Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.
Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.
Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.
Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.
Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.
*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*
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Capítulo 5
Capítulo 5
Bolita
Al día siguiente, el piso cincuenta y ocho parecía haber aprendido a respirar sin hacer ruido.
La caída de Germán Becerra no se comentó en voz alta, pero estaba en todas partes. En los correos de Recursos Humanos sobre "protocolos de trato digno". En la mirada de los empleados del piso cuarenta y seis cuando subían a dejar documentos. En el espacio extra que la gente dejaba alrededor de Emilio, como si su muñeca marcada lo hubiera convertido en una advertencia ambulante.
Emilio no odiaba la protección; odiaba la vitrina.
Por eso llegó más temprano, terminó dos reportes antes de las nueve y dejó el recipiente de comida en el área común sin mirar hacia la oficina de cristal. Si Sebastián Luján quería pescado, podía enviar a alguien por él. Emilio no iba a entrar con la cara de "gracias por destruirle la vida a mi acosador".
—El señor Luján pidió que pases —dijo Andrés a las nueve con doce.
Emilio levantó la vista.
—¿Por el informe de Farías?
—Por el informe de Farías.
La pausa fue demasiado exacta.
—Y por la comida —añadió Andrés.
Emilio cerró la laptop.
—Eso no está en mi contrato.
—Ayer tampoco.
No era un chiste, porque Andrés Lara no hacía chistes. Aun así, Emilio tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.
Entró a la oficina con la carpeta en una mano y el recipiente en la otra. Sebastián estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono. Llevaba un abrigo oscuro sobre el traje, aunque el aire acondicionado no justificaba tanto drama térmico.
—No —decía—. Si el consejo quiere que vuelva a Torre Pacífico, que primero aprenda a no presentar pérdidas como oportunidades.
Emilio dejó el informe sobre el escritorio.
Algo se movió dentro del abrigo.
Primero pensó que era el pliegue de la tela. Luego el bulto redondo bajó por el costado de Sebastián con una agilidad imposible, cayó sobre la alfombra sin ruido y se sacudió como si acabara de escapar de una prisión muy elegante.
Emilio se quedó inmóvil.
La criatura era pequeña. Del tamaño de un gato gordo, tal vez un cachorro de lince si los linces fueran hechos de nieve recién caída y malas decisiones. Tenía orejas redondas, cola esponjada, ojos azul pálido y un cuerpo tan redondo que el nombre apareció en la cabeza de Emilio antes de que nadie lo dijera.
Bolita.
La manifestación feromonal de Sebastián Luján.
Emilio había leído sobre entidades feromonales en artículos médicos de pago que no podía permitirse y en foros llenos de exageraciones. Solo los Alfas supremos podían materializarlas. Eran extensión del instinto, de la fuerza, de lo más profundo del sistema feromonal. Algunas no dejaban acercarse ni a médicos.
Bolita lo miró.
Emilio sostuvo la respiración.
—Señor Luján —dijo con mucho cuidado—. Su... entidad.
Sebastián giró.
Su expresión cambió por primera vez desde que Emilio lo conocía. No mucho. Lo suficiente para que el teléfono en su mano pareciera haber perdido importancia.
—Bolita.
La criatura emitió un sonido pequeño, casi indignado.
Después corrió directo hacia Emilio.
—No —dijo Sebastián.
Bolita no obedeció.
Emilio tuvo medio segundo para decidir si saltar, gritar o aceptar su muerte laboral por ataque de criatura feromonal. No hizo nada. Tal vez porque moverse habría sido peor. Tal vez porque el animal no tenía los ojos de un depredador.
Tenía los ojos de algo que acababa de encontrar una manta tibia.
Bolita trepó por su pantalón, se impulsó con una garra que no rasgó la tela y se metió en el bolsillo amplio de su saco como si ese espacio hubiera sido diseñado para él.
Emilio bajó la mirada.
Una cabeza blanca y redonda asomó desde su bolsillo.
—Esto no puede ser higiénico —dijo.
Sebastián se acercó con dos pasos largos.
—Sal.
Bolita hundió más el cuerpo en el bolsillo.
—Creo que no quiere.
—No te pregunté a ti.
—No estaba contestando por mí.
El teléfono de Sebastián seguía conectado. Desde el altavoz, una voz masculina dijo:
—¿Señor Luján? ¿Está todo bien?
Sebastián cortó la llamada sin mirar.
Emilio debería haber estado asustado. Una entidad feromonal ajena en contacto directo con su cuerpo era, en teoría, una situación médica delicada. Pero Bolita era cálido. No frío como las feromonas de Sebastián. Cálido, suave, con un ronroneo que vibraba contra las costillas de Emilio.
La nuca le palpitó.
Esta vez no dolió.
Sebastián extendió la mano.
Bolita le mostró los dientes.
Emilio levantó una ceja.
—¿También lo hace con usted?
—No.
La respuesta salió demasiado seca.
Andrés apareció en la puerta abierta.
—Señor Luján, la llamada con Legal...
Se detuvo.
Miró a Bolita en el bolsillo de Emilio.
Miró a Sebastián.
Miró otra vez a Bolita.
Por primera vez desde que Emilio lo conocía, Andrés Lara parpadeó dos veces.
—Entiendo —dijo, aunque era evidente que no entendía nada.
Bolita sacó una pata del bolsillo y la apoyó sobre la camisa de Emilio. El gesto fue tan descarado, tan dueño de casa, que Emilio sintió una risa subirle por la garganta.
La contuvo.
—¿Es seguro tocarlo? —preguntó.
Sebastián abrió la boca.
—No —dijo Andrés al mismo tiempo.
Bolita ronroneó.
Emilio, que había sobrevivido a rentas atrasadas, estabilizadores caros, profesores que lo humillaban por trabajar y gerentes que confundían una credencial con permiso para tocarlo, decidió que un gato imposible no iba a ser lo más peligroso de su semana.
Le rozó una oreja con dos dedos.
Bolita se derritió.
No fue una metáfora. La criatura se hundió contra la palma de Emilio con un abandono vergonzoso, cerró los ojos y emitió un ronroneo tan fuerte que Andrés dio un paso atrás.
—Increíble —murmuró Andrés.
—¿Es malo? —preguntó Emilio.
Sebastián no contestó.
Andrés, quizá movido por una curiosidad suicida, extendió un dedo hacia la cabeza blanca.
Bolita abrió un ojo.
El mordisco fue tan rápido que Emilio apenas vio el movimiento. Andrés retiró la mano con la misma velocidad con que otros retirarían la cara de una explosión.
—Entendido —dijo.
No parecía herido. Solo ofendido en silencio.
Emilio miró a Bolita.
—Eso fue grosero.
Bolita escondió la nariz contra su camisa.
Sebastián seguía de pie frente a ellos, rígido, con una expresión que Emilio no podía leer. No era enojo. Tampoco sorpresa pura. Era algo más incómodo, como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de él sin pedir permiso.
—Déjalo en mi escritorio —ordenó al fin.
Emilio intentó sacar a Bolita del bolsillo.
Bolita se aferró.
—No coopera.
—Bolita.
La voz de Sebastián bajó.
La criatura se estremeció, pero no salió. Al contrario, se acomodó mejor contra Emilio y le lamió el nudillo con una lengua tibia.
Emilio sintió el calor subirle a la cara.
—Puedo trabajar así unos minutos.
—No.
—Entonces convénzalo usted.
Sebastián dio un paso más. Bolita, sin abandonar el bolsillo, levantó la cabeza y soltó un gruñido pequeño.
Un gruñido. Contra su propio dueño.
Andrés miró hacia el pasillo como si hubiera decidido que su alma ya no pertenecía a esa habitación.
—Voy a reagendar Legal —dijo.
Nadie lo detuvo.
Emilio acarició otra vez la oreja de Bolita. La criatura cerró los ojos, feliz, redonda, absolutamente segura de su elección.
Desde la pared de cristal, Sebastián observó la escena con la mandíbula apretada.
Su manifestación feromonal, la parte más instintiva y menos mentirosa de sí mismo, acababa de elegir el bolsillo de Emilio Reyes como refugio.
Sebastián no sabía qué significaba eso.
Y por la forma en que sus ojos se enfriaron detrás del cristal, tampoco quería saberlo.