Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 5: Esto se resuelve con gritos
—¡Dayana! —rugió el director, golpeando la mesa—. ¿Estás al menos escuchando?
Dayana levantó la vista de su libreta, como si le hubieran interrumpido algo mucho más importante.
—No.
El silencio fue inmediato. Varias personas parecieron contener la respiración durante un segundo incómodo.
—¿Cómo que no? —preguntó el director, incrédulo.
—La verdad… esto me parece una pérdida de tiempo.
Un murmullo nervioso recorrió la sala.
Alejandrina abrió los ojos como platos.
Noox tuvo que cubrirse la boca para ocultar una risa que ya amenazaba con escaparse.
El director parecía debatirse entre volver a gritar o aceptar que su paciencia estaba siendo puesta a prueba.
—¡Pero al menos sabes por qué tienes la culpa!
Dayana se encogió de hombros.
—La verdad… no me interesa saberlo.
—¿No te interesa? —repitió el director, como si la frase le hubiera fallado el sentido común.
—No.
Parpadeó varias veces, esperando que aquello fuera una broma de mal gusto.
—¿Cómo que no te interesa?
—Porque sé que no hice nada.
El director abrió la boca para responder, pero Dayana continuó antes de darle oportunidad.
—Mire, llevo aquí suficiente tiempo como para entender cómo funcionan estas reuniones. Alguien comete un error, alguien intenta salvarse, alguien busca un culpable… y al final todos perdemos una hora escuchando exactamente lo mismo.
Varios bajaron la mirada, otros fingieron revisar documentos para esconder una sonrisa.
—Dayana… —advirtió el director, con la voz tensa.
—¿Qué? ¿Se supone que debo fingir que esto es productivo?
El hombre respiró hondo, claramente al borde de perder la compostura.
—Estamos intentando resolver un problema.
—No. Están intentando encontrar a quién culpar.
El silencio se volvió más pesado, incómodo.
Incluso Alejandrina pareció sentirse golpeada por la precisión del comentario.
Dayana cruzó los brazos.
—Mi conciencia está tranquila. Yo ayudé a esas dos becarias cuando me lo pidieron. Revisé varios conceptos, corregí errores y les expliqué lo que debían cambiar.
Su mirada se detuvo en Alejandrina.
—Y después el crédito se lo llevó otra persona.
—Eso no es cierto… —intervino Alejandrina.
—¿No? —replicó Dayana, arqueando una ceja— Qué raro.
Noox soltó una risita breve, inevitable y comenzo a hablar.
—Porque yo recuerdo perfectamente quién se quedó hasta las nueve de la noche corrigiendo esos documentos.
—Noox, nadie te preguntó. ¡Así que cállate! —le espetó Alejandrina, girándose hacia ella con furia.
—Y aun así tengo la razón —añadió Noox, encogiéndose de hombros, sin perder la sonrisa.
Algunas personas ya no pudieron disimular la risa.
—¡Cállense todos! —rugió el director, golpeando de nuevo la mesa—. El problema aquí es que el cliente está enojado y debemos resolverlo.
Dayana, con un tono mucho más calmo y una frialdad casi clínica, dejó la libreta sobre la mesa.
—Dígame quién es el cliente.
El director la miró unos segundos, como si evaluara si valía la pena seguir explicando.
—El con el que trabajan siempre.
Dayana alzó una ceja, apenas.
—¿Siempre? ¿A poco sí? —dijo con una ligera burla mientras abría los bocetos que estaba dibujando—. Entonces… ¿es el gimnasio?
—No es ese —respondió el director, seco.
—¿Entonces cuál? —Dayana cerró el cuaderno de golpe—. ¿Por qué no lo dice de una vez? Necesito irme a terminar esto. La sesión de fotos es en un par de días.
El ambiente se tensó aún más.
El director del equipo finalmente habló, con voz pesada:
—Es la agencia del señor Amati.
El nombre cayó en la sala como un peso.
—La edición donde salió quedó horrible. Su entrevista es un desastre, las fotos no tienen la calidad que exigían… y no refleja la esencia que buscaban. Están considerando demandar a la empresa. Necesitamos llegar a un acuerdo con ellos.
Un silencio breve siguió a la explicación.
Noox ladeó la cabeza, como si acabara de confirmar una teoría que le divertía demasiado.
—Ah… lo que quiere decir —dijo con una sonrisa ladeada— es echarle la culpa a alguien.
Alejandrina giró la cabeza de inmediato.
—Noox…
—Y ese alguien va a ser Alejandrina —añadió, sin filtro, con una voz burlona.
El aire se congeló.
—¡Noox, cállate! —ordenó el director, golpeando la mesa otra vez, pero ahora con menos fuerza, como si ya no supiera qué estaba controlando exactamente.