Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 16
Minutos después, Seinec llegó al lugar donde se encontraban Borans y la pequeña Zerimar. Apenas la vio, Zerimar se puso en pie de un salto, provocando que Borans le preguntara, preocupado:
—¿Qué pasa, pequeña?
La niña salió corriendo a saludar a Seinec, quien la recibió con calidez:
—Tranquila, aquí estoy. No te preocupes.
Seinec saludó a Borans, quien intentó levantarse para mostrar cortesía, aunque terminó quejándose de un dolor evidente.
—Por favor, siéntese —insistió ella.
—Estoy bien, de verdad, no se preocupe —respondió él, esforzándose por ocultar su malestar.
—¿Está seguro? —cuestionó ella, analizando su estado—. Disculpe la molestia, pero la niña se asustó mucho y decidió llamarme.
Zerimar se quedó mirando a su padre, y Seinec, con tono profesional, añadió:
—¿Está realmente bien? Se golpeó muy fuerte la cabeza; eso podría causarle un trauma cerebral o náuseas.
—No, no es por eso —se apresuró a decir él—. Creo que fue una intoxicación con leche, pero ya pasó.
—¿Leche? —repitió Seinec, sorprendida.
—Pero papá —intervino la pequeña Zerimar—, no es normal que te hayas desmayado.
—No me desmayé, querida, solo me sentí un poco mareado —aclaró él, tratando de restar importancia al asunto.
Seinec recorrió con la mirada la improvisada tienda de campaña y preguntó, confundida:
—¿Ustedes están viviendo aquí?
Borans respondió rápidamente con un "no", mientras un silencio incómodo invadió el lugar. Finalmente, él suspiró y confesó:
—Tuve un problema con el casero, un gran problema. Esto es solo una solución temporal; no es posible conseguir una casa en un solo día, pero estamos bien.
Seinec, incrédula, lo observó fijamente:
—¿Cómo es posible? Se supone que usted es un profesional experto en arte. No lo entiendo.
Zerimar hizo ademán de decir la verdad, pero Borans la detuvo con una mirada.
—Señorita Seinec, la vida da muchas vueltas —dijo él, tratando de sonar resignado—. Soy inocente en todo esto. Todo estaba bien, pero un amigo tuvo un problema económico, me convertí en su aval y ahora él está en bancarrota. Tal vez no debí comprometerme, pero no podía dejarlo en la ruina. Así es la vida.
—Ya veo —respondió Seinec con empatía—. Tiene toda la razón, lo entiendo perfectamente; yo misma tuve que cerrar mi clínica.
Borans la miró con sorpresa y tristeza. Luego, Seinec preguntó:
—¿Y Zerimar? ¿Qué pasará con ella?
—¿Ella? —respondió Borans, abrazando a la pequeña—. No pasa nada, para ella es como acampar, ¿verdad, cariño?
La pequeña Zerimar, con los ojos llenos de sinceridad, lo contradijo de inmediato:
—¡No! No me gusta estar aquí. No puedo hacer nada, no puedo bañarme ni peinarme, ¡es posible que tenga piojos! Ni siquiera puedo lavarme los dientes.
Borans intentó interrumpirla:
—Hija, este lugar es gigante, puedes jugar todo lo que quieras.
Sin embargo, Seinec, visiblemente preocupada por la situación, intervino con firmeza:
—Señor Borans, no pueden quedarse aquí. Vengan conmigo.
—¿Ir a dónde? —preguntó él, descolocado.
—A mi casa —respondió ella—. Se quedarán conmigo.
Borans se negó rotundamente, pero Seinec insistió:
—Por favor, señor Borans. ¿No dijo que encontraría un lugar en un par de días? Mi casa es enorme, no habrá problema.
La pequeña Zerimar asintió emocionada:
—¡Claro que sí! ¡Claro que sí!
Borans la miró severamente, murmurando un "claro que no" entre dientes. La niña insistía con entusiasmo mientras él, finalmente, volteó a ver a Seinec y dijo:
—No le haga caso.
—Puedo entenderla a ella —respondió Seinec—, pero no entiendo por qué usted se niega tanto. No es nada del otro mundo, por favor, acepte.
Borans recordó entonces las palabras de Ogur sobre "el máscara" y, tras un momento de reflexión, decidió ceder.
—Está bien, ya que usted insiste...
La pequeña, radiante de felicidad, corrió a buscar las maletas. Juntos emprendieron el camino hacia la casa de Seinec, y durante el trayecto, Zerimar le confesó a Seinec:
—Te he extrañado mucho.
—Yo también a ti, pequeña —respondió ella con una sonrisa.