NovelToon NovelToon
MAHUA

MAHUA

Status: En proceso
Genre:Aventura / Magia y demonio / Romance
Popularitas:148
Nilai: 5
nombre de autor: melany ayelen tschentscher

Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.

NovelToon tiene autorización de melany ayelen tschentscher para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 5: "EL NAVIO DE LAS ALMAS MUERTAS"

Musica lejana...

Oh oh los piratas podemos vencer, si, cantamos, si, navegamos, el mundo ha de arder...

Canta una sirena al mar, su sueño es bailar.

El océano buscará, sus piernas poder cortar.

Oooh, oooh los piratas hoy vencerán,

alcen las velas leven el ancla,

 tierra y riquezas tendrán.

Canta una sirena al mar, su sueño es caminar.

El océano buscará, sus piernas poder cortar.

Oh, oh… los piratas van a arder,

ríe el viento, no hay ley ni fe,

la marea guarda lo que fue,

y cobra caro lo que ve.

Canta una sirena al mar, su voz es tempestad,

promete sueños de sal… que nadie puede pagar.

Oooh, oooh… la noche nos guiará,

con sangre y ron la historia va,

si el cielo cae, da igual el final,

el mar decide quién quedará.

Canta una sirena al mar, su canto es de cristal,

quien la tiene al pasar… no vuelve a respirar.

Velas negras, rumbo al sur,

donde el cielo besa el azul,

pero el agua no es como ayer,

y el abismo aprende a ver.

Oooh, oooh… no mires hacia atrás,

el eco sabe a quién llamar,

si oyes tu nombre en la oscuridad,

Ya no hay puerto al que regresar.

Canta una sirena al mar, su sueño es recordar,

Piernas hechas de dolor… por un alma que no está.

Oh, oh… los piratas hoy caerán,

no por espada ni tempestad,

sino por algo bajo el mar…

Que aprendió a esperar.

El puerto no es un lugar.

Es una herida abierta.

La madera cruje bajo mis pies como si cada paso fuera una ofensa. El aire huele a sal, pero no es sal limpia… es espesa, cargada, como si hubiera pasado por demasiadas gargantas antes de llegar aquí.

Nadie sonríe.

Nadie saluda.

Y, sin embargo, todos miran.

Lo siento incluso antes de verlos.

Las miradas pesadas.

Clavándose en mi ropa, en mi sombrero… en mí.

No soy invisible aquí.

Soy… evidente.

Una extranjera o mucho peor una señal.

Sigo caminando.

No rápido.

No lento.

Como si perteneciera.

Aunque no lo haga.

A mi derecha, un grupo de hombres discute alrededor de barriles abiertos. Sus voces son ásperas, gastadas por el alcohol y el viento. A mi izquierda, una mujer limpia un cuchillo con calma excesiva, como si el tiempo aquí no tuviera prisa, parecen humanos, pero aquí no lo son.

Más adelante…

los barcos.

Si es que se les puede llamar así.

No flotan del todo.

Se sostienen sobre el Mar de los Cielos como si estuvieran siendo empujados desde abajo por algo que no quiere mostrarse.

El agua —o lo que sea eso— no se mueve como debería.

Respira.

Y eso me eriza la piel.

Aprieto el borde de mi sombrero.

—Necesito un navegante… —murmuro.

Pero aquí no se pide, sin embargo hago el intento.

—Depende de a dónde quieras ir.

La voz llega desde atrás.

Me giro.

El hombre que me observa no es viejo, pero tampoco joven. Tiene cicatrices que no parecen accidentales y una mirada que mide más de lo que muestra.

—Al otro lado —respondo.

No doy más detalles.

No hace falta.

Su expresión apenas puede cambiar.

—Todos quieren ir “al otro lado”.

Da un paso más cerca.

—Pocos saben lo que eso significa.

—Yo sí.

Era una mentira necesaria.

Sus ojos bajan a mi pecho.

No directamente.

Pero lo suficiente.

Siente algo.

Lo sé.

—No —dice finalmente—. Tú no.

Silencio.

Antes de que pueda responder, otra voz corta el aire.

—Déjala.

Firme.

Clara.

Diferente.

Todos alrededor parecen tensarse un poco.

Incluso el hombre frente a mí.

—No es asunto tuyo, capitana —gruñe.

Capitana.

La palabra pesa.

Me giro.

Ella está apoyada contra un poste, observando la escena como si llevara rato ahí.

Cabello oscuro, atado de forma descuidada. Ropa gastada, pero funcional. No necesita demostrar autoridad.

La tiene.

—Todo lo que pisa mi muelle es asunto mío —responde.

Su voz no se alza.

No hace falta.

El hombre chasquea la lengua, pero retrocede.

Se va.

Sin discutir más.

Eso me dice todo lo que necesito saber.

Ella se acerca con pasos firmes.

Ojos atentos.

—No eres de aquí.

—No.

—Y aún así sigues caminando como si no tuvieras miedo.

La miro.

—Tengo miedo.

Una pausa.

—Pero tengo algo más urgente.

Eso podrá conformarla.

—Eso sí me lo creo.

Se detiene frente a mí.

Ella me estudia, no solo la superficie.

—¿A dónde vas?

—Con los Antais.

Un silencio incómodo.

El puerto parece apagarse por un segundo.

No del todo. Pero lo suficiente.

—Eso no es un destino —dice ella—. Es una sentencia.

—Lo sé.

No aparto la mirada.

—Aun así voy.

Otra pausa.

Más larga.

—¿Por qué?

La respuesta me sale antes de pensarla.

—Porque alguien me está esperando.

No digo su nombre.

Pero lo siento.

El tirón en el pecho responde.

Ella lo nota.

Sus ojos apenas se entrecierran.

—Sube.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Mi barco zarpa antes de que el cielo cambie —dice, girándose—. Si vas a morir, prefiero que no sea en mi muelle.

No se detiene.

Camina como si ya hubiera decidido.

Y de alguna forma… lo hizo.

La sigo.

El barco es distinto.

Es más grande.

No más nuevo.

Pero…

más sólido.

Como si hubiera sobrevivido cosas que los otros no.

—¿Nombre? —pregunta sin mirarme.

—…No importa.

—Aquí sí importa.

Subo a bordo.

—Dime el tuyo primero.

Ella sonríe de lado.

—Lira.

Asiento.

—Yo…

Dudo.

Mi nombre se siente lejano.

Como si perteneciera a alguien más.

—Aún lo estoy recordando.

Lira no insiste.

—Entonces hasta que lo hagas… eres problema.

—¿Problema?

—Sí —dice, apoyándose contra la baranda—. Porque traes algo contigo.

El viento sopla.

El mar se mueve.

No como agua.

Como algo vivo.

—Lo sé.

—No —corrige ella—. No lo sabes.

Silencio.

—Zarpamos en cinco minutos. Bienvenida niña al LUK'S STRAY, el navio de las almas muertas...

La canción comienza antes de que el barco se mueva.

Una voz.

Luego otra.

Y otra.

La tripulación.

Piratas, los creía tan lejanos e inexistentes, pero este mar en absoluto trae cosas consigo.

Sus voces no son alegres.

Son… conscientes.

Como si supieran exactamente lo que están cantando.

Y aun así…

lo hicieran igual.

“Oh, oh… los piratas van a vencer…”

El ancla se eleva.

Las velas se tensan.

Y el barco…

se separa del muelle.

El Mar de los Cielos nos recibe.

O nos observa.

No lo sé.

Pero lo siento.

No pasa mucho tiempo antes de que cambie el aire.

— ¿Ustedes son humanos? Pregunto con firmeza.

—Claramente, debes de saber que nada aquí es humano.— Responde Lira.

— Entonces...

Ella interrumpe.

— Si te preguntas que somos, ya tienes tu respuesta. Somos almas muertas.

Se queda mirando el horizonte… o lo que aquí pretende serlo.

El “cielo” debajo de nosotros late con una lentitud enfermiza, como si cada nube fuera un pulmón cansado.

—Pero, ¿por qué navegan?

—Porque no hay otro lugar —dice al fin.

Su voz es baja. No fría… gastada.

—Cuando cruzas el umbral, no vuelves. No del todo.

Me acerco un poco más.

—¿Entonces están atrapados?

Ella niega suavemente.

—No. Están… pendientes.

Se gira hacia mí.

Sus ojos ya no me estudian.

Me pesan.

—El Mar de los Cielos no es un lugar de paso —continúa—. Es un filtro.

Un silencio espeso cae entre nosotras.

—Aquí llegan los que no supieron morir.

La frase se clava.

—¿Y la frontera? ¿Por qué se dirigen hacia allí?

—La frontera es donde termina la deuda.

El viento sopla más fuerte.

Algunos de la tripulación siguen cantando… pero ahora suena distinto.

Más bajo.

Más cerca de un rezo.

—Antes eran humanos —agrega—. Todos.

Miro alrededor. Entonces me di cuenta que no era la única después de ciento cincuenta años de vivir bajo el frío de la cueva.

Uno de los hombres que cantaba… tiene la piel marcada como si hubiera sido cosida.

Otra… sonríe, pero sus ojos no acompañan.

—Cruzaron algo que no debían —dice Lira—. Vieron algo… o fueron vistos y desgarrados por las criaturas del valle.

Trago saliva.

—¿Y tú?

Una pausa.

No se ofende.

No se incomoda.

Pero tampoco responde enseguida.

—Yo no crucé —dice finalmente—. Yo me quedé en la orilla.

Eso no responde nada.

—Soy lo que viene después —añade—. Cuando nadie más quiere encargarse. El descanso eterno los espera.

El barco cruje.

No como madera.

Como si algo desde abajo… rozara el casco.

Instintivamente llevo una mano a mi pecho.

La marca me late nuevamente, como si me intentara decir algo que no comprendo.

Lira lo nota. Claro que lo nota.

—Por eso sabes —susurro—. Por eso me miraste así.

Ella asiente.

—No es una marca cualquiera.

El aire se vuelve más pesado.

—Es una promesa.

Siento un nudo en la garganta.

—No pedí esto.

—Nadie lo hace.

Silencio.

Más profundo.

—¿Qué significa?

Lira me observa como si evaluara cuánto romperme.

—Significa que algo ya te reclamó.

El mundo parece inclinarse un poco.

—¿El océano?

—No.

Niega.

—El océano… solo ejecuta.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Entonces, ¿qué?

Lira no responde directamente.

En cambio, mira a la tripulación.

— Es irrelevante, porque tú destino está sellado. Como el de esta tripulación. Las marcas nacen de promesas, ellos quizás también las tuvieron.

Mi respiración se corta.

—Pero las ignoraron.

Un hombre pasa cerca nuestro.

Por un segundo… sus ojos se cruzan con los míos.

Y en ellos hay algo peor que dolor.

Como si me conociera.

Como si ya hubiera sido yo.

—¿Eso me va a pasar? —pregunto, casi sin voz.

Lira no suaviza la respuesta.

—Sí.

La palabra cae sin ruido.

Pero lo rompe todo.

—A menos que—

Se detiene.

—¿A menos qué?

El viento arrecia.

El canto sube.

“Oh, oh… los piratas hoy caerán…”

Lira se acerca un paso.

—A menos que llegues antes.

—¿A la frontera?

Asiente.

—Ahí todavía puedes elegir.

El corazón me golpea fuerte.

—¿Elegir qué?

Sus ojos se clavan en los míos.

—Soltar… o convertirte en algo que no va a poder volver a nombrarse.

El silencio que sigue… duele.

—¿Y tú ayudas a eso? —pregunto—. ¿A que descansen?

Por primera vez…

Lira duda.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

—Ayudo a que termine.

Un grito corta el aire.

Uno de los tripulantes cae de rodillas.

Se agarra el pecho.

—Otra vez… —murmura alguien.

Corro un paso instintivo.

Pero Lira me detiene con el brazo.

—Mira.

Obedezco.

Aunque no quiero.

La piel del hombre… cambia.

No rápido.

No violento.

Peor.

Lento.

Como si algo desde adentro estuviera aprendiendo a salir.

—Él era humano —dice Lira en voz baja—. Hace tres días.

Mi estómago se contrae.

—¿Tres…?

—No todos duran lo mismo.

El hombre levanta la cabeza.

Sus ojos… ya no son del todo suyos.

—Capitana… —. Yo…

Se quiebra.

—No quiero olvidar.

Eso…

eso es lo que más duele.

No el cambio.

No el horror.

Eso.

Lira se acerca a él y se arrodilla sin miedo. Sin prisa.

—No lo vas a hacer —dice.

Y por primera vez… Miente.

Lo veo.

Lo siento.

—¿Lo prometes…?

La mano del hombre tiembla.

Lira la toma.

Firme.

—Te llevaré a la frontera.

Una lágrima cae por el rostro de él.

—Gracias…

Su cuerpo se relaja.

Pero no es alivio.

Es rendición.

No puedo respirar bien.

—Dijiste que podían elegir… —susurro.

Lira se levanta lentamente.

—Y pueden.

—Pero él no eligió nada.

Mi voz tiembla.

—Eligió seguir respirando cuando debía soltar.

Silencio.

—Eligió cruzar cuando sintió el llamado.

Otro.

—Eligió ignorar las consecuencias de este mundo invertido.

La miro.

—¿Y yo?

La pregunta sale rota.

Tan honesta y humana a la vez.

Demasiado humana para este lugar.

Lira me sostiene la mirada.

Esta vez… sin dureza.

—Tú todavía estás a tiempo de elegir bien.

—¿Por qué me ayudas?

Ahí está.

La verdadera pregunta.

La que pesa desde el principio.

El viento se calma un poco.

El canto baja.

Como si todo esperara su respuesta.

Lira tarda.

Más que antes.

—Porque no todos los que llegan… deben quedarse.

Eso no alcanza.

Lo sabe.

Yo también.

—Y porque…

Se acerca.

Muy despacio.

—Yo ya vi lo que te está esperando.

El frío me atraviesa.

—¿Qué?

Por primera vez… parece humana.

—Y no quiero volver a verlo ganar.

El mundo se queda en silencio.

—¿Qué es?

Pero ella niega.

—Si te lo digo… ya no vas a poder elegir.

Eso es peor. Mucho peor.

Miro otra vez a la tripulación.

Y entonces lo veo.

De verdad.

No todos son como ellos.

No todos están perdidos.

Algunos…

algunos todavía respiran como yo. Demasiado rápido, conscientes.

Una chica, no mucho mayor que yo, me mira desde la cubierta inferior.

Sus manos tiemblan.

Sus ojos están llenos de la misma pregunta.

La misma.

Todavía humana.

Todavía.

—No soy la única… —susurro.

—Nunca lo eres —responde Lira.

Pero no suena como consuelo.

El barco avanza.

El Mar de los Cielos se abre lentamente bajo nosotros.

No como agua.

Como algo que observa.

Que espera.

Esta vez desde que subí… entiendo algo peor que el miedo.

No todos los monstruos nacen.

Algunos…

son personas que llegaron demasiado lejos sin saber cuándo detenerse.

Aprieto mi pecho.

La marca arde.

Más fuerte.

Como si supiera que nos acercamos.

Como si algo…

del otro lado…

también me estuviera esperando.

El cielo se distorsiona.

Las nubes se mueven… hacia abajo.

El agua… hacia arriba.

Y entonces…

la escucho.

La canción.

No la de los piratas.

Otra.

Más suave.

Más… triste.

—No la escuches —dice Lira de inmediato.

Pero ya es tarde.

Canta una sirena al mar…

Mi corazón se detiene.

Su voz…

es hermosa.

Pero no de una forma tranquilizadora.

Es hermosa como algo que duele.

—Tápate los oídos —ordena Lira.

No me muevo.

No puedo.

Su sueño es bailar…

La veo.

Entre las olas que no son olas.

Una figura.

Delgada.

Moviéndose como si el mar la sostuviera con cuidado.

—No… —susurro.

El tirón en mi pecho arde.

Fuerte.

Doloroso.

Como reconocimiento.

El océano buscará…

Sus ojos se levantan.

Me miran.

Directo.

Como si me conociera.

Como si supiera…

Sus piernas poder cortar.

—¡AHORA! —grita Lira.

Alguien me golpea los oídos.

El sonido se apaga.

De golpe.

Caigo de rodillas.

Respiro.

Agitada.

El mundo vuelve.

El barco.

El viento.

La tripulación en tensión.

—¿La viste? —pregunta Lira.

Asiento lentamente.

—Sí…

—¿Te miró?

Dudo.

—Sí.

Silencio.

Lira maldice en voz baja.

—Perfecto.

—¿Qué significa? ¿Las sirenas son reales?

Ella me mira.

Y por primera vez…

no parece segura.

—Significa que ahora…

no solo estás cruzando el mar.

Una pausa.

—El mar también te está cruzando a ti.

El crujido de mis huesos de madera se hace eco en la quietud.

—No soy solo un barco, niña. Soy el eco de todos los que han pisado mi cubierta y han susurrado sus miedos al viento.

Siento mi marca latir contra el casco, como un corazón ajeno que late dentro de mí.

—La sirena... la viste, ¿verdad? Esa que sube desde las profundidades, con escamas que brillan como promesas rotas. su mano extendidas , envuelta en cadenas de agua y sombra. No es casualidad. Ella te conoce. Te llama.

Lira se tensa a mi lado, su mano en la empuñadura de un sable que ha visto demasiadas almas desvanecerse.

—No mires más. – murmura, pero sus ojos traicionan el miedo. —El mar no solo cruza. Engulle. Y tú... tú llevas su canción en la piel.

La tripulación calla. El canto pirata se apaga como una vela ahogada. Uno de ellos, el de la piel cosida, se arrastra hacia la borda.

—Capitana... ya la oigo. Mi nombre... — balbucea.

Su pecho se abre como una grieta en la madera podrida. No sangre. Luz. Una luz enferma, azulada, que se filtra como humo.

Lira no lo toca esta vez.

— Elige— le dice, voz quebrada por primera vez.

Él mira al horizonte distorsionado.

—'No puedo...'.

Y salta. No al agua. Al cielo invertido. Desaparece en las nubes que respiran.

Ella me observa, las velas negras hinchadas por un viento que no existe. Siento el pulso acelerado, la duda.

—El miedo es el primer paso hacia la deuda. — Digo.

El Navío, mi voz es un rumor profundo desde las bodegas.

— Pero la marca... esa no es solo tuya. Es un puente. Entre lo que fuiste y lo que el mar quiere hacer de ti. La sirena no corta piernas por crueldad. Las cambia. Por alas de sal y olvido.

Lira me agarra el brazo. Fuerte.

—Quédate en la cubierta. No bajes sola. Y si oyes tu nombre... grita el mío. Lira. Grita hasta que sangre tu garganta.

El horizonte se curva. La frontera late más cerca. Pero el mar... el mar ríe. Bajo nosotros, algo grande se mueve.

El tirón en mi pecho late.

Más fuerte que nunca.

Y por primera vez…

tengo miedo

no de lo que voy a encontrar.

Si no de en qué me estoy convirtiendo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play