Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 5
Capítulo 5: Vigilada
El camino de regreso fue un silencio con dientes.
Nicolás conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la ventanilla, el anillo de ónix golpeando el cristal con un ritmo lento que a Valentina le sonaba como el tic-tac de una bomba. Las calles de Puerto Sombrío pasaban afuera como manchas de luz y sombra.
Valentina llevaba el arete de plata escondido en el puño cerrado dentro del bolso. Cada vez que el auto pasaba por un bache, la piedra azul se le clavaba en la palma y le recordaba que todo era real.
"No le digas nada. No le digas nada. No le digas nada."
—¿Con quién hablaste esta noche? —preguntó Nicolás sin girar la cabeza.
—Con nadie.
—Valentina. —Su tono era el de un profesor paciente corrigiendo a una alumna que sabe que está mintiendo—. Te vi con el menor de los Carrasco. Sentado a tu lado. Riéndose contigo.
Ella tragó saliva.
—Se acercó él. No lo busqué.
—¿Y qué te dijo?
—Nada importante. Cosas. Me preguntó si era mi primera vez en el club.
Nicolás asintió lentamente. El anillo seguía golpeando el cristal.
—Santiago Carrasco es el nieto de Don Aurelio Carrasco —dijo, como si le explicara aritmética a una niña—. Don Aurelio controla la mitad del puerto. Sus negocios y los míos no son... compatibles.
—Yo no sabía eso.
—Ahora lo sabes. —Giró la cabeza por primera vez y la miró. La luz de una farola le cruzó el rostro, iluminando esa expresión que Valentina conocía demasiado bien: la calma que escondía un ultimátum—. No quiero que vuelvas a hablar con él.
—Solo fue una conversación, Nicolás.
—Las conversaciones con los Carrasco nunca son solo conversaciones, mi niña.
"Mi niña." Ahí estaba. La cadena disfrazada de cariño.
Valentina miró por la ventana. Los barcos del puerto dormían en el agua como animales oscuros.
—¿Hablaste con alguien más? —insistió Nicolás.
El corazón le latió con fuerza. El arete le quemaba dentro del puño como una brasa.
"Dile. Dile que un hombre se acercó en la terraza. Que huele a sándalo. Que tiene un reloj de oro. Que sabe cosas que no debería saber."
—No —dijo—. Con nadie más.
La mentira le salió limpia. Perfecta. Y eso la asustó más que cualquier otra cosa esa noche.
Nicolás no dijo nada por un momento largo. Luego asintió.
—Está bien.
Llegaron a la casa de la Zona Este. El portón automático se abrió con un zumbido y el auto entró al patio de adoquín. Nicolás apagó el motor pero no se movió.
—A partir de mañana vas a tener compañía —dijo.
—¿Compañía?
—Personal de confianza. Alguien que te acompañe cuando salgas, que esté pendiente de ti. Para tu seguridad.
Valentina lo miró. El miedo le apretó el estómago.
—¿Me estás poniendo vigilancia?
—Te estoy poniendo protección. —Sonrió. Esa sonrisa suave, razonable, que convertía cada jaula en un jardín—. Es diferente.
—No necesito protección.
—Valentina —su voz se endureció un grado—, no te estoy preguntando.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito. Valentina abrió la puerta del auto y salió sin despedirse. Los tacones resonaron en el adoquín mientras caminaba hacia la entrada.
—Valentina.
Se detuvo. No giró.
—No vuelvas a acercarte a los Carrasco —dijo Nicolás desde el auto—. Por tu propio bien.
Ella entró a la casa y cerró la puerta.
Se recargó contra la madera con los ojos cerrados. La respiración le salía en oleadas irregulares. Se quitó los tacones de un tirón y los dejó caer al piso. Abrió el puño y miró el arete: la piedra azul le devolvió la luz del pasillo como un ojo diminuto.
"Se te cayó esto. Cuídalo mejor la próxima vez."
Lo guardó en el cajón de su buró, debajo de una bufanda vieja donde Nicolás jamás buscaría.
Se cambió de ropa en automático. Se lavó la cara. Se miró en el espejo y la chica que le devolvió la mirada tenía los ojos de alguien que acababa de cruzar una línea invisible.
"Le mentiste. Por primera vez en tu vida, le mentiste a la cara y no te tembló la voz."
No sabía si sentir orgullo o terror.
Se metió a la cama. El colchón estaba frío. La herida del costado le pulsaba con cada latido.
Intentó dormir. No pudo. Cada vez que cerraba los ojos veía un reloj de oro, una terraza, unos ojos oscuros que la estudiaban como si ella fuera un mapa que solo él sabía leer.
"Damián."
No sabía su apellido. No sabía quién era realmente ni qué poder tenía ni por qué un hombre que había matado a alguien frente a ella decidió devolverle un arete en lugar de hacerla desaparecer.
Lo que sabía era esto: él la había encontrado. Y si la había encontrado una vez, podía hacerlo otra.
El teléfono vibró en la mesita de noche.
Valentina se quedó inmóvil. El teléfono nuevo, el que Nicolás le había dado hacía cuatro días para "emergencias". Solo Nicolás tenía ese número. Nadie más.
Lo tomó con manos temblorosas.
Un mensaje de un número desconocido. Sin nombre. Sin identificador.
"Cuídate, mariposa."
El teléfono le resbaló de los dedos y cayó sobre la almohada.
Valentina se quedó mirando el techo con el corazón golpeándole las costillas.
"Mariposa."
Nadie la había llamado así. Nunca. Y sin embargo, la palabra le sonó a algo que ya le pertenecía, como un nombre que siempre había tenido pero que nadie se había atrevido a pronunciar hasta ahora.
"¿Cómo consiguió este número?"
No durmió en toda la noche.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?