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Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance
Popularitas:551
Nilai: 5
nombre de autor: Kye Soma

El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.

¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?

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Capítulo 5: No, pasa nada.

Mientras comíamos en la mesa real, mi padre y el rey Arturo estaban inmersos en una conversación que no me interesaba lo más mínimo. Hablaban de territorios, de alianzas, de algo sobre una bestia en el norte. Sus voces graves se mezclaban con el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana.

Yo, mientras tanto, me dedicaba a observar.

*¿Para qué sirve una mesa tan ridículamente grande si solo somos siete personas? * La mesa se extendía ante mí como una pista de aterrizaje, cubierta de manteles de lino blanco y candelabros de oro. Entre mi plato y el de Isabella, que estaba sentada al otro extremo, cabía un carruaje entero. Era absurdo. Una demostración de poder, supuse. En mi vida anterior, nunca entendí la obsesión de los ricos por el espacio vacío.

—¿Q-quieres sal?

La voz, tímida y entrecortada, me sacó de mis pensamientos. Valentina alzaba su mano temblorosa, sosteniendo el salero de plata como si fuera un objeto precioso. Evitaba mi mirada, clavando sus ojos azules en el mantel, en su plato, en cualquier parte excepto en mí.

*¿Mmm? ¿Por qué actúa así? Solo le salvé la vida, no es para tanto. *

—Gracias —respondí, recibiendo el salero.

Nuestros dedos se rozaron por un instante brevísimo. Ella retiró la mano como si se hubiera quemado y se sonrojó hasta la raíz del cabello. *Qué niña más extraña. Aunque supongo que, después de pasar años al borde de la muerte, las interacciones sociales normales deben de ser un territorio desconocido para ella. * Me siento un poco extraño, como si estuviera en una obra de teatro donde todos conocen su papel menos yo.

El tiempo se fue volando, literalmente. Antes de darme cuenta, los platos estaban vacíos y los sirvientes retiraban los postres. Un reloj de péndulo, enorme y dorado, marcaba las dos de la tarde. La luz del sol entraba por los vitrales, tiñendo la sala de mil colores.

Mi padre se acercó a nosotros, a mis hermanos y a mí, con su porte marcial de siempre, aunque en sus ojos aún quedaba el brillo de la risa que había compartido con el rey.

—Partiremos mañana a primera hora. Descansen hoy y no causen problemas.

Asentí, al igual que Isabella y Daniel. Bueno, Daniel asintió a regañadientes, con su eterna expresión de fastidio.

*¿Qué se supone que haga yo en un castillo tan enorme? * No soy de los que se quedan quietos sin hacer nada. El aburrimiento es un enemigo peor que cualquier villano de cuento de hadas.

Decidí explorar.

Caminé por los pasillos interminables del castillo del Reino Hart. Mis pasos resonaban con un suave chirrido sobre el suelo de mármol, pulido hasta reflejar los candelabros del techo. Las paredes estaban adornadas con retratos de antiguos reyes, hombres y mujeres de mirada severa que parecían juzgarme desde sus marcos dorados. Un olor a jabón, fresco y limpio, llegó a mi nariz.

Doblé una esquina y me encontré con una sirvienta joven, de cabello castaño recogido en una cofia blanca, que estaba trapeando el piso con movimientos rítmicos y mecánicos. El cubo de madera a su lado desprendía ese aroma a jabón que me había guiado hasta allí.

*Qué trabajo tan molesto. Limpiar un castillo enorme debería ser el peor empleo del mundo. Peor incluso que ser profesor en una academia de élite llena de niños mimados. *

La sirvienta levantó la vista y, al verme, dio un pequeño respingo. Sus mejillas se tiñeron de un leve rubor.

—Jo-Joven amo Moretti, ¿qué lo trae por aquí? —Su voz era temblorosa, como si no estuviera acostumbrada a que los nobles le dirigieran la palabra.

—¿Sabe dónde queda la biblioteca? —pregunté, dibujando una sonrisa amable en mi rostro infantil. Una sonrisa que, en mi vida anterior, había practicado durante años frente al espejo para las reuniones de padres y maestros.

—Al final del pasillo, a la derecha.

—Gracias.

Hice una pequeña reverencia, un gesto que en mi vida anterior habría sido una simple inclinación de cabeza, pero que en este cuerpo de siete años resultaba casi cómico. La sirvienta parpadeó, claramente desconcertada.

Mientras me alejaba, escuché su susurro a mis espaldas:

—Pero qué educado… Además, me trató como a una dama.

*Si supieras que tengo treinta y ocho años, no dirías lo mismo. *

Seguí caminando en la dirección que me había indicado. Al final del pasillo, a la derecha, me encontré frente a una puerta doble de madera oscura, con refuerzos de hierro forjado y un pomo dorado en forma de león rugiente. La puerta de la biblioteca.

Puse la mano sobre la manilla fría. Dudé por unos segundos. No sabía por qué. Quizás era el presentimiento de que, cada vez que abría un libro en este mundo, algo cambiaba en mí. Algo que no podía controlar.

Abrí la puerta.

El chirrido de los goznes resonó como un eco en todo el salón, un sonido ancestral que parecía despertar a los miles de volúmenes que dormían en los estantes. Contuve la respiración.

Observé todo a mi alrededor. Era la biblioteca más impresionante que había visto en mis dos vidas. Estantes llenos de libros se inclinaban hacia arriba en forma de caracol, formando una espiral que se elevaba hasta un techo abovedado pintado con frescos de dragones y magos. Cada estante estaba dividido en secciones: elementos, niveles, historia, geografía, bestiarios. La luz del sol se filtraba por una claraboya central, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire como hadas perezosas.

*Aún hay muchas cosas que no sé sobre este mundo. Y, además, debo averiguar por qué mi alma tomó este cuerpo. *

La pregunta me perseguía desde que desperté en aquella aula. No lo entiendo. Yo estaba conforme con una muerte pacífica, con desvanecerme en la nada sin dejar rastro. Además, si algún dios o fuerza cósmica decidió reencarnarme, ¿no podría haberme puesto en un cuerpo más desarrollado? ¿O en uno que al menos tuviera control total de sus emociones?

*Sé que suena hipócrita, pero… no quiero este cuerpo. No quiero extrañar a una madre que no es mía. No quiero sentir el rechazo de unos hermanos que no me conocen. No quiero heredar las heridas de un niño muerto. *

Mis manos, moviéndose por voluntad propia, agarraron un libro del estante. Libro de Agua: Magia de Runas, Nivel Uno. La portada era de un azul profundo, con letras plateadas que brillaban tenuemente.

*Debería experimentar si puedo usar más de un elemento. La magia de luz es útil para sanar, pero no es precisamente ofensiva. Y en este mundo, por lo que he leído, ser débil es sinónimo de estar muerto. *

Abrí la primera página con elegancia y precisión, pasando la hoja con el cuidado que solo un profesor sabe tener. El papel era grueso y amarillento, y desprendía un olor a vainilla y pergamino viejo.

«La magia es fundamental tanto para el cuerpo como para el medio ambiente. La magia se procesa a través del aire, y para utilizar magia de agua, debemos usar runas de un circulo con un triángulo adentro para el nivel uno.»

Después de terminar de leer el primer párrafo, fui de camino a un escritorio que se encontraba al final del pasillo, en un rincón iluminado por un candelabro de velas eternas. El escritorio era de roble macizo, con patas talladas en forma de garras de dragón. Sobre él, un tintero de cristal y una pluma de ave fénix —o al menos eso parecía— aguardaban pacientemente.

Después de buscar durante tres minutos, encontré una hoja en blanco en un cajón. Era un pergamino de textura suave, casi sedosa. Tomé la pluma y la sumergí en el tintero, que resultó contener una tinta de un negro tan intenso que parecía absorber la luz.

Instintivamente, mi mano se movió. Dibujé la estrella cruzada tal como aparecía en el libro: un círculo perfecto y, dentro de él, dos estrellas de cuatro puntas entrelazadas, formando un octagrama. Mis dedos, pequeños pero precisos, trazaron cada línea con un pulso que no esperaba. *La memoria muscular de Joshua, supongo. Este niño dibujaba runas antes de que yo llegara. *

Leí las instrucciones en voz alta, para memorizarlas:

—Debes pronunciar el elemento para una mejor afinidad. Después de terminar de dibujar la runa, asegúrate de estar en un lugar apartado.

*Entiendo… Pero es un dibujo pequeño. No creo que suceda nada grave si lo pruebo aquí mismo. Total, estoy solo. *

El círculo dibujado era del tamaño de mi mano de siete años. Diminuto. Inofensivo. O eso pensaba yo.

—Whather —pronuncié, sin cesar, dejando que mi voz resonara en la biblioteca vacía.

—Whather.

—Whather.

—Whather.

Dije la palabra tres veces, tal como indicaba el libro. Nada pasó. Ni una chispa, ni una gota. El silencio se burlaba de mí.

Mis manos se acercaron al libro para recogerlo. *Es inútil. Quizás necesito más práctica, o quizás este cuerpo es demasiado joven para canalizar magia de agua. Debería volver a la habitación y seguir otro día. *

Me agaché para recoger el pergamino del suelo, listo para hacerlo una bola y tirarlo a la basura.

¡BOOM!

El círculo mágico brilló con una intensidad feroz y dramática, como un relámpago en miniatura. Una luz azul cegadora inundó la biblioteca por un instante, y luego desapareció, dejándome completamente empapado de pies a cabeza. El agua chorreaba por mi cabello, por mi ropa, por mis pestañas. Mi ceño se frunció automáticamente.

*Mierda. *

El pergamino que había dibujado se desintegró entre mis dedos como cenizas que se lleva el viento, dejando un rastro de humo azul que olía a ozono y a mar.

—Tsk.

Miré mis manos temblorosas. De mi nariz brotaba un hilo de sangre caliente que manchó mi labio superior. Me limpié con el dorso de la mano, dejando una mancha carmesí en mi piel pálida. *La magia es realmente peligrosa. Y yo soy un imprudente. *

—Joven amo Moretti, lo llama el señor Ed.

La puerta de la biblioteca se abrió de repente, con un golpe seco. La misma sirvienta de antes estaba en el umbral, jadeando ligeramente como si hubiera corrido. Sus ojos se abrieron al verme empapado y sangrando.

—¿Se encuentra bien, joven amo? ¿Qué ha pasado?

—No es nada. Ya voy —respondí, girándome para ocultar la mancha de sangre en mi nariz y el desastre de agua a mi alrededor—. Solo estaba… leyendo.

Me levanté, sacudiendo el polvo inexistente de mi ropa empapada, y me fui a cambiar. Necesitaba un baño, ropa seca y, tal vez, un poco de dignidad.

Dejé escapar un fuerte suspiro mientras caminaba por los pasillos del castillo, dejando un reguero de gotas de agua a mi paso. Los guardias me miraban con extrañeza, pero no decían nada. Supongo que, a estas alturas, el "niño raro de los Moretti" ya tenía cierta reputación.

Llegué a la habitación que me habían asignado, me cambié de ropa con la ayuda de un sirviente que no paraba de preguntarme si había caído en una fuente, y me dirigí al ala donde se alojaba mi padre.

Podía escuchar las voces de Ed y del rey a través de la puerta. Risas, murmullos, el tintineo de copas.

TOC, TOC.

—Adelante —la voz de mi padre resonó, grave y familiar.

Puse una mano en la manilla. Mis palmas estaban sudorosas y temblaban un poco. No sabía por qué. Quizás eran los nervios de un niño llamado a la oficina del director. O quizás era el miedo de un hombre adulto que no sabía cómo ser hijo.

Abrí la puerta.

Frente a mí estaba mi padre, recostado contra la pared con una copa en la mano y una sonrisa relajada que rara vez le veía. El rey Arturo estaba sentado en un imponente escritorio de caoba, con las botas apoyadas despreocupadamente sobre la superficie. La oficina era de un color blanco inmaculado, llena de decoraciones y trofeos de caza. Un ciervo disecado, una espada rota en una vitrina, mapas enrollados en las esquinas. Era más grande que cualquier habitación que yo hubiera visto en toda mi vida anterior, incluyendo el apartamento completo donde viví durante quince años.

Me arrodillé en el suelo, inclinando la cabeza hasta casi tocar el mármol con la frente.

—Joshua Moretti saluda al rey del Reino Hart.

Un silencio. Luego, una explosión.

—¡Pfff, JAJAJA!

El rey Arturo soltó una carcajada tan estruendosa que hizo temblar los candelabros. Se golpeaba la rodilla con la mano, con lágrimas en los ojos.

—Este niño… ¡No, no lo criaste tú, Ed! ¡Es imposible! ¡Es demasiado formal para ser hijo tuyo!

Mi padre también se rió, aunque de forma más contenida, negando con la cabeza.

—Deja las formalidades, querido sobrino —dijo el rey, limpiándose una lágrima.

*¿Sobrino? Sabía que Ed tenía una buena conexión con el rey Arturo, ¿pero llamarme sobrino? ¿Es un título honorífico o realmente hay lazos de sangre? *

Mi padre puso una mano cálida sobre mi hombro, ayudándome a levantarme.

—Así es, Joshua. Nosotros nos criamos juntos. Arturo y yo somos hermanos de leche. Solo que este idiota estafó a la princesa heredera para convertirse en rey —dijo, señalando al monarca con el pulgar.

Tanto mi padre como el rey dejaron escapar risas burlonas, codeándose como dos muchachos en una taberna.

—Bueno, vamos a lo que te llamamos —dijo el rey, recomponiéndose y clavando sus ojos azules en mí con una intensidad renovada—. ¿Para qué quieres el registro real, Joshua?

Apreté mis manos y sostuve la mirada del rey. Había una chispa oscura en sus ojos, una mezcla de curiosidad y suspicacia.

—Verás, si quiero ser igual de fuerte que mi querido padre, debo obtener información. Y debo utilizar cualquier recurso disponible para beneficiar tanto al Reino Hart como a la familia Moretti —mi rostro se ensombreció y hablé en un tono serio, dejando de lado la fachada infantil por un momento.

Tanto el rey como mi padre abrieron los ojos de par en par, sorprendidos por mi respuesta. La copa de Ed se detuvo a medio camino de sus labios.

Un latido de silencio.

—JAJAJA —rieron al unísono.

Ambos soltaron una risa larga que duró al menos tres minutos. El rey se secaba las lágrimas con la manga de su túnica real.

—¿Qué clase de monstruo estás criando, Ed? —dijo el rey Arturo, dándole un golpe suave en el hombro a mi padre.

Mi padre me miró, un poco aturdido. En sus ojos verdes, tan parecidos a los de Daniel e Isabella, vi algo que no esperaba: orgullo. Pero también miedo. Miedo de no estar a la altura, miedo de lo que yo pudiera llegar a ser.

Puso su mano sobre mi cabeza, desordenando todo mi cabello con un gesto torpe pero afectuoso. Una sonrisa feliz, genuina, se dibujó en su rostro cansado.

—Eso lo sabremos con el tiempo.

Y por primera vez desde que desperté en este cuerpo, sentí calma. Una calma cálida, como una manta en una noche de invierno. El cuerpo de Joshua Moretti, por un instante, dejó de doler.

Dejé escapar una pequeña sonrisa.

Quizás, después de todo, esta vida no sea tan mala.

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