuestra familia. ¿Crees que me gusta presionarte? ¡Me quema por dentro verte así! Pero prefiero que me odies por protegerte a que te pierda por dejarte ser “libre” en un mundo que te comería viva.
La tormenta afuera alcanzó su clímax, un trueno ensordecedor hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Elena, llevada por una mezcla de rabia y pasión contenida, golpeó el pecho de Ethan con sus puños.
—¡Te odio! —gritó ella—. ¡Te odio por hacerme quererte tanto y por quitarme todo lo demás!
Ethan no retrocedió. Atrapó sus manos, inmovilizándola contra su pecho. La fuerza de su agarre era una súplica y una orden al mismo tiempo.
—Ódiame todo lo que quieras, Elena. Pero no te vayas. Nunca te vayas.
El beso que siguió fue el más violento y desesperado de su corta vida de casados. Fue un choque de voluntades, un intento de fundirse el uno en el otro para escapar de las realidades que los esperaban fuera de esa isla. En medio de la oscuridad, con el monzón rugiendo como una bestia herida, Elena comprendió que su lucha por la independencia era una batalla perdida frente a la devoción devoradora de Ethan.
El amanecer trajo consigo una cal¡” irreal. La tormenta se había retirado, dejando la playa cubierta de corales rotos y ramas de palmeras. El generador finalmente había vuelto a funcionar, devolviendo un zumbido eléctrico de normalidad a la villa.
Elena se despertó sola en la gran cama. El lugar a su lado estaba frío. Se envolvió en una sábana de seda y caminó hacia la terraza. Allí encontró a Ethan, sentado frente a su ordenador, de nuevo el hombre de negocios, de nuevo el arquitecto de su destino.
—Buenos días —dijo él, sin apartar la vista de la pantalla—. Ya he enviado la respuesta a tu padre. He aceptado la cláusula.
Elena se detuvo en el umbral. La luz suave de la mañana resaltaba las ojeras de Ethan y la rigidez de su espalda.
—¿Sin consultarme? ¿Sin preguntarme si yo estoy lista para esa responsabilidad?
Ethan giró su silla. Se veía cansado, pero su mirada era de una claridad absoluta.
—No hay tiempo para estar lista, Elena. El mercado se mueve rápido. Los Vane están intentando una última maniobra legal para impugnar nuestro matrimonio basándose en una tecnicidad del contrato de mi padre. Necesitábamos esa cláusula para cerrarles la puerta definitivamente.
Elena se acercó a él, dejando que la sábana se arrastrara por el suelo.
—¿Alguna vez vamos a dejar de ser piezas en un tablero, Ethan?
—Somos los jugadores, Elena. No las piezas. Pero para jugar, hay que seguir las reglas del juego que heredamos.
Él se puso de pie y la atrajo hacia sí, su mano acariciando su rostro con una ternura que contrastaba con la frialdad de sus palabras anteriores.
—Tengo un regalo para ti. Algo para compensar lo de anoche.
Él la guio hacia la parte trasera de la villa, donde un pequeño muelle privado ocultaba una lancha rápida de última generación, de color negro brillante.
—Es tuya. Tiene un sistema de navegación que te impide salir del perímetro de seguridad de la isla, pero puedes usarla para explorar el arrecife sola.
Elena miró la lancha. Era un juguete caro, una distracción para mantenerla contenta en su jaula de oro.
—¿Sola? ¿Realmente me vas a dejar ir sola a alguna parte?
—Dentro de los límites, Elena. Siempre dentro de los límites. He configurado el radar para que yo pueda ver dónde estás en cada segundo desde mi teléfono.
Elena soltó una risa amarga.
—Incluso cuando me das “libertad”, me pones una correa electrónica. Eres increíble, Ethan.
—Es el precio de mi paz mental —respondió él, dándole un beso en la sien—. Ahora, vístete. He pedido que traigan suministros de la isla vecina. Quiero que tengamos una cena especial esta noche. Sin abogados, sin cláusulas. Solo nosotros.
Elena observó cómo Ethan regresaba a su ordenador. Sabía que las próximas dos semanas en la isla serían una danza entre la sumisión y la pequeña autonomía que él le permitía. Ella subiría a esa lancha, exploraría el arrecife y sentiría el viento en su cara, pero siempre sabría que, en algún lugar del horizonte, los ojos verdes de Ethan la estarían vigilando, asegurándose de que el tesoro más grande del imperio Steelwood nunca se alejara demasiado de su control.
La luna de miel estaba llegando a su ecuador. La pasión era innegable, pero las grietas de sus personalidades opuestas empezaban a formar el relieve de lo que sería su matrimonio: una fortaleza inexpugnable para el mundo exterior, y un laberinto de espejos y secretos para ellos dos.