En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
NovelToon tiene autorización de More more para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
5
El carruaje de ébano y plata cruzó las puertas de la capital bajo un sol que parecía palidecer ante la majestuosidad de la comitiva de Oakhaven. La ciudad de Aethelgard era un nido de chismes envuelto en piedra blanca y oro, un lugar donde las sonrisas ocultaban dagas y los brindis eran pactos de muerte. Pero para Caelum, cada metro avanzado hacia el Palacio Imperial era un recordatorio del trono que le pertenecía por derecho de primogenitura, aquel que su medio hermano, Alistair, le había arrebatado aprovechando la supuesta "maldición" de su linaje.
Dentro del carruaje, el espacio se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Elowen se erizara. Caelum no se había movido en la última hora, pero su respiración era diferente: más profunda, más animal.
Elowen, con su agudo sentido de la observación, notó cómo los ojos del Duque, visibles tras la máscara de platino, cambiaban de un marrón profundo a un ámbar líquido. No era solo la tensión del viaje. Ella había destilado un perfume esa mañana, una mezcla de sándalo, sangre de dragón y una raíz rara de las montañas que solo florecía bajo la luna llena. Lo que ella no sabía era que esa fragancia había actuado como un catalizador para la bestia que Caelum llevaba dentro.
Para Caelum, el mundo exterior había desaparecido. Sus sentidos estaban centrados únicamente en la mujer sentada frente a él. El aroma de Elowen —esa mezcla de alquimia prohibida, nieve fresca y algo cálido y profundamente femenino— estaba golpeando las paredes de su autocontrol. En su mente, una voz que no era humana, sino una fuerza de la naturaleza, rugía con una palabra que lo estremecía:
"Mate. Luna. Nuestra."
Su lobo, la entidad que le otorgaba su fuerza sobrehumana y sus reflejos letales, había permanecido dormido o furioso durante años tras el destierro. Pero ante la presencia de Elowen, la bestia reclamaba su lugar. El "accidente" que desfiguró su rostro no fue fuego común; fue un atentado con plata bendecida que intentó matar al lobo, dejando al hombre marcado. Sin embargo, en ese momento, las cicatrices bajo la máscara le quemaban con una nueva vida.
—Caelum —la voz de Elowen lo sacó de su trance. Ella extendió una mano enguantada y la puso sobre su rodilla—. Tu ritmo cardíaco es de 120 latidos por minuto. Tu temperatura corporal ha subido tres grados. Si no te calmas, vas a destrozar la puerta del carruaje antes de que lleguemos al Palacio.
Caelum la tomó de la muñeca con una velocidad que a ella le resultó imposible de seguir. No la apretó, pero la mantuvo firme.
—Ese aroma que llevas... —gruñó él, su voz vibrando con un tono sub-armónico que hizo que el útero de Elowen se contrajera en una respuesta biológica involuntaria—. Es un reclamo. Mi lobo te reconoce, Elowen. No como una esposa de papel, sino como su hembra. Su Reina.
Elowen no apartó la mirada. Sus ojos rojos brillaron con una chispa de triunfo y algo parecido a la seducción.
—Sabía que eras más que un hombre con sombras, Caelum. La alquimia de mi sangre reconoció la tuya en el laboratorio. Si tu lobo me reclama, que así sea. Pero recuerda nuestro plan: el lobo debe llevar collar frente a Alistair. Al menos por ahora.
Antes de que los guardias imperiales abrieran la puerta, Elowen se acercó a él. Sus rostros estaban tan cerca que ella podía sentir el calor irradiando de su piel.
—Necesitamos que Alistair crea que nos ha dominado —susurró ella, arreglando el cuello de la capa de Caelum—. Él espera ver a un monstruo resentido y a una novia asustada. Vamos a darle lo opuesto. Seremos la pareja más enamorada y devota de la corte. Quiero que me toques, que me mires como si fuera tu aire, que actúes como si este matrimonio fuera la mayor bendición que te ha concedido.
Caelum soltó una risa ronca.
—Eso no será una actuación, Elowen. Mi mayor problema será no arrancarle la garganta a cualquiera que se atreva a mirarte demasiado tiempo.
—Usa esa posesividad —dijo ella, pasando sus dedos por el borde de la máscara de platino—. Conviértela en devoción caballeresca. Deja que Alistair crea que mi belleza te ha domesticado. Que soy tu debilidad. Si él piensa que soy tu punto vulnerable, centrará sus ataques en mí, y mientras él se distrae tratando de usarme, nosotros le cortaremos las piernas paso a paso.
Caelum asintió, su mirada ámbar volviéndose oscura.
—Haremos el convenio. Delante del mundo, eres mi Luna. En privado... seremos los arquitectos de su caída.
La entrada al Gran Salón de Banquetes fue un momento de silencio absoluto. Los nobles, vestidos con sedas chillonas y joyas pesadas, se detuvieron en seco.
Caelum caminaba con una elegancia depredadora, llevando la mano de Elowen apoyada en su brazo. Ella era una visión de otro mundo: vestía un vestido de seda blanca que parecía fundirse con su piel, con bordados en hilo de plata que formaban runas de protección. Su cabello blanco estaba recogido en un peinado complejo que dejaba ver su cuello largo y grácil, y sus ojos rojos desafiaban a cualquiera a llamarla "estorbo".
En el trono, sentado con una postura lánguida y una corona que le quedaba ligeramente grande, estaba Alistair. Su medio hermano era la antítesis de Caelum: rubio, de facciones suaves pero ojos pequeños y cargados de envidia.
—¡Hermano! —exclamó Alistair, levantándose con una falsa efusividad—. El aire del norte parece haberte sentado bien. Y veo que los rumores sobre la belleza de la hija de Valois se quedaron cortos. Es... una pieza de colección.
Caelum sintió un gruñido naciendo en su pecho, pero Elowen apretó sutilmente su brazo. Él sonrió —una sonrisa que no llegó a sus ojos— y se inclinó levemente.
—Majestad —dijo Caelum, su voz suave pero resonante—. El norte es duro, pero Oakhaven me ha dado tesoros que la capital no podría soñar. No soy un hombre de piezas de colección, sino de devociones absolutas. Elowen es mi luz.
Caelum se giró hacia ella y, ante la mirada atónita de la corte, tomó su mano y besó el dorso con una ternura que parecía real. Elowen le devolvió una mirada cargada de un afecto tan convincente que incluso el Marqués de Valois, presente entre los nobles, se quedó boquiabierto.
Durante la cena, Alistair intentó pinchar la armadura de la pareja.
—Me sorprende, Duquesa —dijo el Emperador, jugueteando con su copa de oro—, que una mujer de su... particular estética, haya encontrado consuelo en un hombre que oculta su rostro. Debe ser difícil despertar cada mañana junto a una máscara.
Elowen tomó un sorbo de vino, habiendo comprobado previamente con un anillo detector que no tuviera veneno.
—Majestad —respondió ella con una voz que destilaba miel y veneno—, la belleza es un concepto que los hombres mediocres usan para llenar su vacío. Caelum no oculta su rostro por vergüenza, sino porque el sol no puede mirar directamente al fuego sin quemarse. Lo que hay detrás de esa máscara es mío, y le aseguro que no hay nada en este salón que prefiera mirar más que a mi esposo.
Caelum puso su mano sobre la de ella, entrelazando sus dedos. Su lobo estaba ronroneando bajo su piel, complacido por el desafío de su mate. La química entre ellos, aunque nacida de un acuerdo, estaba empezando a generar un calor real que ni siquiera la piedra del palacio podía enfriar.
Alistair se rió, aunque sus ojos mostraban sospecha.
—Parece que el amor es el nuevo veneno de la corte. Pero dime, hermano, ¿cómo van las defensas de la frontera? He oído que has estado... muy activo entrenando.
—Solo lo necesario para mantener la paz de su Imperio, Majestad —respondió Caelum con humildad fingida—. Ahora que tengo una razón para volver a casa cada noche, mi único interés es la estabilidad.
El banquete continuó entre risas forzadas y miradas de reojo. Elowen y Caelum mantuvieron la farsa a la perfección: compartían susurros al oído, risas cómplices y roces "accidentales" que convencieron a los espías de Alistair de que el temido Archiduque estaba totalmente bajo el hechizo de su esposa.
Al final de la noche, cuando se retiraron a los aposentos asignados en el ala de invitados —una habitación lujosa pero con unos que otros espias detras de lasparedes
—, la puerta se cerró y ambos soltaron un suspiro de alivio contenido.
Caelum no soltó la mano de Elowen. La atrajo hacia el centro de la habitación, lejos de las paredes.
—Lo has hecho bien —susurró él, su voz volviendo a ese tono animal—. Alistair cree que me tiene bajo control porque cree que tú me tienes a mí.
—Deja que lo crea —respondió Elowen, desatando el velo de su cabello. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra—. Mientras él vigila nuestra cama, yo vigilaré sus suministros de agua y tú vigilarás sus guarniciones. Hemos plantado la semilla, Caelum. Ahora solo tenemos que regarla con su propia arrogancia.
Caelum se acercó a ella, inhalando profundamente el aroma de su cuello. Su lobo estaba inquieto, reclamando más que solo un convenio.
—Elowen... lo que dije en el carruaje. No fue solo por el plan. Mi lobo no miente.
Elowen sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación voraz. Se puso de puntillas y rozó la máscara de platino con sus labios.
—Lo sé, mi lobo. Y yo no hago promesas que no pienso cumplir. Alistair cree que nos ha dado una prisión de oro, pero lo que no sabe es que nos ha dado el escenario de nuestra coronación.
En el silencio de la habitación real, bajo la mirada de los espías invisibles, la pareja se abrazó con una intensidad que nada tenía de actuación. El Baile de Invierno estaba por llegar, y con él, el primer movimiento real de su tablero de ajedrez sangriento.