En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 5— Un hermano insoportable (parte 1)
Cuando desperté a la mañana siguiente, lo primero que hice fue incorporarme tan deprisa que la manta terminó enredándose alrededor de mis piernas y estuve a punto de caer de la cama.
Ni siquiera me había despabilado del todo, solo podía pensar en una cosa.
El libro.
Giré la cabeza hacia la pequeña mesa donde mi padre lo había dejado la noche anterior. Allí seguía, exactamente en el mismo lugar. El sol apenas comenzaba a colarse por la ventana y los primeros rayos iluminaban la cubierta azul desgastada.
Sentí un cosquilleo recorrerme el estómago.
Bajé de la cama descalza, ignorando por completo las zapatillas que Margaret dejaba cada noche junto al colchón para evitar que "la joven lady caminara por el suelo frío como un gatito callejero". Si ella me hubiera visto en ese momento, seguramente habría comenzado a regañarme incluso antes de darme los buenos días.
Me acerqué al libro con tanta cautela como si fuera un animal salvaje capaz de salir corriendo en cualquier momento.
Respiré hondo.
—Por favor... sigue ahí.
Ni yo misma sabía a quién se lo estaba pidiendo, abrí lentamente la primera página, después la segunda, la tercera.
Mis dedos comenzaron a pasar hojas cada vez más rápido, el árbol antiguo, los dragones, los magos, las flores plateadas, la leyenda del río de cristal.
Todo estaba exactamente igual que siempre, continué buscando, una página, otra más y otra, hasta llegar al final.
No estaba.
Volví a empezar desde el principio, esta vez con más calma, revisé cada ilustración una por una, incluso aquellas que conocía de memoria desde hacía años.
Nada.
La joven de cabello plateado había desaparecido, la frase también. El libro era exactamente el mismo que había leído cientos de veces.
Permanecí inmóvil durante varios segundos, sujetándolo entre las manos. Entonces llegué a una conclusión que no me gustó en absoluto.
—Estoy volviéndome loca...
—No creo que una persona loca sea capaz de darse cuenta de que lo está.
Di un salto tan grande que el libro salió disparado de mis manos, giré sobre mis talones con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que terminaría saliéndose de mi pecho.
Apoyado tranquilamente en el marco de la puerta estaba un muchacho de cabello negro, algo más alto de lo que lo recordaba la última vez que me había fijado en él. Vestía ropa sencilla de entrenamiento, una camisa blanca arremangada y unos pantalones oscuros cubiertos de polvo.
Tenía una sonrisa que anunciaba problemas.
Muchos problemas.
—¡Cassian!
Él abrió los brazos exageradamente.
—Veo que mi querida hermana me ha extrañado.
Fruncí el ceño.
—No te había visto.
—Eso explica por qué no corriste a abrazarme.
—No iba a hacerlo de todas formas.
Se llevó una mano al pecho con dramatismo.
—Qué cruel eres.
—Tú empezaste.
—¿Con qué?
—Con existir.
Cassian soltó una carcajada tan sonora que hasta algunos pájaros levantaron el vuelo desde el jardín.
—Definitivamente eres mi hermana.
Recogí el libro del suelo mientras lo observaba con desconfianza.
Cassian tenía doce años, eso significaba que era seis años mayor que yo y también significaba que llevaba seis años más de experiencia haciendo travesuras.
Nunca lograba descubrir cuándo hablaba en serio y cuándo estaba preparándome una broma.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Padre dijo que viniera a buscarte para desayunar.
Miré hacia la ventana. El sol estaba mucho más alto de lo que imaginaba.
—¿Es tan tarde?
—Muchísimo.
Abrí los ojos como platos.
—¡Margaret nunca me deja dormir tanto!
—Porque Margaret lleva buscándote media hora.
—¿Qué?
—Tú no contestabas.
—No escuché.
Cassian se cruzó de brazos.
—Porque estabas hablando sola.
Desvié la mirada.
—Solo estaba... pensando.
Él sonrió de lado.
—Ajá.
No me gustaba ese "ajá". Significaba que no me creía absolutamente nada. Intenté cambiar de tema.
—¿Ya desayunaste?
Su sonrisa se ensanchó.
—Dos veces.
Parpadeé.
—¿Cómo que dos veces?
—La primera fue la oficial.
Hizo una pausa.
—La segunda... Beatrice todavía no la sabe.
No pude evitar reír.
La señora Beatrice era la cocinera principal de la residencia. Era una mujer bajita, regordeta y de mejillas siempre sonrojadas por el calor de los hornos. Cocinaba mejor que nadie en todo el ducado y quería a todos los habitantes del castillo como si fueran parte de su familia.
Excepto cuando descubrían que alguien había robado comida de la cocina, entonces daba bastante miedo.
—¿Qué hiciste?
Cassian levantó un dedo.
—Antes de responder...
Escuchamos un grito que resonó por todo el pasillo.
—¡¡¡CASSIAN VALMONT!!!
Los dos permanecimos completamente inmóviles.
—...Creo que ya lo averiguaste —murmuró él.
La voz de Beatrice volvió a escucharse, todavía más fuerte.
—¡SAL DE DONDE ESTÉS!
Yo me tapé la boca para contener la risa.
—¿Qué robaste?
—Solo unos bollos.
—¿Cuántos?
—Cinco.
Abrí mucho los ojos.
—¡Cinco!
—Tenía hambre.
—¡Padre dice que siempre tienes hambre!
—Porque siempre tengo hambre.
Los rápidos pasos de alguien acercándose por el corredor hicieron que Cassian girara la cabeza.
—Tengo que esconderme.
—¿Por qué?
Me miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—Porque quiero seguir con vida.
Antes de que pudiera responder, abrió la puerta de mi armario y desapareció dentro.
—¡Cassian!
—Shhh.
—¡No puedes esconderte ahí!
—Claro que puedo.
—¡Ese es mi armario!
—Precisamente.
Negué con desesperación, no había terminado de protestar cuando la puerta volvió a abrirse.
Beatrice apareció con las mejillas completamente rojas, un delantal blanco cubierto de harina y una enorme cuchara de madera en la mano. Detrás de ella venía Margaret intentando conservar la compostura, aunque era evidente que estaba haciendo un gran esfuerzo por no reírse.
—Buenos días, mi lady —saludó Margaret.
—Buenos días...
Beatrice respiraba agitadamente.
—¿Ha visto usted... a cierto joven descarado?
Intenté responder con naturalidad.
—¿Quién?
Ella entrecerró los ojos.
—No se haga la inocente.
Miré hacia otro lado.
—Yo nunca me hago la inocente.
—Lady Seraphine...
—Bueno... casi nunca.
Beatrice dio un paso al frente.
—Ese muchacho ha entrado en mi cocina antes del amanecer, ha robado cinco bollos recién horneados...
Desde el interior del armario se escuchó una voz muy bajita.
—Eran seis...
Cerré los ojos con fuerza, no podía ser tan torpe.
Beatrice giró lentamente la cabeza hacia el armario, después volvió a mirarme. Yo sonreí con la mejor cara de inocencia que fui capaz de poner.
Margaret ya no podía contener la risa.
—Lady Seraphine...
—¿Sí?
—¿Quiere decirme por qué su armario... acaba de hablar?