Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 5: Compañeras o enemigas
El problema no era el castigo.
Era que nadie le había explicado en qué consistía exactamente.
—Esto es… ¿una broma? —preguntó Allegra, mirando la escoba como si fuera un objeto histórico recién descubierto.
—No —respondió Maeve, demasiado rápido—. Aquí son muy serios con… esto.
Allegra alzó la escoba con dos dedos, como si pesara emocionalmente más que físicamente.
—¿Limpieza?
—Limpieza.
—¿Manual?
—Manual.
—¿Sin personal que haga esto por nosotros?
Maeve la miró con una mezcla de compasión y diversión.
—Bienvenida al mundo real.
Allegra dejó la escoba apoyada contra la pared.
—No me gusta.
—No tienes que gustarte.
—Perfecto, porque no lo hace.
Maeve suspiró.
—Solo hazlo rápido y ya.
—¿Rápido? Maeve, esto requiere estrategia.
—¿Estrategia para barrer?
—Claramente no estás viendo el panorama completo.
Maeve cruzó los brazos.
—Ilumíname.
Allegra tomó la escoba otra vez, adoptando una postura casi elegante.
—Primero: minimizar esfuerzo. Segundo: maximizar apariencia de productividad. Tercero: evitar supervisión directa.
Maeve parpadeó.
—Eso… no es limpiar.
—Es sobrevivir.
Antes de que Maeve pudiera responder, una voz interrumpió.
—Eso es exactamente lo contrario de lo que se les pidió.
Ambas se giraron.
Lila Bennett.
Alta. Impecable sin intentarlo. Mirada firme.
Allegra la evaluó en silencio un segundo.
—¿Tú también vienes a supervisar o solo a juzgar?
Lila no se inmutó.
—Vengo a asegurar que esto no se convierta en un desastre.
Allegra miró alrededor.
—Un poco tarde para eso.
Maeve soltó una risa nerviosa.
—Allegra…
—¿Qué? —respondió ella—. Es objetivamente deprimente.
Lila dio un paso adelante, observando la escoba en manos de Allegra.
—¿Alguna vez has hecho esto?
Allegra sostuvo la mirada.
—¿Parezco alguien que lo haya hecho?
—No.
—Entonces ahí tienes tu respuesta.
Lila asintió, como confirmando algo que ya sabía.
—Empieza.
Allegra no se movió.
—No me das órdenes.
—No. Pero el director sí.
Touché.
Allegra rodó los ojos con elegancia.
—Bien.
Bajó la escoba y dio un primer intento.
Fue… terrible.
El movimiento fue torpe, descoordinado. El polvo apenas se movió.
Maeve se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Allegra la miró.
—¿Qué?
—Eso fue doloroso de ver.
—Es mi primera vez.
—Se nota.
Lila observaba en silencio, claramente conteniendo algún tipo de comentario.
—¿Quieres ayuda? —preguntó finalmente.
Allegra dudó.
Un segundo.
Dos.
—No.
Intentó de nuevo.
Peor.
Esta vez levantó más polvo del que movió.
Maeve tosió.
—Vas a matarnos.
—Estoy aprendiendo.
—Rápido, por favor.
Allegra suspiró, bajando la escoba.
—Esto es inútil.
Lila se acercó, tomó otra escoba y, sin decir nada, empezó a barrer con movimientos eficientes, precisos.
En segundos, había hecho más que Allegra en dos minutos.
Allegra la observó.
—Eso fue… excesivamente competente.
—Se llama saber hacerlo.
—Es una habilidad cuestionable.
—Es una habilidad básica.
Allegra cruzó los brazos.
—En mi defensa, mis talentos están en otro lado.
—¿Cuál exactamente? —preguntó Lila.
Allegra sonrió.
—Sobrevivir socialmente.
Lila la miró unos segundos.
—Aquí eso no sirve de mucho.
—Ya me di cuenta.
Maeve intervino antes de que la conversación se volviera más tensa.
—Podemos dividirnos el trabajo —propuso—. Así terminamos más rápido.
Allegra la miró.
—Me gusta cómo piensas.
Lila asintió.
—Bien. Pero tú trabajas —añadió, mirando a Allegra.
—Qué estricta.
—Qué justa.
Allegra tomó la escoba otra vez, esta vez con menos resistencia.
—Esto es temporal —murmuró.
—Todo lo es —respondió Lila.
—Eso no fue reconfortante.
—No intentaba serlo.
Maeve soltó una pequeña risa.
—Esto es raro.
—¿El qué? —preguntó Allegra.
—Nosotras tres… hablando.
Allegra miró a Lila.
—¿Somos amigas ahora?
Lila negó, sin dudar.
—No.
Allegra asintió.
—Perfecto. Me gusta la claridad.
—Pero —añadió Lila— eso no significa que tengas que hacerlo todo peor de lo que ya es.
Allegra sonrió, esta vez con un matiz diferente.
—Eso sonó casi como preocupación.
—No lo fue.
—Qué decepción.
Pero algo había cambiado.
No era amistad.
No todavía.
Pero tampoco era rechazo absoluto.
Y en este lugar… eso ya era bastante.
Una hora después, el lugar estaba limpio.
Más o menos.
Allegra se dejó caer contra la pared.
—Sobreviví.
Maeve se sentó a su lado.
—A duras penas.
Lila apoyó la escoba.
—Podría haber sido peor.
Allegra levantó la mirada.
—¿Cómo?
—Podrías haber intentado no hacer nada.
Allegra sonrió.
—Lo consideré.
—Lo sé.
Silencio.
Pero esta vez no era incómodo.
Maeve miró a ambas.
—¿Ven? No fue tan terrible.
Allegra pensó un segundo.
—No.
Maeve sonrió.
—¿Lo dices en serio?
Allegra se encogió de hombros.
—Tal vez.
Lila las observó, evaluando.
—No te acostumbres.
—Nunca lo hago.
Allegra se levantó, sacudiéndose las manos como si hubiera hecho algo extraordinario.
—Bueno. Ya cumplí con mi cuota de humildad por hoy.
—Eso no fue humildad —dijo Lila.
—Fue un inicio.
Maeve rió.
—Eres increíble.
Allegra sonrió, caminando hacia la salida.
—Lo sé.
Pero esta vez… no sonó tan vacío.
Y aunque no lo admitiría, había algo nuevo.
Algo pequeño.
Algo incómodo.
Pero real.
Por primera vez, Allegra Vance no había sido la mejor en algo.
Y, sorprendentemente…
no había sido el fin del mundo.