Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 5
Sara
El viernes por la mañana el campus de la Universidad de Minnesota parecía una caldera a punto de estallar.
El ambiente estaba saturado por el color carmesí y oro de los Gophers, y el tema de conversación en cada rincón del comedor estudiantil era el mismo: el partido de campeonato contra la Universidad de Wisconsin esa noche y la mítica fiesta posterior en la casa de la fraternidad de atletas.
—Dicen que si ganan hoy, la fiesta de Jhon King va a durar hasta el domingo —comentó una chica en la mesa de al lado, suspirando mientras miraba su teléfono—. Es tan perfecto. Además, escuché que Carter y Thomas van a llevar un barril extra de cerveza importada para celebrar su regreso a la línea titular.
Apreté mi taza de té con fuerza, sintiendo un nudo amargo en el estómago al escuchar esos dos nombres. Dejé el comedor de prisa y caminé hacia el área de los casilleros del edificio de matemáticas.
Faltaba una hora para que Jhon presentara su examen de cálculo multivariable con el profesor Henderson.
Todo nuestro trabajo de las últimas dos semanas se reduciría a lo que él pudiera plasmar en esa hoja de papel durante los próximos noventa minutos.
—¿Buscando vectores en el metal, Miller?
Me giré sobresaltada. Jhon estaba apoyado contra el casillero contiguo al mío. Llevaba unos vaqueros oscuros y una sudadera negra que hacía que sus ojos grises resaltaran aún más. Tenía unas ojeras marcadas que delataban que había pasado la noche en vela repasando las notas, pero aun así, me dedicó esa sonrisa ladeada que tanto me costaba procesar.
—Hola, Jhon —dije, intentando mantener la voz neutra—. Deberías estar camino al aula de Henderson. El examen empieza en cincuenta minutos. ¿Repasaste el teorema de Stokes como te dije?
—No he hecho otra cosa en toda la noche, Sara. Veo esferas paramétricas cada vez que cierro los ojos —dio un paso hacia mí, reduciendo el espacio en el pasillo. Su aroma a menta y café me envolvió al instante—. Estoy exhausto, no te lo voy a negar. El entrenamiento de ayer fue un infierno y mi cabeza está a punto de hacer cortocircuito.
—Lo vas a hacer bien —le aseguré, mirándolo fijamente a los ojos a través de mis gafas—. Aprendiste a ver las matemáticas en el hielo.
Solo tienes que replicar esa misma lógica en el papel.
No dejes que las fórmulas abstractas te confundan.
Jhon guardó silencio un momento, observándome con una intensidad que hizo que mi pulso se acelerara.
Extendió su mano grande y callosa hacia mí, deteniéndose a solo unos centímetros de mi rostro, con los dedos abiertos.
No me tocó, respetando mi espacio como siempre, pero el calor que emanaba de su palma era casi palpable.
—Necesito algo, Sara —dijo en un susurro bajo, con una seriedad que me erizó la piel—. Los atletas somos supersticiosos antes de un gran examen o un gran partido. Necesito un amuleto de la suerte. Algo que me asegure que no voy a congelarme frente al papel.
—No creo en la suerte, Jhon. Creo en la preparación estadística —respondí, con la voz un poco temblorosa debido a la cercanía de sus ojos grises.
—Yo tampoco creía en ella hasta que te encontré reescribiendo ese tablero en el pasillo —su mirada descendió un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos—. Solo... deséame suerte, genio.
Dime que confías en que puedo lograrlo.
Necesito escucharlo de ti.
El pasillo pareció desvanecerse.
Mi mente matemática, que siempre encontraba respuestas rápidas, se quedó en blanco por completo. Había una súplica tan genuina en su rostro, un anhelo que iba mucho más allá de una simple nota académica, que sentí un vuelco violento en el pecho. ¿Por qué le importaba tanto mi opinión? Él era el rey del campus; miles de personas le gritaban su apoyo a diario, pero aquí estaba, pidiéndome una validación a mí, la nerd transferida que todos evitaban.
—Confío en ti, Jhon —dije finalmente, con el corazón golpeando mis costillas—. Sé que tu cerebro funciona. Ve y demuestra que no eres solo un par de hombros fuertes en el hielo.
La sonrisa que iluminó su rostro fue diferente a todas las anteriores. No tenía arrogancia, era pura calidez. Dio un paso atrás, asintiendo con la cabeza.
—Eso era exactamente lo que necesitaba. Te veo después del examen, Sara.
Jhon
El aula de examen del profesor Henderson estaba en absoluto silencio, salvo por el rítmico rasgueo de los lápices contra el papel y el tic-tac del reloj de la pared. Tenía la hoja de cálculo multivariable frente a mí. El primer problema era una integral triple sobre una región acotada por un paraboloide. Hace dos semanas, ver esa combinación de letras griegas y exponentes me habría provocado una migraña instantánea.
Cerré los ojos un segundo y respiré hondo.
"Imagínate que esto es la pista de hielo, Jhon", la voz de Sara resonó en mi mente con absoluta claridad, recordándome nuestra sesión en la biblioteca. "Estás calculando el volumen cambiante a medida que el portero se desliza en el eje Z".
Abrí los ojos. El caos numérico del papel se transformó. Visualicé la gráfica en tres dimensiones como si estuviera parado en el centro del hielo de la arena de Minneapolis.
Ajusté los límites de la integración interna basándome en las trayectorias oblicuas, reescribí la matriz jacobiana con movimientos rápidos y precisos, y comencé a resolver el álgebra con una velocidad que ni yo mismo sabía que poseía.
Por primera vez en mi vida universitaria, no estaba adivinando.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Noventa minutos después, dejé el examen sobre el escritorio de Henderson.
El profesor me miró por encima de sus lentes de lectura, arqueando una ceja con sorpresa al ver mi hoja completamente llena y organizada.
—Espero que estas respuestas tengan la misma precisión que sus tiros a la red, señor King —comentó con tono escéptico.
—Son mejores, profesor. Tuve a la mejor entrenadora del campus —respondí con una sonrisa, saliendo del aula con una inmensa sensación de alivio en el pecho. Había destrozado ese examen.
Caminé hacia el pasillo trasero que conectaba con los casilleros de los atletas para recoger mi equipo de hockey. Al doblar la esquina del pasillo de mantenimiento, escuché dos voces familiares que hablaban en tono bajo cerca de las duchas de la piscina.
Thomas y Carter.
Me detuve en las sombras, agudizando el oído.
—Te digo que la fiesta de esta noche es la oportunidad perfecta —decía Carter, con una risa contenida—. El lugar va a estar lleno de gente. Jhon va a estar demasiado ocupado celebrando el campeonato con los patrocinadores y los directores como para notar nada. Podemos arrastrar a la nerd de Boston al sótano de la fraternidad o humillarla frente a todos para que recuerde cuál es su lugar.
—¿Estás seguro? Jhon nos matará si se entera —advirtió Thomas, aunque su tono denotaba la misma malicia.
—Jhon no se va a enterar. Estará borracho o rodeado de animadoras. Además, una vez que termine el partido, ya no necesitará a la Miller porque el examen ya habrá pasado. Volverá a ser intocable para ella. Esta noche ajustamos cuentas.
La sangre me hirvió en las venas.
Mis manos se cerraron en puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas.
Esos malditos infelices no habían aprendido nada de mis advertencias en el vestuario.
Seguían siendo los mismos depredadores asquerosos de Boston.
Mi primer impulso fue salir de las sombras y romperles la cara ahí mismo, pero mi mente, ahora entrenada por Sara para pensar de forma estratégica y evaluar las variables, me detuvo. Si los golpeaba en el campus antes del partido, me suspenderían de inmediato y destruiría mi futuro en la NHL.
Tenía que ser más inteligente.
Necesitaba proteger a Sara, y la única forma de hacerlo era tenerla bajo mi supervisión directa durante toda la noche.
Tenía que convencerla de asistir a la fiesta de la fraternidad, un lugar que ella detestaba y temía.
Salí del pasillo de mantenimiento y caminé con paso firme hacia la salida del edificio, sacando mi teléfono para enviarle un mensaje.
Sabía que convencer a un genio de las matemáticas de entrar a una cueva de atletas iba a requerir la estrategia más compleja de toda mi carrera, pero no iba a dejarla sola ni un solo segundo.
Ella me había salvado el semestre; ahora me tocaba a mí salvarle la vida.