Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 5
Cap 05: Sobrevivir al lunes
El problema empezó en el pasillo de la planta baja.
Valentina —en el cuerpo de Santiago— caminaba hacia el salón del 3-C cuando escuchó un golpe contra los casilleros. Un chico flaco, de primero, estaba arrinconado por dos tipos de tercero que le habían quitado la mochila y la sostenían fuera de su alcance.
—Devuélvanmela —decía el chico. Le temblaba la voz.
Uno de los tipos le aventó la mochila al otro por encima de la cabeza del chico, como si jugaran quemados. Los tres o cuatro alumnos que pasaban por ahí bajaron la mirada y siguieron caminando.
Valentina se detuvo.
En otra vida —en su propio cuerpo, con su mochila de tela y sus tenis remendados— habría evaluado la situación y decidido no meterse. No por cobardía, sino por cálculo: en el Instituto Británico, las peleas se resolvían con reportes, y un reporte podía costarle la beca.
Pero este no era el Instituto Británico. Y este no era su cuerpo.
Caminó hacia los dos tipos. Santiago medía un metro ochenta y tres. Su sola presencia hizo que uno de ellos dejara de reírse.
—¿Qué onda, Montero? —dijo el más grande, forzando una sonrisa—. Nada más estamos jugando.
Valentina lo miró. Santiago medía un metro ochenta y tres y pesaba quince kilos más que ese tipo. Pero no era el tamaño lo que hizo efecto: fue la quietud. Valentina no se movió, no levantó la voz, no apretó los puños. Se quedó parada con los brazos a los lados y una expresión que decía, sin decirlo, que tenía todo el tiempo del mundo.
El más grande dio un paso atrás sin darse cuenta.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó al chico de primero.
—Raúl —murmuró el chico.
—Raúl, ¿estas personas son tus amigos?
—No.
Valentina giró hacia los dos tipos. Su voz —la voz de Santiago— salió baja y sin prisa.
—Ya escucharon. No son sus amigos. Devuélvanle la mochila.
El grande soltó una risa nerviosa.
—Güey, Santiago, ¿desde cuándo te importa—?
—Devuélvanle la mochila.
Algo en el tono hizo que el tipo dejara de sonreír. No era amenaza. No era el Santiago que resolvía todo con puños. Era algo peor: una calma que no dejaba espacio para negociación.
La mochila cayó al piso. Los dos se fueron murmurando.
Raúl recogió su mochila y miró a "Santiago" con los ojos muy abiertos.
—Gracias.
Valentina asintió y siguió caminando. Detrás de ella, Diego y Beto —que habían visto todo desde la esquina del pasillo— se miraron con la boca abierta.
—Güey —dijo Diego—. ¿Santiago acaba de resolver un problema sin golpear a nadie?
—Y dijo "personas" —agregó Beto—. Dijo "estas personas."
—¿Santiago sabe esa palabra?
En el salón, los del 3-C miraban a "Santiago" diferente. No con miedo, que era lo habitual. Con algo nuevo. Curiosidad, tal vez. O el principio de algo que se parecía al respeto.
* * *
A la misma hora, en el Instituto Británico, Santiago sobrevivía.
El primer problema del día fue el estacionamiento. El chofer lo dejó frente a la entrada y Santiago caminó entre las filas de autos importados como si fueran suyos —porque hasta hace un mes lo eran—, pero esta vez el guardia de seguridad lo miró diferente. "Valentina" no llegaba en Suburban. "Valentina" llegaba en camión. Que hoy llegara en coche era raro. Santiago se inventó que el chofer era un tío que pasaba por la zona.
La clase de biología. La profesora hizo una pregunta sobre la función de los ribosomas. Santiago —en el cuerpo de Valentina— levantó la mano antes de que su cerebro procesara lo que estaba haciendo.
La profesora lo señaló, sorprendida. Valentina nunca levantaba la mano sin pensarlo veinte veces.
—¿Sí, Valentina?
Santiago abrió la boca. La noche anterior se había pasado dos horas leyendo las notas de Valentina, pegadas con cinta dentro de la mochila. "Ribosomas: síntesis de proteínas. Subunidad mayor + subunidad menor. ARNm se traduce en cadena polipeptídica."
—Los ribosomas sintetizan proteínas —dijo—. Traducen el ARN mensajero.
—Correcto. ¿Puedes elaborar?
—No.
Silencio en el salón. La profesora levantó una ceja. Alguien se rio.
—Pero es correcto —insistió Santiago.
—Sí, es correcto —concedió la profesora—. Gracias, Valentina.
Santiago se sentó y sintió algo que no había sentido en años: la satisfacción de contestar algo bien. Aunque fuera con las palabras de otra persona pegadas con cinta dentro de una mochila.
A su lado, Héctor Jiang —un chico alto, de rasgos asiáticos y sonrisa fácil— se inclinó hacia él.
—Oye, Valentina, ¿quieres que estudiemos juntos para el examen? Puedo ayudarte con la parte de genética.
Santiago lo miró. Héctor le estaba sonriendo de una manera que él reconocía porque él mismo la había usado antes: la sonrisa de alguien que busca una excusa para estar cerca de otra persona.
—No —dijo Santiago.
—¿No?
—No necesito ayuda.
Héctor parpadeó, confundido. Valentina nunca rechazaba una oportunidad de estudiar.
—Bueno... si cambias de opinión, ahí estaré.
Santiago apretó los labios. Algo en la cara de Héctor —la facilidad con la que sonreía, la manera natural en que se inclinaba hacia "Valentina" como si tuviera derecho a entrar en su espacio— le producía una molestia que no tenía nombre.
Después de clase, vio a Héctor esperando en el pasillo. Le dijo algo a una compañera y la compañera se rio. Santiago los miró desde lejos y tuvo la certeza irracional de que estaban hablando de Valentina.
No estaban hablando de Valentina. Pero la certeza no se fue.
* * *
Esa noche, Valentina llamó a Santiago.
—Diego y Beto quieren ir a comer tacos mañana. ¿Voy?
—Sí. Santiago nunca dice que no a los tacos. Pide de al pastor. Y no uses cubiertos.
—¿Por qué usaría cubiertos para comer tacos?
—Porque llevas una semana comiendo con tenedor de plata.
Valentina se rio. Del otro lado de la línea, en la cama angosta de Lomas del Paraíso, Santiago escuchó esa risa —su propia risa, hecha con la garganta de Santiago, pero con el humor de Valentina— y sintió algo extraño en el pecho.
—Tu amigo Diego es buena onda —dijo Valentina—. Hoy me ofreció de su almuerzo.
—Diego siempre hace eso. Es así.
—Lo noté. Y hay un chico en tu escuela, Héctor Jiang. Me habló hoy.
Santiago se irguió en la cama.
—¿Qué te dijo?
—Me invitó a estudiar juntos.
—No vayas.
—¿Qué? Solo quiere estudiar.
—No. No vayas.
—Santiago, solo es—
—No me importa. No vayas con Jiang.
Silencio. Valentina lo dejó flotar unos segundos.
—Buenas noches, Santiago.
—Buenas noches.
Santiago colgó. Se quedó mirando el teléfono de Valentina. Abrió los contactos. Buscó "Héctor Jiang." Al lado del nombre había un asterisco —la marca de contacto favorito.
Lo borró.
Se quedó mirando la pantalla.
Lo volvió a poner.
Lo borró otra vez.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesita de noche y cerró los ojos.
No sabía por qué le importaba. No sabía por qué la idea de ese tipo sentado junto a Valentina —junto a su cuerpo, junto a su cara— le provocaba algo que no tenía nombre pero que se sentía como una mano apretándole el estómago.
Se dio la vuelta en la cama. La almohada olía a jabón barato. El ventilador chirriaba.
No durmió bien.